La ocasión de la fortaleza en cada debilidad
Recordemos que ser valiente no es necesariamente no sentir temor, sino enfrentar los miedos y las vicisitudes con determinación y siendo capaz de construir o reparar lo que se haya fracturado, recomenzar lo que se haya detenido o dejar por detrás lo innecesario.
La vida sólo puede comprenderse hacia atrás,
pero debe vivirse hacia adelante.
Søren Kierkegaard
En este difícil año que ha transcurrido casi todos podemos hablar de pérdidas, algunas dolorosas, otras irremediables. Pero ya empieza a verse y notarse que no estamos en el ojo del huracán, sino que la pandemia parece serenarse un poco.
Estos tiempos nuevos nos traen la oportunidad de cambiar el esquema. Empieza a ser momento de centrarnos en construir, aprender de lo vivido y rehacernos personalmente.
En ese sentido, hoy continúo y, de hecho, cierro por ahora la saga de las virtudes, pues vengo a plantearles que esta nueva situación nos invita a ejercitar la virtud de la fortaleza.
La fortaleza es la virtud o capacidad de actuar con energía o resistir. Está vinculada, así, con dos partes o momentos; el acometer y el resistir.
Por una parte, es hoy momento de acometer, de actuar, de enfrentar esta “nueva era” con valentía. Recordemos que ser valiente no es necesariamente no sentir temor, sino enfrentar los miedos y las vicisitudes con determinación y siendo capaz de construir o reparar lo que se haya fracturado, recomenzar lo que se haya detenido o dejar por detrás lo innecesario. Es hora de acometer, de dar a nuestros sueños, pies o cabida en la realidad.
Por otra parte, es también momento de resistir. Para Tomás de Aquino, la resistencia es, de hecho, el acto más propio de la fortaleza, no porque tenga un valor superior frente al acometer, sino porque cuenta con la verdadera esencia de la fortaleza, que consiste en llevar a cabo actos decididos y firmes por adherirse al bien y buscarlo afanosamente en ese presente que se asoma por la ventana y parece decirnos que resistamos, que vendrán grandes cosas para nosotros.
Alrededor de esta deseada virtud, de ese talante fuerte, como ornato aparecen otras que también se asoman por las ventanas y que hemos de escuchar, pues las deseamos muy íntimamente: la magnanimidad y la magnificencia.
Estas tienen que ver con la inclinación a lo grande, al alma o el ánimo expandidos, se vincula con ser fuertes y soñar por lo alto. ¿Quién no desea tener sueños grandes?, ¿quién no quisiera vencer los miedos para aspirar lo que parece imposible?, ¿quién no quisiera mirar la grandeza del bosque sin que las ramas nos detengan, soñar y no dejarnos abatir por la tristeza o las preocupaciones?
Tal es el vigor de renombrados personajes de la historia. Me refiero a Alejandro Magno, Alfonso X, Isabel y Fernando, Churchill y muchos más. Son ellos grandes personas, con grandes historias, gran ánimo y que han hecho grandes cosas.
Quienes el miedo detiene, no logran ver más allá de lo inmediato, mientras que los grandes líderes saben soñar en grande, concretar y resistir. En ese último punto, el resistir, están las virtudes afines: paciencia y perseverancia.
La paciencia, que como comenta Teresa de Alvira, “todo lo alcanza”, y la perseverancia que evita que lo emprendido decaiga. La fortaleza, acompañada de estos apoyos, entrega serenidad interior y exterior.
Ya cerrando, quizás por ahora, la saga, quiero apuntar que el confinamiento nos enfrentó a nosotros mismos, nos llevó a desear poder regresar el tiempo para “estar” cuando debíamos y nos motivó a conocernos más.
Hoy que estamos más presentes y más cercanos a nosotros mismos, vemos que la pandemia está poco a poco retrocediendo y que se va asentando una nueva forma de vivir. Ante ello, es momento de repensar nuestra vida y construirla con serenidad y fortaleza. Sin prisa, sin pausa. Nos esperan muchas tareas, pero ante ellas seamos fuertes. Construyamos, con fortaleza, cimientos estables hacia ese mañana.
