Cuando la historia se detiene para recomenzar
Los jubileos son símbolos de algo que aún no se posee plenamente. Recuerdan que la vida está siempre en camino, en proceso de perfeccionamiento. Que el júbilo al que apuntan no es todavía definitivo y que habrá un momento en que aquello que hoy se busca con esfuerzo y esperanza se vuelva pleno.
A lo largo de la historia, los jubileos no han sido meras celebraciones religiosas ni ejercicios de nostalgia. Han funcionado más bien como pausas, momentos en los que una sociedad se detiene para revisar sus deudas, recomponer vínculos rotos y redefinir el rumbo colectivo. Su origen se remonta al mundo bíblico, donde cada 50 años se proclamaba un tiempo extraordinario de libertad: se liberaban esclavos y se restituían tierras. Era una manera radical de recordar que ni el tiempo ni la propiedad son absolutos y que toda organización social necesita, de vez en cuando, un reinicio moral.
Con el paso de los siglos, la Iglesia católica heredó esa tradición y la trasladó al ámbito de la conciencia y de la historia. Desde el primer Jubileo cristiano convocado en 1300 estos años especiales han coincidido con épocas de crisis, transformación o agotamiento cultural. No por casualidad: los jubileos aparecen cuando el mundo necesita recuperar horizonte. Son, en el fondo, símbolos de algo que aún no se posee plenamente. Recuerdan que la vida está siempre en camino, en proceso de perfeccionamiento. Que el júbilo al que apuntan no es todavía definitivo y que habrá un momento en que aquello que hoy se busca con esfuerzo y esperanza se vuelva pleno.
El Jubileo de la Esperanza, que culmina en unos días, se inscribe claramente en esa lógica. Llega después de una pandemia, en medio de guerras persistentes, fracturas sociales profundas y una sensación global de fatiga. Su mensaje central no ha sido ingenuo ni evasivo: insistir en la esperanza no como optimismo fácil, sino como decisión de no resignarse a la fragmentación. Pero este Jubileo no se agota en sí mismo. De forma casi providencial abre el camino hacia dos aniversarios que marcarán la próxima década y que interpelan no sólo a los creyentes, sino a la cultura en su conjunto.
En 2031 se cumplirán 500 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe. Más allá de la fe personal, ese acontecimiento tiene un peso histórico innegable, en el cerro del Tepeyac se gestó una síntesis cultural que transformó a México y a América. Guadalupe no fue solo un símbolo religioso, sino un punto de encuentro entre mundos enfrentados. Propuso una narrativa distinta, no la de la imposición, sino la del reconocimiento mutuo; no la del poder, sino la de la cercanía. A cinco siglos de distancia, ese modelo de integración —maternal, incluyente, mestizo— sigue siendo una clave pendiente para una sociedad que aún lucha por reconciliarse consigo misma.
Dos años después, en 2033, el calendario marcará otro hito mayor: los dos mil años de la Redención. Para el cristianismo, se trata del centro mismo de la historia; para la cultura occidental, de un acontecimiento que redefinió la idea de dignidad, sufrimiento y sentido. La cruz y la resurrección introdujeron una afirmación radical: que ninguna vida es irrelevante, que ninguna herida carece de valor, que incluso el fracaso puede ser fecundo. Celebrar ese aniversario no será mirar al pasado, sino preguntarnos qué hemos hecho y qué estamos haciendo con esa herencia.
Vistos en conjunto, el Jubileo de la Esperanza y los horizontes de 2031 y 2033 forman una especie de arco temporal que invita a algo más que conmemoraciones. Invitan a una revisión profunda del rumbo personal, social y cultural. A salir de la lógica del desencanto permanente y del presentismo estéril. A reconocer que la historia sigue abierta y que el futuro no está condenado a repetir nuestras fracturas.
El Jubileo de la Esperanza nos ha enseñado a mirar distinto. A no quedarnos atrapados en la queja, en el miedo o en la nostalgia. A reconocer que la historia no está cerrada, porque Dios sigue actuando. Que los próximos años pueden ser años de gracia si los vivimos con el corazón abierto y la mirada en alto.
Por eso, damos gracias. No sólo por lo visible, sino por esos detalles silenciosos del amor de Dios: por las personas que nos han acompañado, por las heridas que se han sanado, por los caminos que se han abierto, incluso cuando no los entendimos. Damos gracias por lo vivido y pedimos ser agradecidos por lo que aún está por venir.
El horizonte está lleno de promesas. Que sepamos caminar hacia él con raíces profundas y pasos confiados. ¡Feliz Año Nuevo 2026 a todos!
