¿Cuál es tu Galilea?
¡Vuelve a ese momento! Recupera lo que se empolva con el ambiente rutinario, defiende tu resurrección, que no será una, serán muchas a lo largo de nuestro caminar
Termino de leer, pausadamente, el mensaje del papa Francisco en la pasada vigilia pascual. Me deja pasmada. Encuentro reflejados en la escena tanto a mí misma como a casi todos a quienes conozco. Recojo algunas ideas en las que el credo no es esencial, porque —más allá de diferencias étnicas, sociales o económicas—, a la hora de enfrentar la vida y sus avatares diarios, todos somos seres humanos y como tal actuamos.
El mensaje relata ese momento de perplejidad y cariño ante la muerte de Cristo: Las mujeres, dice el Evangelio “fueron a visitar el sepulcro” (Mt 28,1). Piensan que Jesús se encuentra ahí; al menos sus restos mortales. Pensarían que sólo queda el recuerdo de lo que ya no es. A veces también nosotros sentimos que la alegría del encuentro con Jesús pertenece al pasado, mientras que en el presente está la tumba sellada de nuestras desilusiones, amarguras, desconfianzas. El sepulcro donde yace el “no hay nada más que hacer”, “las cosas no cambiarán nunca”, “mejor vivir al día” porque “no hay certeza del mañana”.
También nosotros advertimos cómo se apaga la alegría del corazón cuando hemos sido atenazados por el dolor, oprimidos por la tristeza; cuando hemos sentido la amargura de algún fracaso, el agobio ante preocupaciones, cuando hemos experimentado el sabor acerbo del cansancio. ¿No nos sucede? ¡Qué fácil se vende, por una baratija, el pesimismo! Por volumen haría rico a cualquier mercader.
Basta entrar a cualquier librería y todo son recetas para ser felices, libros de autoayuda, maneras de sanar el duelo. Muchos de ellos útiles, por cierto. La literatura refleja una cultura y una “sociedad del cansancio”, como la ha llamado Byung-Chul Han, que se caracteriza por la desaparición de la otredad y la extrañeza. La otredad cambia por la diferencia y lo extraño se sustituye por lo exótico. Sugiere el cultivo de la serenidad, el ocio y la contemplación para recuperar el asombro del mundo y poder contrarrestar ciertos males contemporáneos provocados por el predominio de la productividad. Baudrillard habla de la “obesidad de los sistemas del presente”, los sistemas de la información, comunicación y producción. La “superinformación” amenaza todas las defensas humanas.
Nos ha secuestrado el olvido del otro, la incapacidad para sorprendernos ante lo cotidiano, la obesidad de información insulsa, inundación de bulos y noticias sin fundamento o evidencia (fake news), la crítica pasiva. Nos urge un espacio al cual volver. Por estas u otras situaciones —cada uno sabe cuáles son las propias—, nuestros caminos se detienen frente a las tumbas y permanecemos inmóviles lamentando, solos e impotentes, buscando reiteradamente una respuesta a nuestros irresolutos “por qué”.
Frente a estos cuestionamientos, el papa Francisco recomienda volver a Galilea. Por supuesto, el retorno no es una travesía geográfica. Se refiere a volver a ese momento donde veíamos con una mirada limpia. “¡Recuerda y camina!”, señala el Pontífice. Si recuperas el primer amor, el asombro y la alegría del encuentro con Dios, irás hacia adelante. Puede ser un encuentro con Cristo, con ese Ser Infinito, llamado de distintas maneras, que nos prometió un porvenir feliz y creímos en él.
“Recuerda tu Galilea y camina hacia tu Galilea”, sugiere el Papa. Cada uno sabe dónde está la propia Galilea, cada uno de nosotros conoce dónde tuvo o ha tenido lugar su resurrección interior, ese momento inicial, fundante, que lo cambió todo.
Pregúntate cómo y cuándo sucedió; reconstruye el contexto, el tiempo y el lugar; vuelve a experimentar las emociones y las sensaciones; revive los colores y los sabores. Porque cuando has olvidado ese primer amor, cuando has pasado por alto ese primer encuentro, ha comenzado a depositarse el polvo en tu corazón. Haz recuento de esos momentos: ¿el primer amor?, ¿el día de tu boda? ¿el momento en que un niño te hizo padre o madre?, ¿tus sueños con un título en la mano? ¡Vuelve a ese momento! Recupera lo que se empolva con el ambiente rutinario, defiende tu resurrección, que no será una, serán muchas a lo largo de nuestro caminar.
Hace poco invitaba a un grupo de jóvenes a defender sus sueños. Justo antes de mi intervención, alguien comentaba que la juventud no es una edad, es un estado del alma. Por eso, y porque no existen los caminos impolutos, todas, todos, defendamos y persigamos las alegrías, las ilusiones empolvadas, nuestros momentos de encuentro con la verdad, nuestra Galilea. ¡Felices Pascuas!
