“Maestra, enséñennos a pensar”

El conocimiento es esencial, pero es también vehículo o acompañante de mucho más. El profesor ha de contar con un “modo de ser” que se actualiza, debe estudiar, pensar, reflexionar, compartir ideas y contagiar de curiosidad intelectual y compromiso con el saber.

Estas últimas semanas he tenido la oportunidad de ver e intercambiar conversaciones con algunos jóvenes que han vuelto a la universidad. Con estos encuentros me quedo pensando en la juventud mundial, que será el futuro que nos regirá.

Razono que los jóvenes que están terminando sus licenciaturas son una generación muy peculiar por lo que ha vivido. Han estado casi 16 meses frente a la pantalla, estudiando desde casa y, especialmente los de Ciudad de México o Puebla, son jóvenes que iniciaron sus carreras con el remezón histórico del terremoto de 2017.

Estos jóvenes, y los que le siguen, cuentan con muchos desafíos en los que podemos apoyar, pero me circunscribo a uno transversal, para el cual relato una experiencia de mentoría: Carolina (nombre ficcional que escojo para esta experiencia real) es una alumna de nuevo ingreso que aún no ha pisado la universidad, tiene 18 años, ha tenido una vida común de la clase media mexicana y es dedicada en sus estudios.

En las distintas conversaciones que sostuvimos durante el semestre, su primer semestre, me ha comentado variopintas emociones y reflexiones: que está cansada de la educación online, que está aburrida, luego que sí se siente cómoda, que ya asumió que esto va para largo, entre otras, pero al finalizar el semestre terminó nuestra conversación con una súplica: “Por favor, maestra, el próximo semestre enséñenos a pensar, a reflexionar, a saber tomar decisiones. Tengo los conocimientos a la mano, pero quiero aprender a pensar.”

Esta vivencia concreta apunta a una condición imperante mayor: en esta época la reflexión es esencialmente necesaria. Como afirma Newman en sus reflexiones sobre la universidad, parafraseo: la educación confiere al hombre de una visión consciente de sus juicios y opiniones, así como la verdad para desarrollarlos, la elocuencia para expresarlos y la energía para proponerlos. La educación enseña a ver las cosas como son, ir núcleo, enderezar los nudos de pensamiento, detectar los sofismas y eliminar lo irrelevante.

Éste es un desafío precioso y delicado. No se trata de enseñar a pensar como nosotros, sino enseñar a pensar, punto. Hoy que los modelos educativos exigen destrezas tecnológicas y manejo de gadgets, los profesores universitarios hemos de desaparecer y provocar que el alumno realice los pasos necesarios, alcance conocimientos y saboree el gusto del aprendizaje, pero, además, hemos de planear ciertas actividades e instancias para que cada joven reflexione sobre sí mismo y lo que estudia, para que más allá de los contenidos tenga hallazgos trascendentales personales que le brinden herramientas y nociones de sí y de su entorno social e ideológico.

Como decía el maestro Leonardo Polo, se trata de que los profesores favorezcan el saber y ayuden a los jóvenes a alcanzar su sentido personal. Ése es el verdadero sentido de la universidad: incrementar verdades superiores y formar universitarios, lo que implica iluminar mentes y corazones.

El conocimiento es esencial, pero es también vehículo o acompañante de mucho más. El profesor ha de contar con un “modo de ser” que se actualiza, debe estudiar, pensar, reflexionar, compartir ideas y contagiar de curiosidad intelectual y compromiso con el saber.

Hoy en la nueva normalidad, pero en realidad en cualquier modelo educativo, quisiera suplicar, como mi alumna, que quienes nos honramos de ser profesores, demostremos la valía de esta vocación, llevando a nuestros alumnos por caminos de reflexión.

Más pronto de lo que imaginamos, esos jóvenes guiarán nuestro país, de allí que ésta es nuestra oportunidad con México para sembrar a manos llenas la verdad y el compromiso con el saber.

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