León XIV: “Es la hora del amor”

Detrás de cada “me gusta”, puede haber una pregunta más profunda, y que un mensaje evangélico, si es auténtico, puede llegar más lejos que un meme. El algoritmo, también, es terreno de misión.

En menos de un mes pasamos de la consternación al asombro. El mundo despidió a Francisco —el Papa de la inclusión, el de los viajes a las periferias— y, sin secar aún las lágrimas, se zambulló en las especulaciones sobre la elección del nuevo Pontífice. Como si el Vaticano fuese un reality show con sotanas. La película Cónclave volvía a circular en las sobremesas; aumentaron los “expertos” dictando la agenda impostergable del sucesor de San Pedro.

Con todo, apenas se cerró la puerta de la Capilla Sixtina, nos quedó claro, de nuevo, que el Espíritu Santo no consulta encuestas. La aparición del humo blanco tumbó las quinielas. Desde la logia emergió un nombre que, de inicio, nos hizo dudar del oído: Prevost. Estadunidense de pasaporte, pero tallado en Chiclayo, un rincón empobrecido del norte peruano donde el evangelio se sirve en ollas comunes. Eligió llamarse León XIV. Con voz trémula soltó: “La humanidad necesita puentes. Ayúdenme a tenderlos”. Y el eco viajó por televisores, celulares y hasta por los oídos de quienes poco conocen el cristianismo.

El 18 de mayo, bajo un sol que tostaba las losas de San Pedro, comenzó su pontificado. El palio descansó sobre sus hombros como una cuerda antigua que enlaza pescadores y cables de fibra óptica; el anillo del Pescador relampagueó entre miles de cámaras alzadas. Cincuenta mil peregrinos —y millones en streaming— entonaron el Veni Creator. Detrás, obispos de cinco continentes juraron sobre los evangelios mientras el planeta, entre el desconcierto y la perplejidad, atestiguamos sin aliento un ritual de siglos.

Conviene detenernos. Primera idea. La orientación geográfica del catolicismo se ha movido. Dos de cada tres fieles viven al sur del Ecuador y hablan español, portugués o suajili. Que un pastor con alma latina pilote la barca de Pedro es más que un símbolo. Segunda reflexión. En la hora de la sospecha hacia toda institución, la Iglesia se juega su prestigio en la coherencia, no en la mercadotecnia. No dudo que fue una idea que también motivó la elección de León XIV.

Tercer apunte. La fe también ha migrado. Ya no habita solamente en los templos, sino en el territorio digital, donde lo sagrado compite con lo viral y lo eterno con lo efímero. El nuevo Papa vivirá entre acólitos y tiktokeros, entre cardenales y creadores de contenido. Tender puentes hoy implica habitar el suelo movedizo de las redes sociales sin perder la raíz. Saber cuándo hablar en 280 caracteres y cuándo guardar silencio. Entender que, detrás de cada “me gusta”, puede haber una pregunta más profunda, y que un mensaje evangélico, si es auténtico, puede llegar más lejos que un meme. El algoritmo, también, es terreno de misión.

México contempla el escenario apoltronado sobre dualidades. Somos el segundo país con más católicos —unos 101 millones— y, sin embargo, tantas bancas de iglesia se vacían, aunque la Basílica de Guadalupe desborda pasillos y vagones del metro. Son contradicciones que León XIV conoce: ha olido el incienso y el polvo, la fe alegre y el escepticismo juvenil. Tal vez por eso su primera homilía, “Es la hora del amor”, fue una declaración de cariño, un amor entendido como política de proximidad, no como hashtag de temporada.

Muchos intentarán encasillarlo de inmediato: progresista, conservador, socialdemócrata con sotana. Etiquetar otorga la falsa calma de lo comprensible. Pero la tradición católica se mueve con paso firme, no al ritmo de los trending topics: avanza, retrocede, y cuando cede lo hace sin estridencia. Por eso es un reto continuo acompasar una verdad fundamental, “edificada sobre roca”, con urgencias muy concretas: un planeta que sigue contaminándose, migrantes y una economía que desecha personas como envases de plástico arrojados al océano.

Tal vez por eso, cuando el sol se escondía detrás de la cúpula de Miguel Ángel, León XIV pidió algo desarmante: “Recen por mí”. No renunció a la autoridad; reconoció su fragilidad. Ahí germina la esperanza: admitir que quien porta las llaves de Pedro tampoco puede solo.

Los números son fríos —1,406 millones de católicos, 281 millones en África, 480 en América, 154 en Asia, 286 en Europa, 11 en Oceanía—, pero detrás hay rostros buscando sentido entre guerras y pantallas infinitas. En esta hora del amor, conviene escuchar a León XIV y empezar, todos nosotros, por escuchar esos rostros a veces pixelados. Y por recordarnos, a ti y a mí, que los puentes se construyen con piedra y con palabras, sí, pero también con el humilde deseo de cruzarlos juntos.

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