De filias y de fobias
En el lenguaje cotidiano, estas palabras no se limitan ya a patologías psicológicas, sino que se han generalizado para describir situaciones en política, empresas, entornos familiares, aulas, entre otros. Usamos coloquialmente “filia” y “fobia” para expresar gustos o aversiones. Sin embargo, a menudo dejamos de lado su significado real.
Los últimos años han llamado mi atención numerosas publicaciones que refieren el binomio “filias y fobias”. La palabra “filia” proviene de philos, que significa “amor”, “amistad”, “inclinación hacia algo”, “afinidad”, “afición”, “simpatía” o “tendencia”. En el campo de la Psicología, las filias son atracciones hacia ciertas realidades o situaciones sociales, en contraste con las fobias, que se relacionan con el miedo.
La etimología de “fobia” también es ilustrativa, vinculándose con el “miedo”, pero un miedo intenso e irracional hacia seres, objetos o situaciones específicas. Las fobias pueden también manifestarse como odio o rechazo hacia algo, generando problemas emocionales, sociales y políticos. Términos como acrofobia (miedo a las alturas), agorafobia (miedo a los lugares públicos) o claustrofobia (miedo a los espacios cerrados) son comunes y afectan a un considerable porcentaje de la población, como revelan varias investigaciones; por ejemplo, el National Institute of Mental Health (NIMH), indica que entre el 8,7% y el 18,1% de los estadunidenses sufren de fobias. Redondeando cifras, según estadísticas, 10% de las personas en el mundo occidental (Norteamérica y Europa) sufrirá de una fobia específica a lo largo de sus vidas. En nuestro país, antes de los años de confinamiento por la pandemia, la población que tenía este padecimiento representaba 7%; de acuerdo con investigaciones de la UNAM, a partir de 2020, a las fobias ya conocidas se sumó la “tecnofobia” o sentimiento de aversión por la tecnología, no sólo como resistencia a la adopción de nuevas plataformas o sistemas, sino también a la dinámica que generó al tener que fusionarla de modo abrupto en lo que se convirtió simultáneamente en el lugar de estudio o trabajo, de ocio y de descanso.
En el lenguaje cotidiano, estas palabras no se limitan ya a patologías psicológicas, sino que se han generalizado para describir situaciones en política, empresas, entornos familiares, aulas, entre otros. Usamos coloquialmente “filia” y “fobia” para expresar gustos o aversiones. Sin embargo, a menudo dejamos de lado su significado real.
Ampliando el sentido original, reflexionamos sobre cómo nuestras reacciones diarias suelen guiarse más por filias y fobias que por un análisis objetivo de los hechos. Juicios políticos o decisiones laborales pueden depender de un simple “me gusta” o “no me gusta”. Este comportamiento se muestra claramente en libros como Las fobias y filias que definirán el país de Leonardo Curzio, o Sin filias ni fobias, recuerdos de un fiscal incómodo de Santiago Nieto. También, para reírnos de nosotros mismos, Las filias y fobias de los chilangos, de Francisco Garfias.
Esta generalización de las filias y fobias puede ser perjudicial en la gobernanza. Según Alfonso Sánchez Tabernero, en su libro Gobierno de universidades. Desafíos, modelos y estrategias, un buen líder no se deja llevar únicamente por preferencias personales o momentáneas. Un buen dirigente no convierte sus filias en decisiones estratégicas ni deja que sus fobias nublen su juicio.
El exrector de la Universidad de Navarra describe a los mejores gobernantes como quienes espolean la creatividad, mueven a sus equipos a huir de su zona de confort, a enfrentar los peligros o los territorios difíciles de andar. No hay características universales de personalidad asociadas al liderazgo, considera Alfonso. Rechaza la teoría de virtudes innatas para el liderazgo, y más bien se enfoca en la capacidad de las personas para reaccionar frente a los retos que se le presentan.
Es crucial que la gobernanza trascienda las filias y fobias o, al menos, aprenda a gestionarlas. Los líderes deben ser capaces de gobernarse a sí mismos para impactar positivamente en sus responsabilidades. En última instancia, una buena gobernanza requiere dejar de lado las preferencias personales y forjar virtudes morales que inspiren confianza, fomenten el compromiso y promuevan el crecimiento de los equipos.
