Esperanza: el arte de la buena espera

¿Es la esperanza el último mal, o, más bien, es lo primero que Zeus depositó, pues la esperanza es una forma de enfrentar los males?

Hoy, como cada viernes, esperamos el final del día para conocer el color del semáforo epidemiológico. ¿Seguimos a salvo del rojo?, ¿nos mantendremos en naranja?, ¿viene el amarillo? ¡Qué ganas de llegar al verde!

¡Cuánto puede expresar un color! Existen muchas perspectivas sobre los colores. Por citar algunos: desde la ciencia, Newton descubrió que la luz blanca está formada por rojo, verde y azul y estudió su relación con los tonos del arcoíris. Desde la literatura, Gabriela Mistral reflexionó sobre ellos en su poema Ronda de los colores y en La ladrona de libros, Zusak describe una poderosa escena en la que Max, un muchacho judío escondido en un sótano escucha la narración de un cielo que no puede ver: “Hoy el cielo está azul, Max, y hay una enorme nube alargada, desenrollada como una cuerda. Al final de la nube, el sol parece un agujero amarillo. ¡Cuántos colores percibimos en esa lectura! Nuestra emotividad, imaginación y sueños no son en blanco y negro, sino que se revisten de tonos oscuros o brillantes.

Hoy por hoy pasan los días con monotonía y los colores del semáforo van y vienen, pero sin alcanzar aún el anhelado. En este escenario, ¿tiene cabida el tono de la esperanza?

Somos viandantes en un nuevo camino desconocido, sorpresivo, a nuestros ojos oscuro, y estamos expectantes de la “luz al final del túnel”, como se acostumbra decir.

Somos viandantes que podemos caminar con la mirada perdida y los hombros caídos, o podemos esperar ese tono que aún no llega, dando color a la esperanza, dejando las falaces ilusiones y los imaginarios fantásticos, para colorear nuestra vida día a día de una esperanza realista.

Hace poco releí el mito griego de la caja de Pandora, según el cual al abrirse la caja salen al mundo todos los males imaginables y muy al final y al fondo de la caja queda la esperanza. Cabe entonces la pregunta: ¿es la esperanza el último mal, o, más bien, es lo primero que Zeus depositó, pues la esperanza es una forma de enfrentar los males?

Ese mito y algunas otras frases que circulan cotidianamente hacen un flaco favor a la virtud de la esperanza, me refiero a ideas como: “la esperanza es lo último que muere”, “Bienaventurado el hombre que no espera nada, porque nunca será decepcionado”, “el que espera, desespera”.

Soy de quienes heredan la noción aristotélica de que todo hombre busca la felicidad y, más, que cada acto persigue un bien. Aunque a veces ese bien puede no ser real, sino aparente, o podemos caer en ser utilitaristas o excedernos en ambición, a mi parecer casi todo lo que hacemos persigue un norte. Vivimos porque esperamos algo y nuestros pasos y proyectos se fundamentan en la esperanza de obtener un bien o una meta futura.

En ese sentido, necesitamos redescubrir el hondo sentido de la “esperanza”, una virtud oculta y paciente. Su origen etimológico se vincula a “esperar”, pues tiene que ver con ello: una espera que se provee de un optimismo no de tipo pasivo, sino que requiere y moviliza una actitud arriesgada, combativa y tenaz. Es una virtud que practica y persigue quien sabe esperar y sabe que va a un destino seguro o que está haciendo lo que puede para llegar a él.

Sirvan aquí palabras de Francisco: “La esperanza hace que uno entre en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz. La virtud de la esperanza es hermosa; nos da tanta fuerza para caminar en la vida” (Audiencia General, 28 de diciembre de 2018.

Yo apuntaría que solemos escuchar la frase: “Mientras hay vida, hay esperanza”, pero que para mí es más bien al revés: es la esperanza la que sostiene cuando todo parece que se hunde, es la guardiana que puede protegernos y, sobre todo, que puede hacer crecer la vida.

La esperanza incluye ese esperar. Quien espera, busca dentro de sí y busca su interioridad para conquistar una mayor madurez, pues la esperanza no es dejar que las cosas pasen porque sí, o porque confío, sino consiste en que ante las cosas que pasan, confío y camino. Camino por dentro, forjando la paciencia y ejercitando los músculos del alma para hacer esa esperanza fuerte, para acompañar a quienes me rodean, entender el dolor y para redescubrir y hacer brillar la solidaridad.

Es una gran virtud, la esperanza. Corramos, no perdamos tiempo, este periodo nos da la oportunidad de esperar. No es cierto que la esperanza es lo último que muere, sino, más bien, lo primero que debe vivir y que hemos de cultivar y proteger.

Ante esta emergencia sanitaria y otras complejidades que se nos presentan con diferentes máscaras y que hacen del mundo un lugar doliente, seamos firmes y valientes en nuestro afán de albergar el tinte de la esperanza en nuestro interior. Arriesguémonos a esperar, con valentía y consciencia.

Busquemos la esperanza en estos momentos. Recordemos que no es un optimismo irrealista, no se trata de vivir de ilusiones. Es creer y confiar, madurar el alma, aceptar lo inexplicable, arriesgándonos a confiar. Es tener la fortaleza de ser capaces de mirar por encima de nuestras cabezas.

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