Reinventarse: dar vitalidad a la monotonía
Reinventarse personalmente es darse muchas segundas oportunidades; es reconciliarse con quienes somos, reparar las heridas perdonando agravios.
El inicio del año, de un curso escolar que para quienes el mundo universitario rige nuestro calendario, ofrece siempre un especial “toque” de sorpresa. Profesores y alumnos se cuestionan ¿cómo será el curso?, ¿volverán todos mis amigos? Las empresas se cuestionan su oferta, el movimiento del mercado. En diferentes ámbitos es éste el momento de la reinvención.
Durante los años pasados he escuchado reiteradamente esta palabra en frases como: es momento de reinventar los modelos de negocio, la manera de vivir, la forma de trabajar, los modelos de enseñanza; es decir, ha logrado difusión y permanencia en expresiones, conceptos y modos o estilos de vida. Me he recreado pensando en esta palabra durante las pasadas semanas.
En muchos aspectos me he subido al ejercicio de reinventar, pero ¿qué es reinventarse?, ¿hemos de reinventarnos cada cambio de año, de semestre, de edad?, ¿debe haber una crisis para reinventarse?
Y tras leer y darle vueltas me ha parecido una palabra que acuño desde ya, porque es una manera dinámica de ir logrando lo que deseamos de las horas, de los días, de los meses, de los años… de la vida. La acuño en el contexto de la reinvención propia, en ese encuentro diario con uno mismo y las posibilidades de elegir cómo vivir cada día.
En el libro Reinventarse. Tú segunda oportunidad, el Dr. Mario Alonso Puig, experto en reinvención, ofrece varias ideas que ayudan a una sencilla comprensión de este no tan sencillo pero posible proceso: lo primero, es que reinventarse no significa cambiar de personalidad, dejar de ser quien se es, sino cambiar la forma de ser y de estar en el mundo. No necesitamos ser otra persona; no hay que asustarnos ante la reinvención personal. Nuestros mecanismos del miedo reaccionan ante una propuesta de reinvención, pero hay que acallarlos. Reinventarnos no es un cambio total; es un cambio de mentalidad, de mindset, lo que requiere el coraje para cambiar los surcos mentales en los que se afianza nuestra seguridad y lanzarse a cambiar “por y para” algo mejor, y ¿qué mejor que nuestra propia persona? Soltar las amarras y emprender el camino del posible error requiere humildad y audacia. Implica saber caminar en la movediza arena de la incertidumbre. No es tan simple como el dicho “el que no arriesga no gana”, pero sí es valioso pensar que “reinventarme y darme nuevas oportunidades me fortalece y da crecimiento interior”, quizá un poco doloroso —no soy amiga del exceso de drama—, pero este proceso sí ofrece la dosis suficiente de dolor que requiere la madurez.
Al reinventarnos nos conocemos, detectamos las vulnerabilidades y descubrimos las múltiples capacidades de confort que conviven amistosamente con nosotros. Del momento de desconfianza que implica un cambio de mentalidad, al logro del mismo, se despliega la autoconfianza, no basada en un “ego” que logra lo que quiere, sino en la forja de hábitos y virtudes que, al ejercitarse regidos por la prudencia provocan el movimiento de un estado a otro, de mayor valor. Puedo llamarlo éxito, pero me gusta más llamarlo felicidad; no creo en lo uno sin lo otro.
Y regreso al inicio de la columna, con la buena noticia de que estamos en el momento óptimo para reinventarnos, y con la realidad de lo retador que esto conlleva. Descubrir que uno no se reinventa por un cambio de fecha, sino que se necesita un punto de inflexión, un detenernos en el vértice de la “Y” y sentir la inspiradora llamada a la reinvención.
Reinventarse personalmente es darse muchas segundas oportunidades; es reconciliarse con quienes somos, reparar las heridas perdonando agravios. Es tener la valentía de reflexionar y decidir las acciones y actitudes que imprimen vitalidad a la monotonía.
Reinventarse es abrirse a las potencialidades que tenemos, al crecimiento personal; atreverse a recorrer el camino de lo razonable a lo posible y pretender cada día una pequeña invención que nos perfeccione. Reinventarse es vivir siempre con juventud interior, que es la verdadera juventud, la que sabe brindarse la alegría de vivir cada día con un nuevo color.
¡Qué rica la vida de quien sabe reinventarse a diario! de quien encuentra la manera de hacer —quizás lo mismo— de manera diferente; de quien acepta que hay cierto anacronismo en su manera de ver las cosas, y se atreve a mudarlas; de quien valora, respeta y aprende del aporte que ofrece la andadura cotidiana, con novedad; de quien disfruta ser un verdadero ciudadano del mundo en el que le toca vivir.
