Mirar es escuchar
El “arte de dialogar” implica saber comunicar un mensaje con claridad, en adecuación en tono y tiempo al interlocutor y las circunstancias, presentar argumentos lógicos y además estableciendo, como tantísimas veces ocurre, una conexión emocional
“Mirar es escuchar” es la frase con la que me quedo, del doctor Ricardo Piñero, académico de la Universidad de la Navarra, de la ponencia que dictó en nuestro claustro académico, de reciente celebración.
Queda conmigo esa frase y mi interior se encarga de desmenuzarla. Pienso así que la pandemia fue un hito en este particular tema, pues estando con la mitad de la cara tapada por los cubrebocas, aprendimos a ver u oír la mirada. Cuántas expresiones aprendimos a distinguir entonces, nos hicimos expertos en detectar sonrisas, enojos o sorpresas, más allá de un silencio o de lo que la voz viniera a comentar. Aprendimos a escuchar la mirada y con ello avanzamos un gran peldaño hacia el diálogo y su importancia.
La RAE define el diálogo como la “plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”. A partir de esta comprensión tan elemental, podemos navegar hacia otras perspectivas más profundas sobre el diálogo, su naturaleza, condiciones y sentido.
- La literatura abunda en textos sobre “el arte de dialogar”. Fácilmente podemos acreditar ese matiz de “arte”, al razonar la confluencia de tantos factores que se hacen presentes: actitud de escucha, actitud de aportación, mensajes claros, canales adecuados, tiempos, modos, tonos y un sinfín de conceptos.
Se dice de las obras de arte que son singulares, “piezas únicas”. Igualmente, hay expertos que declaran que también “cada diálogo es único”, por la singularidad que existe siempre entre quienes participan y el contenido mismo.
El “arte de dialogar” implica saber comunicar un mensaje con claridad, en adecuación en tono y tiempo al interlocutor y las circunstancias, presentar argumentos lógicos y además estableciendo, como tantísimas veces ocurre, una conexión emocional.
Nos encontramos hoy inmersos en un entorno de cambios vertiginosos, entorno hiperinformado, hiperconectado, multigeneracional, multicultural y de conexiones multimodales. En este contexto, tenemos a veces la sensación de estar simultáneamente “tan cerca y tan lejos”; a un solo clic de distancia y a la vez a “años luz” de entablar un diálogo. Constantemente recibimos y transmitimos información, pero no todo ello es diálogo. Sólo cuando compartimos información en busca de un entendimiento y solo cuando estamos sinceramente abiertos e interesados en la visión del otro es cuando tenemos una experiencia dialógica.
Así, el diálogo es un arte intuitivo, pero que a la vez se puede pulir. Todos podemos aprender o reaprender a dialogar, pues siempre encontraremos aristas que afinar, pues nuestro principal enemigo para entablar un diálogo podemos ser nosotros mismos y nuestras limitaciones.
Comparto en este punto ideas de Carlos Llano, filósofo y empresario mexicano, que dejan un camino abierto: “Nos gusta hablar de nuestra propia opinión, porque es nuestra, porque nos encontramos muy bien con ella. La verdad, en cambio, nos arranca de nosotros, nos desgaja de nuestro sitio, nos levanta del suelo y nos pone a la intemperie… No te cobijes bajo tus opiniones, súbete al atalaya de los vientos para ver el panorama de las extensas posibilidades humanas que se te ofrecen”.
Para dialogar hay que poseer ciertas verdades nucleares en las que apoyar el proyecto de nuestra existencia y a las que hemos de aferrarnos si queremos ser libres, pero hay muchas otras ideas marginales y mudables, ideas con las que hay que evitar empecinamientos, para ser verdaderamente libres.
Y es importante señalar que esas verdades nucleares no son sólo para nosotros y deben estar ocultas al diálogo, al contrario: la verdad, al ser de todos, nos abre hacia los demás, mientras que la opinión, por ser nuestra, nos clausura en nosotros mismos.
Demos ese primer paso, aprendamos a tender puentes, a buscar lo que une, a hablar con el otro desde y con su otredad. En un diálogo verdadero siempre salimos ganando todos.
