¿Cuántas caras tiene esta moneda?

Cada quien ha manejado la crisis como ha podido, pero muchos, realmentemuchos, nos hemos conectado con esta máxima: somos limitados, somos vulnerablesy nos necesitamos.

Es común hablar de la otra cara de la moneda. Partiré de esta idea, pero con un sentido amplio para cuestionar: ¿cuántas caras tiene la moneda de este tiempo que vivimos?

Hoy se cumple un año, 12 meses, 52 semanas, 365 días con sus noches, 8,760 horas, 525,600 minutos y 31,536,000 segundos, periodo marcado por el ritmo del reloj, desde que iniciamos una etapa inimaginable. El mundo, quizás preparado para una guerra de armas, se vio, más bien, derrotado por un virus. Desde la distancia, parece hoy a la vez lejano y a la vez cercano el primer momento en que escuchamos que había problemas allá en China.

Desde entonces brotaron múltiples preguntas: ¿cómo será la educación?, ¿qué pasará con la economía?, ¿atenderemos al fin a la ecología?, ¿qué trabajos se reinventarán?, ¿volveremos a viajar?

De ese río de inquietudes saltó un entero mar de respuestas. Surgieron tantas teorías como personas y tantas respuestas como estudiosos hay, lo cual refleja, de forma evidente, la cara más predominante de esta pandemia: la incertidumbre, la perplejidad, el miedo.

Esa cara está estrechamente vinculada a una segunda, una dura, la de las pérdidas, muchas de ellas irreparables, la del sonido de las sirenas y las noticias que alarman. Así aparece otra, la de los cambios, que nos lleva a modificar hábitos, costumbres, dinámicas familiares, y a reorganizar espacios de vida y trabajo. La cara de tantos ancianos vulnerables sin poder ser visitados, quizá más de alguno sin entender qué pasa. Las caras de niños y jóvenes que aprenden ahora a través de la pantalla y la de los profesores que se reinventan.

El trabajo desde casa se vuelve más eficiente. El vertiginoso tráfico pierde presencia en nuestras vidas. Aparece algo de serenidad con el no tener que correr de un sitio a otro, surcando la ciudad cada día. Entonces vemos otra cara, ¡qué cara!, y es que ahora nos reciben a tiempo los médicos y la estética, y las reuniones laborales comienzan a la hora. De pronto cuidamos y valoramos el tiempo de los demás. La puntualidad ha renacido.

En estos aspectos vemos una cara noble, la de los aprendizajes, donde prevalece en primer lugar la lección de flexibilidad y adaptabilidad que hemos tenido. Vemos allí, en los cambios, otras reinvenciones, como el ser más cercanos, presentes y cariñosos en nuevos formatos. Vemos también el giro hacia la austeridad, pues hemos comprado menos, rediseñando así nuestra relación con las cosas materiales. Igualmente, hemos gastado mucho menos en salidas, en restaurantes y cines, con lo que hemos repensado la forma en la que invertimos nuestro tiempo y hemos cuestionado el tipo y la cantidad de experiencias que necesitamos para tener un buen día o para ser felices.

Definitivamente, hemos aprendido que no todo es blanco y negro, existen ricas tonalidades en las dificultades y los aprendizajes, en los dolores y las bendiciones. Cada quien ha manejado la crisis como ha podido, pero muchos, realmente muchos, nos hemos conectado con esta máxima: somos limitados, somos vulnerables y nos necesitamos.

Sólo disparar lo anterior me deja perpleja: esta pandemia nos ha pasmado al mostrarnos nuestra debilidad. En este punto es emblemática la reflexión del papa Francisco cuando plantea, parafraseo, que lo peor que nos puede pasar es que olvidemos rápidamente los aprendizajes de esta lección de historia.

Sería un error pretender volver a lo anterior, esperar para retornar la comodidad del statu quo. Ya ese mundo no existe y nosotros tampoco. Hemos cambiado, no somos los mismos, ni seremos los mismos. Al contrario, si razonamos que hoy es nuestro tiempo y éstas, nuestras circunstancias, podremos aprender de lo vivido y responder a los retos de la realidad con humildad y flexibilidad, pero también con fuerza.

No quiero pecar de exceso de optimismo y espero que no se me malinterprete: nada es color de rosa. Es claro que no estamos de vacaciones y que la situación es compleja, para muchos, incluso dramática, y aquí comparto mi sincera solidaridad porque también he vivido pérdidas. Muchos viven situaciones económicas y laborales difíciles y muchos han tenido o tienen problemas y riesgos psicológicos. Pero hoy sólo deseo apuntar que hay algunos puntos de luz, algunos matices que ameritan difusión y reflexión. La pandemia nos mostró nuestra debilidad y nuestros límites, pero también nuestra flexibilidad, grandeza y entereza.

Miremos las muchas caras de la moneda y aprendamos a vivir con esta nueva piel.

Temas: