“Cabeza y corazón abiertos a la innovación”

El gran reto de los centros educativos es conformar comunidades académicas, con personal docente, administrativo y operativo, cuya presencia sea tan atractiva que posibilite ver, en él, que el ideal al que aspiramos puede ser encarnado.

Hace unas semanas participé en un workshop internacional de universidades con enfoque humanista. Comprobé que el ideal universitario, los retos y las posibilidades que enfrentamos en este mundo globalizado, digitalizado e interconectado tiene muchas cosas afines. Iré compartiendo hitos que surgieron en ese ambiente de profesores y directivos, que —con las notas distintivas y particulares— tienen una idea en común: hacer de la universidad, además del tradicional concepto de unidad de saberes, un lugar donde nuestros estudiantes y profesores descubran la trascendencia de su paso por la vida.

Me centro en la importancia de conocer y vivificar el ideario, que refleje la identidad, la cultura y los valores de la institución educativa, es el corazón y la brújula en el diálogo e intercambio con el entorno, a fin de aportar soluciones y acciones innovadoras, con rostro humano.

Me gusta la definición de la universidad como “el encuentro discursivo entre personas que buscan cooperativamente la verdad y que cultivan su humanidad en toda su amplitud […]. Este ethos discursivo, propio de la universidad, requiere poner en el centro a la verdad y a la persona, lo cual crea una atmósfera de confianza, cordialidad, diálogo y tolerancia, y una continua exigencia de madurar la misión de la universidad desde la formación integral, la relación educativa, la pedagogía, la vocación del profesorado, la responsabilidad de los alumnos y el compromiso con la realidad social”. (Viñado Oteo, F., 2017).

“Cultivar la humanidad en toda su amplitud” se manifiesta en el respeto a todos y cada uno de los miembros de la comunidad educativa. Sólo a través de una mirada verdaderamente personal al otro, de atención al otro como a ”uno mismo”, será posible abrir espacios para el diálogo como premisa de una búsqueda auténtica por la verdad, objetivo fundamental del quehacer universitario.

Los alumnos, centro y razón de ser de la universidad, además de la formación académica, aspiran a encontrar respuesta a las cuestiones últimas o interrogantes que dan orientación a la entera existencia, ¿quién soy?, ¿dónde radica mi dignidad de persona?, ¿por qué existe el mal?, ¿qué me hace feliz? De ahí la importancia de la constante invitación, a través de la labor docente, a reflexionar, a adquirir hábitos intelectuales y éticos1 y de una sólida formación humanista.

El conocimiento que más calado posee es aquel que surge del encuentro que se hace vida. El movimiento de mi persona hacia el bien no puede ser nunca forzado; se trata de un movimiento libre, suave, hacia la belleza de lo verdaderamente bueno, porque mi ojo ha logrado verla encarnada en alguien, igual de imperfecto que yo. Esto es lo que marca la total distinción entre quienes transmiten información y conocimientos a un individuo para que adquiera cierto tipo de aprendizaje, y quienes comunican su saber —comprometiendo su ser y comprometiéndose con el otro—, para configurarse como mejores personas, vivificando los valores del ideario universitario.

“Es la hora de la persuasión alegre, hecha con espontaneidad, con el calor de todo lo humano, con el aroma de lo que es sencillo, con la fuerza que tiene todo lo auténtico. Es la hora de la ética por connaturalidad. […] Es la connaturalidad del ejemplo. […] Comunicar las convicciones interiorizadas, sin necesidad de abrir la boca (Soria, 1997)”.

El gran reto de los centros educativos es conformar comunidades académicas, con personal docente, administrativo y operativo, cuya presencia sea tan atractiva que posibilite ver, en él, que el ideal al que aspiramos puede ser encarnado y, al mismo tiempo, tan cercana —por tan frágil— que sea posible vislumbrar que la trayectoria hacia el ideal es siempre perfectible. Estamos, pues, en busca de sujetos extraordinarios que son precisamente quienes cuentan con autoridad, porque saben vivir con humildad.

1. Cfr. C. Naval y F. Altarejos, Filosofía de la educación, EUNSA, Pamplona 2000, en Mora, J. Universidades de inspiración cristiana: identidad, cultura, comunicación, publicado en https://romana.org/es/54/estudio/universidades-de-inspiracion-cristiana-...

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