¿Con qué conecto cuando desconecto?
Desconectar, claro, es difícil porque estamos en un mundo de actividad continua y mayormente online, porque nuestra cultura privilegia el hacer muy por encima del ser y porque la adicción a los gadgets no es un tema de algunos, sino un efecto cuidadosamente buscado.
“Desconectar para conectar" es el título que toma una actividad que se realiza en nuestra universidad hace un par de años. Consiste en detener las clases y la carga académica por dos jornadas para en un día tener variadísimos talleres y en el otro detener al 100% el uso de los gadgets.
De esta genial actividad ideada en pandemia, el nombre no logra irse de mi cabeza. Esas palabras, “Desconectar para conectar”, me han dado más de lo que imaginé.
Por supuesto, entiendo fácilmente la invitación a “desconectar”, a salir de la inercia y abandonar las pantallas tras tantas horas que pasamos en la computadora y el celular, pero la noción que más me jala es esa segunda y sugerente parte: “para conectar”.
Desconectar, claro, es difícil porque estamos en un mundo de actividad continua y mayormente online, porque nuestra cultura privilegia el hacer muy por encima del ser y porque la adicción a los gadgets no es un tema de algunos, sino un efecto cuidadosamente buscado.
Sin embargo, creo que es aún más difícil aquello de conectar. Lo primero que habría que superar es ese deseo de ir a descansar viendo otra pantalla, sea el celular o la televisión. Se trataría de, más bien, decidirse a tener un momento sin ruido para frenar el motor interior que parece ir más rápido cada día. Pero, entonces, ¿con qué conecto?
Quizás sea para conectar con uno mismo. Para vernos como somos, conectar con lo que de verdad pensamos y creemos, con nuestros afectos reales, las rupturas que podamos tener. Invito a quienes me leen a lanzarse a la aventura del propio conocimiento, a desconectarse del ruido, del “qué dirán” y del mundo de los likes, para toparnos con el personaje a veces más desconocido, que es uno mismo.
Algunas pautas que nos pueden ayudar a generar esa conexión podrían ser: buscar el silencio, exterior e interior. Es decir, detener los ruidos, cerrar los ojos, los oídos y, en medio del silencio, descubrirnos. Recordemos que el silencio es como el oro, hallarlo es encontrar algo valioso. Es a través del silencio donde podemos buscar el verdadero orden de nuestras prioridades.
En silencio, cuántas cosas gratas veremos, más de las que imaginamos. Ahí están nuestros afectos, gratitudes, deseos de bien, de justicia, ese “yo” que a veces queremos ser y no nos atrevemos. Qué sorpresas obtendremos si conectamos con nosotros mismos.
Pero también, sin duda, podremos encontrar también aguas un poco turbias. Eso está bien, si las encontramos conviene que dejemos de ser como el avestruz que ante el miedo esconde la cabeza, pues aquello a lo que teme está ahí. Seamos, mejor, capaces de afrontar lo necesario.
Otra idea que puede ayudar es escribir. Al escribir, forzosamente, el mundo se calma. Tanto si lo hacemos en silencio como con música, necesariamente recogemos nuestros sentidos, dejamos a un lado la productividad y las mil y un cosas que debemos hacer y empieza a bajar nuestro ritmo.
Pero, además, el mecanismo de escribir nos obliga a serenar la mente. Al escribir, la marejada a veces acelerada de ideas que rebotan en nuestra cabeza es obligada a circunscribirse a un único canal limitado en tiempo y espacio, que es por donde pasan las ideas para llegar a la página. La escritura nos fuerza a amortiguar el ritmo y escribir una cosa y luego otra. Podemos pensar en muchas cosas al mismo tiempo, pero al escribir sólo podremos abordar algunas, una por una. Es una de las magias de este ejercicio.
En ese escribir, una sugerencia podría ser ponerse un desafío de tiempo, hacer los llamados 20 minutes writing challenge, que consisten en poner el temporizador y lanzarse a escribir sin pausa y sin preparación. En ese ejercicio, podríamos volcar lo que queramos, podríamos empezar por describir lo que vemos o narrar lo que vivimos, pero podríamos también escribir quiénes somos, cómo somos. Podríamos escribir nuestra historia. No dejemos que el ruido y el agite diario nos roben nuestra historia.
Termino, por falta de espacio, con el mejor regalo del silencio: el hecho de que sólo allí, en el silencio y el recogimiento, se escucha la voz de Dios y, sólo escuchándola, somos libres para buscar el don preciado de la felicidad.
