El aprendizaje invisible que deja huella
“Bienvenidos a la Escuela, su segunda casa, porque su casa es la primera escuela”. Quizá no es a la letra este mensaje que leí hace días en una pequeña escuela rural en el Estado de México. Me he esforzado tratando de recordarla exactamente, pero por ahora la dejo ...
“Bienvenidos a la Escuela, su segunda casa, porque su casa es la primera escuela”. Quizá no es a la letra este mensaje que leí hace días en una pequeña escuela rural en el Estado de México. Me he esforzado tratando de recordarla exactamente, pero por ahora la dejo así, ya volveré a pasar por esa ruta y pondré una mayor atención. La idea me quedó clara. La idea está llena de sabiduría, me atrevo a decir de sabiduría popular y de sabiduría existencial. La máxima de bienvenida no estaba decorada, era sencilla, nada que llamara la atención por su estética o colorido, pero con una verdad a la que sigo dándole vueltas por su riqueza.
El hogar, nuestros lazos familiares, el sitio donde nos sentimos aceptados y queridos como somos, que genera el sentido de pertenencia, el sitio —han venido a decir varios autores— al que se vuelve. Es ahí, en la casa familiar donde todos hemos aprendido lo que nos hace capaces de entender al mundo, ahí descubrimos quiénes somos, cómo nos comunicamos; aprendemos a reír, a compartir, a competir, a negociar, a ser solidarios, a ser hermanos.
Las historias que siguen presentes en nuestra memoria, gran parte provienen de ahí: el cuento con el que nos dormíamos, los encuentros y reencuentros con motivo de las celebraciones que fortalecían la cohesión como familia y solidificaban nuestras raíces; la espera de algunos platillos, detalles y regalos en los días de fiesta; las desilusiones con el paso a la adolescencia, los sufrimientos debidos a reveses o contratiempos que acompañan cualquier andadura por la vida, y el valioso aprendizaje en el modo de afrontarlos ¡Qué recuerdos!
Porque al degustar ciertos platillos, como son la sopa sencilla, a la que solemos llamar “casera”, de fideos, que nos esperaba al regreso de las clases; los hot cakes de fin de semana, esa mermelada que no podía faltar, rememoramos no sólo el sabor, sino toda una experiencia agradable, tanto por las circunstancias como por las personas con las que las compartimos… y así podría listar todo lo que ocurre en nuestra primera escuela: nuestra casa.
Escribir esto me pone en mi sitio. Me dedico por vocación y con pasión a la enseñanza; he ejercido esta labor, ciencia y arte, dedicada a todas las edades, y me pongo en mi sitio porque por más contenido de enseñanza que buscamos transmitir en la escuela o en la universidad, representa una parte importante en ciertas etapas de la vida, sabiendo que la impronta más honda es siempre la que deja el aprendizaje implícito, de los primeros años de vida, adquirido en un ambiente de espontaneidad.
Pretendo enfatizar las características positivas de la casa, del hogar familiar, como el lugar al que se quiere regresar porque aporta seguridad, ambiente de amabilidad y convivencia, lugar de intercambio de ideas y experiencias, vivencias compartidas que suelen ser los cimientos sólidos en la construcción de la historia personal. Nuestra primera escuela, la casa, nos enseña un aprendizaje que pasa desapercibido y a la vez nos aporta una manera de ser: la riqueza de lo cotidiano, la vida ordinaria, a la que por un inevitable devenir de cada día nos acostumbramos. El día a día tiene multitud de momentos maravillosos, desde amanecer, el aroma suave del pan fresco, el encuentro con un amigo, el reposo, los momentos de trabajo y diálogo, disfrutar unas galletas ¿Nos damos cuenta? ¿Reparamos en estos detalles que son hogareños? ¿O hemos perdido la vista para ellos? Los extrañamos cuando no los tenemos ¡qué disgusto un café frío! o la falta de agua caliente en la ducha, o la suciedad del sitio al que llegamos.
Todo lo anterior que valoramos sin darnos cuenta y extrañamos cuando falta, son detalles familiares y como afirma Freire: estos detalles cotidianos familiares encierran una honda entidad psicológica porque en ellos, casi sin percibirlo, descansan la solidez, seguridad y afectos de una persona ¡Qué enseñanzas de esta nuestra primera escuela!
En un mundo lleno de incertidumbre, donde se camina con frecuencia sobre un terreno movedizo, hace falta la seguridad que nos ha brindado la vida familiar, el círculo social más cercano, nuestras raíces.
En un presente que nubla el faro que da seguridad en el camino, la solidez de lo aprendido en la familia forja personalidades honestas, personas de bien, y ante las confusiones en un mundo ambiguo y la soledad existencial, una persona cobijada por lazos profundos y fuertes podrá encauzar los avatares sin sucumbir en el embate.
Tanto he hablado y escrito sobre las skills o competencias que requieren el liderazgo y la juventud, que he dado por sentado la base de éstas: solidez, seguridad e inteligencia emocional.
Cuando no sepamos por dónde ir, recordemos nuestra primera escuela; podremos fallar, pero sabremos revertir; podremos temer, pero seremos fuertes; podremos sufrir, pero sintiendo la compañía y consejo de quienes son esenciales en nuestra vida.
Hago de lado hoy las poderosas competencias para quedarme con la riqueza de lo aprendido en nuestra primera escuela, sin pizarra, sin WiFi y sin tabletas, con el ejemplo de la deliciosa “normalidad” que sin pretenderlo deja marcada nuestra manera de vivir.
