¿Qué tienen los árboles que enseñarnos sobre la familia?
Todos tenemos claro, y cada vez más, que la naturaleza depende de nosotros, tanto como nosotros de ella, pero también está esta correspondencia: la naturaleza y concretamentelos árboles expresan el valor natural de lo que es la familia y las relaciones comunitarias.
Para quienes están lejos del área, pudiera resultar extraño que la familia sea medular para el quehacer educativo, pero es real, para nuestras instituciones este tema es la savia que impregna toda actividad.
Quiero comenzar estas líneas trayendo a dos personas que nos ayudarán a mirar estos temas con ojos nuevos. Me refiero a dos estudiosos de la ecología. La primera es Suzanne Simard, investigadora científica canadiense y autora del popular libro En busca del árbol madre, quien a través de una exhaustiva y seria exploración e investigación de años a cuestas, ha logrado demostrar esto que maravilla como una fábula ancestral: y es que los árboles de un bosque —sin importar su especie— se comunican entre sí, se auxilian al saber si alguno de ellos está en condiciones desfavorables y se avisan frente a peligros.
La otra persona a la que deseo referirme es un científico alemán, ingeniero forestal, estudioso también de este tema. Su nombre es Peter Wohlleben y es autor del libro El vínculo secreto entre el hombre y la naturaleza. En esta obra narra cómo los árboles aprenden, guardan datos de recuerdos importantes para su sobrevivencia y la de su especie, saben cómo alimentar a árboles que parecieran muertos, crecen en familias, entablan relaciones con otras especies y viven en relación íntima con el entorno que les rodea.
Eso que resulta asombroso para los científicos, para esta comunidad educativa se refleja en mensajes que ya varios papas han apuntado, pero que han sido asunto de especial reflexión temática del papa Francisco en su Carta Encíclica Laudato Si’.
No ahondaré hoy en la dignidad inalienable de la persona ni la jerarquía del ser humano frente a la naturaleza, pero haré mención de una cita de la Carta Encíclica mencionada en donde el papa Francisco apunta a que “una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología, y nos conectan con la esencia de lo humano” (papa Francisco, 2015, n. 11).
Todos tenemos claro, y cada vez más, que la naturaleza depende de nosotros, tanto como nosotros de ella, pero también está esta correspondencia: la naturaleza y concretamente los árboles expresan el valor natural de lo que es la familia y las relaciones comunitarias.
El Diccionario de la lengua española define a la familia como: “Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas” y “Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje”.
Estas nociones parecen vacías y desprovistas del verdadero contenido de lo que es la familia, pues nada apunta al movimiento natural del ser humano hacia la unidad o la búsqueda de realización y plenitud personal.
En cambio, tenemos del inglés Chesterton esta definición de la familia:
“La aventura suprema es nacer. […] Nuestros padres están ahí, al acecho, y se lanzan sobre nosotros, como bandoleros ocultos tras unos arbustos. Nuestro tío es una sorpresa. Nuestra tía surge de la nada. Cuando, mediante el acto de nacer, entramos en la familia, entramos en un mundo incalculable, en un mundo que cuenta con sus propias leyes, en un mundo que podría seguir existiendo sin nosotros, en un mundo que no hemos construido nosotros. En otras palabras, cuando entramos en la familia, lo hacemos en un cuento de hadas”.
Estas ideas sí reflejan las experiencias que pueden vivirse en un ambiente familiar: la cercanía, la sorpresa, el descubrimiento. ¡Esa es la grandeza de la familia!
Ecología, árboles madre, este tema da para mucho. Nos vemos en quince días para seguir reflexionando sobre la sabiduría de la naturaleza y acercándonos con ella a pautas de que podemos vivir en el sitio más querido y en donde se nos quiere por lo que somos: el hogar.
¡Hasta pronto!
