La letra viva cultiva la mente

Michel Desmurget, neurocientífico francés, ha advertido que entre los dos y los 18 años, los niños pasan frente a pantallas el equivalente a 30 años escolares. Treinta años formativos expuestos a un entorno que, aunque ofrece información, rara vez propone sentido.

En las últimas tres décadas, el tiempo que las personas pasan frente a pantallas se ha multiplicado exponencialmente. Estudios recientes revelan que los jóvenes pueden llegar a permanecer hasta nueve horas diarias frente a dispositivos electrónicos y los adultos no están lejos de alcanzar esa misma cifra. Esta exposición constante genera una saturación sensorial que modifica profundamente nuestra atención, nuestra percepción del tiempo, incluso nuestra relación con la realidad.

Ya no se trata únicamente de un cambio de hábito, sino de una transformación cultural que afecta la manera misma en que nos construimos como personas. Los límites entre lo real y lo virtual se desdibujan. Las experiencias digitales tienden a confundirse con las vivencias físicas y esa fusión, aparentemente inofensiva, tiene consecuencias profundas en el desarrollo cognitivo, emocional y social. Michel Desmurget, neurocientífico francés, ha advertido que entre los dos y los 18 años, los niños pasan frente a pantallas el equivalente a 30 años escolares. Treinta años formativos expuestos a un entorno que, aunque ofrece información, rara vez propone sentido.

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Los efectos de este entorno se manifiestan en múltiples planos: la identidad se fragmenta, la atención se dispersa, la inteligencia se ve afectada. Pero más allá del diagnóstico, lo que hoy necesitamos con urgencia es recordar que existen caminos —antiguos y siempre nuevos— para reconstruir la mente. Y entre ellos, uno se revela como imprescindible: la lectura.

Leer es más que comprender un texto. Es un acto de interioridad. Una forma de entrar en contacto con el mundo desde el silencio, con uno mismo desde la palabra, y con los demás desde la empatía. A través de la lectura, el pensamiento se estructura, la imaginación se expande, la voluntad se fortalece. El libro exige lo que el entorno digital rehúye: concentración, profundidad, continuidad.

Un niño que lee no sólo aprende a entender, sino a demorarse. A mirar el detalle. A sostener el pensamiento en el tiempo. La lectura activa zonas del cerebro vinculadas al juicio crítico, a la creatividad, a la toma de decisiones. Pero, sobre todo, crea las condiciones para el encuentro con lo esencial. Es, en muchos sentidos, una forma de resistencia ante la superficialidad, la distracción y la urgencia vacía que nos rodea.

Desde que el ser humano inventó el lenguaje, la lectura ha sido su herramienta más poderosa para humanizarse. A través de los libros, las civilizaciones han transmitido no sólo saberes, sino virtudes. El libro construye al niño en su triple dimensión: intelectual, emocional y social. No obstante, nunca como hoy ha estado esta práctica tan amenazada. La cultura digital lúdica, inmediata y fragmentaria ha desplazado, en muchas familias y escuelas, el espacio del libro.

Y lo que se pierde no es solo un hábito, sino una herencia. Las sociedades que leen son sociedades que piensan, que deliberan, que se abren al otro. Fomentar la lectura es, en el fondo, una apuesta el pensamiento complejo, por la posibilidad de construir una cultura del encuentro.

En un entorno saturado de estímulos que reclaman atención, pero no dan profundidad, el libro se convierte en un espacio sagrado. Un refugio para el alma y un gimnasio para la mente. En nuestras familias, escuelas y universidades, deberíamos preguntarnos no sólo cuánto se lee, sino cómo estamos transmitiendo el amor por la lectura. Porque quien ama leer, encuentra en cada página no sólo conocimiento, sino compañía. Leer no es sólo formar criterio es también formar corazón.

Recuperar la lectura no es sólo una estrategia pedagógica. Es una decisión cultural. Es una manera de apostar por el pensamiento, por el tiempo profundo, por la formación integral de la persona. Volver al libro es, en el fondo, volver a habitar nuestra humanidad. Porque educar la mente es también custodiar el alma. Y eso no se logra en pantalla. Se cultiva, página a página, con letra viva.

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