¡No más prisa, por favor!

La sociedad del cansancio puede ser la sociedad del sosiego si así lo decide cada uno.

Byung-Chul Han, filósofo y ensayista sudcoreano, se convirtió en una de las figuras principales de la filosofía contemporánea y será quien aporte alguna idea para el escrito de hoy. Entre sus trabajos está el libro La sociedad del cansancio que salió a la luz en 2012. El hilo conductor de su obra podría ser el exceso de positividad, resumido en la frase We can do it. Este libro es una crítica a la forma de estar en el mundo y de vivir la vida activa en la sociedad de la modernidad tardía. Retoma el pensamiento de Hannah Arendt, Foucault, Agamben, Hegel y una novela de Melville, y afirma que sus conceptos fueron pensados para explicar una sociedad disciplinaria, en la que el sujeto se encontraba oprimido por fuerzas externas que limitan su vida a la explotación en el trabajo. Su tesis que podría parecer en extremo pesimista parte de la realidad de finales del siglo XX e inicios del XXI, sin la opresiva pandemia, muestra elementos en los que me detengo para abordar este verano, y los sucesivos momentos de descanso que tenemos a lo largo de nuestra vida laboral. De los varios capítulos de su libro me detengo en el titulado: El aburrimiento profundo (término atribuido a Walter Benjamin). Este “aburrimiento" es de cierta importancia para el proceso creativo, correspondiendo al punto máximo de la relajación espiritual (así como el sueño constituye el punto álgido de la relajación corporal). Esta idea del aburrimiento es central para que florezca el pensamiento filosófico y artístico, haciendo posible la reflexión y el ejercicio de la vida contemplativa; en la antigüedad se conocía como ocio y hoy se mira con desprecio.

Han retoma a Hannah Arendt; esta filósofa al hablar de la sociedad moderna la identifica como la sociedad del trabajo. En su libro La condición humana, refiere cómo el ser humano está reducido a ser un animal laborans, porque a lo largo de su vida y ejerciendo la acción posible, abandona su individualidad y se concentra en funcionar. Las descripciones que hace Arendt sobre la sociedad y el animal laborans ya no sirven para explicar la sociedad del rendimiento, porque el sujeto de rendimiento no se abandona al trabajo, es un ser que vive atomizado, y es todo, menos pasivo. Se autoexplota y vive hiperactivo e hiperneurótico,  muchas veces agotado, frustrado y deprimido. En conclusión, para que el sujeto de rendimiento tenga que estar tan al pendiente de su propia existencia, como si sólo él viviera en el mundo, necesita cuidar su cuerpo y cumplir con todas las expectativas de su vida. El autor cierra el capítulo diciendo que la vita contemplativa es aquella que entrena la mirada para ver con atención profunda y sosiego, es la única que puede hacer que el sujeto de rendimiento se dé cuenta de la absolutización de su vida activa. En este potente cierre me quiero quedar. Si bien comparto mucho del contenido del libro de Han, en estas dos líneas coincido totalmente, pues en nuestro mundo hiperconectado, hiperglobalizado, hipercomunicado y todos los híper que quisieran añadir, el tiempo se detuvo en marzo del 2020 y aún volviendo a la vorágine habitual y siendo el tema de la salud física, psíquica y ecológica una prioridad en el pensamiento moderno, hay a la par un resurgimiento de las competencias profesionales y de los requerimientos de los diferentes grupos de seres humanos: un deseo de salir de la indiferencia de ese congestionamiento laboral hacia la colaboración conjunta, la escucha y el diálogo que nos gritan por doquier. Imagino una especie de lucha ideológica interna, con hábitos de rutina y rendimiento, objetivos medibles, cuantificables y remunerados de acuerdo a su alcance, simultáneamente al deseo más profundo de “estar” con alguien, de mirar alrededor y “redescubrir” lo que la velocidad nos impide. Como niños descubriendo sus propias manos, los adultos del siglo XXI estamos descubriendo nuestros tiempos perdidos, pensando que ganábamos prestigio, bienes materiales, a la par que dejamos ir lo que permanece: el otro, el que me espera, el que me necesita, lo que me hace feliz. Estamos en medio de un mundo que parece que perdió su humanidad y ahora sale en su búsqueda, no tengo duda.

La sociedad del cansancio puede ser la sociedad del sosiego si así lo decide cada uno; el “aburrimiento profundo” del que habla el autor es también el estado propicio para el “don de la escucha” y la “comunidad que escucha”. Se basa en la capacidad de atención contemplativa, a la cual la hiperactividad no tiene acceso. La vida parece que lleva prisa, pero mientras los acontecimientos pasan, llevemos nosotros prisa en hacer de nuestra sociedad una sociedad que descubra lo que importa, donde haya hombres que trabajan con sentido, hombres que miran a los ojos del otro, hombres que saben que la vida se va y la vida se queda cuando la hemos vivido en plenitud.

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