¿Qué queda de la primera Navidad?
Si continuamos reviviendo aquella primera Navidad, otro de los ángulos nos enfoca en la siguiente escena: un pesebre, ese sitio que sirve para acercar la comida a la boca. Lo cual podríamos equiparar con otro símbolo tan característico de nuestros días; me refiero a la voracidad en el consumo.
Hace un año, el papa Francisco dirigió un mensaje sobre la Navidad; aquella de hace más de 20 siglos, aquella de la luz en el pesebre. Con su característica pedagogía, nos lleva de la mano a vivir ese momento pasado en presente. La conexión entre la escena de Belén y nuestros días, motivo de estas líneas, se articula fácilmente porque el ser humano ha sido y seguirá siendo un ser humano.
Fijar la mirada en la escena del Evangelio, como lo sugiere el Papa, puede ser piedra de toque para encontrar, o reencontrar según sea nuestra historia, ese anhelado rumbo guiado por el amor y la paz; sentimientos que la vorágine diaria desdibujan, pero que nuestra naturaleza reclama.
Imaginemos un poco, sin miedo a hacernos niños otra vez. Aquella primera Navidad comienza con una situación parecida a la que hoy atestiguamos. Todo el mundo está ocupado. El gran censo al que habían sido convocados requería muchos preparativos. De ahí el movimiento en Jerusalén, en Belén. Cada persona debía dirigirse a la tierra donde arrancaba su estirpe. El paralelismo con los tiempos que corren es sencillo. Ya no por el censo, pero igual seguimos atareados, de un lado a otro. Atravesamos ciudades y países para visitar a los seres queridos. Los centros comerciales rebasan su capacidad, las calles son un hervidero. Parece que la prisa nos ha atrapado. Y, así, sin quererlo, podemos pasar estos días sin detenernos. Corriendo.
Si continuamos reviviendo aquella primera Navidad, otro de los ángulos nos enfoca en la siguiente escena: un pesebre, ese sitio que sirve para acercar la comidaπ a la boca. Lo cual podríamos equiparar con otro símbolo tan característico de nuestros días; me refiero a la voracidad en el consumo. Porque mientras los animales del establo consumen sus alimentos, las personas —hambrientas de poder y dinero— devoran también a otros seres humanos. ¡Cuántas guerras son consecuencia de esta ambición! ¡En cuántos lugares esa codicia sigue pisoteando la dignidad y la libertad! Y siempre las principales víctimas de esa insaciable y rapaz apetencia humana son los más frágiles, los débiles. Un paralelismo de refilón: la RAE define “pesebre” como una “especie de cajón donde comen las bestias”.
Para nuestra sorpresa, Jesús llega justo ahí. Su primera sede fuera del vientre materno es el pesebre. Ese cajón del rechazo y la incomodidad a Dios le acomoda. La metáfora puede enseñarnos que se coloca en este sitio porque ahí se encuentra el problema de la humanidad, es decir, la indiferencia generada por la insaciable e impaciente prisa por poseer y consumir, porque con frecuencia ahí se encuentra el mundo, porque por ahí transitamos también tú y yo.
El papa Francisco, contemplando la escena, agrega: Cristo nace ahí. Y aquí la maravilla de la Navidad. Viene al lugar en el que se toma la comida para hacerse Él mismo nuestro alimento.
El pesebre también nos recuerda que no había nadie más a su alrededor que quienes le amaban: María, José, los ángeles y los pastores; todos pobres, unidos por el afecto. No por las riquezas y las grandes posibilidades. Aquella cuna primigenia, pobre en apariencia, pone así de manifiesto los verdaderos tesoros de la vida; el encuentro, las personas, la esperanza.
El mensaje del Pontífice continúa. Subrayo una de las ideas. Hace algunos años, con la pandemia, palpamos el significado de la distancia entre las personas, de la ausencia. Un microscópico virus abrió meses de distancia entre los seres humanos. Posibilitada nuevamente la proximidad, fácilmente olvidamos aquella separación.
A dos días de la Navidad, recordemos dos cosas: Dios se hace hombre, frágil, para que nuestras debilidades no nos abrumen. De igual manera, la luz del pesebre se hace cercana para mostrarnos el valor del encuentro con quienes amamos. Entre otras fortunas, ese es un baluarte que se mantiene vigente de aquella primera Navidad. ¡Los mejores deseos para cada uno de ustedes!
