Eduquemos en el sentido de vida
Si la sociedad ya no encuentra sentido en la cultura o en las relaciones interpersonales y familiares, es crucial analizar cómo, a través de la educación en todos los niveles, se puede transmitir el valor de la vida
En la actualidad, parece que la vida ha perdido su sentido. La desesperanza y el escepticismo son sentimientos comunes. Derivado de ello, han proliferado podcasts, libros y videos que ofrecen reflexiones, fórmulas mágicas y llamamientos para recuperar el sentido de la vida. Pero, ¿cómo es posible que estemos estancados en este aspecto cuando hemos experimentado tanto progreso y avances?
La respuesta no es sencilla, pero ensayo algunas ideas. En primer lugar, este vacío de sentido puede deberse a los múltiples problemas que enfrentamos como las guerras, las grandes desigualdades sociales y las polarizaciones políticas. Sin embargo, éstos no son problemas nuevos. En el pasado, logramos sobreponernos a estos desafíos y se encontró en las experiencias más sencillas y cotidianas el sentido necesario para seguir adelante.
Entonces, ¿qué ha cambiado? Es probable que la pérdida de sentido de vida en las generaciones actuales responda a un cambio más profundo: el debilitamiento de la familia, las amistades, la patria y la fe. Además, nuestra era digital trae consigo grandes dificultades, como el mal uso de las redes sociales y la saturación mediática, que debilitan nuestra capacidad de discernimiento y nos motivan a perseguir aspiraciones vacías y materialistas. El uso excesivo de dispositivos digitales y la generación constante de dopamina crean una dependencia adictiva, envolviéndonos en un mundo irreal y descuidando lo que nos rodea.
Por otro lado, la hiperproductividad y el acelerado ritmo de vida generan problemas de estrés, ansiedad y salud mental. Estos obstáculos no nos arrebatan el sentido de vida, pero sí nos distraen y confunden. Sin embargo, no todo está perdido. Esta situación es una gran oportunidad para reflexionar sobre qué hacer y cómo llevarlo a cabo. Antes, enseñar el sentido de vida no era necesario, pero hoy resulta fundamental recurrir a estrategias pedagógicas para el bienestar individual.
Enfrentados a circunstancias adversas y un mundo digitalizado que presenta escenarios irreales, el sector educativo debe poner un énfasis especial en el sentido de vida. Si la sociedad ya no encuentra sentido en la cultura o en las relaciones interpersonales y familiares, es crucial analizar cómo, a través de la educación en todos los niveles, se puede transmitir el valor de la vida.
La clave está en buscar que, en las diversas etapas de formación y disciplinas del saber, logremos una conexión entre el conocimiento y el sentido. Debemos proponer una visión que trascienda lo meramente útil, lo mercantil y el intercambio de bienes. Una educación que persiga la auténtica sabiduría se enriquece si le sumamos un propósito a lo que hacemos y sabemos.
A través del conocimiento académico podemos transmitir la belleza de la vida en todas sus facetas, facilitar espacios de convivencia, educar en la solidaridad y en el encuentro. Debemos fomentar que las personas se planteen preguntas que inviten al pensamiento reflexivo y que encuentren sus razones y motivaciones más profundas.
Aventuro otra posible pista. Además de la educación formal, conviene resaltar el papel del entorno comunitario en la formación del sentido de vida. La participación activa en el desarrollo social, el voluntariado, el compromiso cívico, el servicio a los demás colaboran con una percepción de pertenencia y propósito que va más allá del ámbito individual. Al involucrarnos en nuestro entorno, no sólo contribuimos al bienestar colectivo, también enriquecemos nuestra propia vida con experiencias significativas y relaciones humanas auténticas.
La educación es nuestra mayor aliada para afrontar este reto. La educación tradicional debe evolucionar, no sólo para formar grandes profesionales técnicos, sino también para educar en el sentido de vida y formar personas con propósito, capaces de percibir y disfrutar de todo lo que da color y vida a nuestra existencia, y lo que nos hace más humanos. La educación debe aspirar a que el sentido de la vida permee y motive nuestra existencia, transformando nuestro enfoque y nuestra forma de vivir.
