¿Alcanzaremos la equidad deseada?
Más allá de las diferencias ideológicas, hay un denominador común: una voz que clama por inclusión, equidad e igualdad. El siglo XXI ha acogido este llamado con una respuesta que busca integrar, en el ámbito privado y público, tanto a hombres como a mujeres.
Hoy, el avance por la autopista de la igualdad de derechos para las mujeres no se encuentra en la línea de salida. Se ha desarrollado en la medida en que se comprende mejor la riqueza del ser humano. En este contexto, este mes nos invita a repensar los derechos olvidados, el rezago en las oportunidades, las muchas mujeres que alzan la voz y también a los hombres que, de igual forma, buscan equidad y justicia en las oportunidades para la mujer del siglo XXI.
No podemos abordar este tema, que nos interpela directamente, sin hacer un poco de historia. En un breve recorrido, vemos que el mundo ha sido testigo de profundos cambios en el modus vivendi, muchos de ellos originados por la Ilustración y las premisas racionalistas de finales del siglo XVII. Uno de estos cambios es la creciente participación de las mujeres en los ámbitos cultural, científico, político y económico. Esta progresiva inserción en la vida pública es consecuencia, en gran medida, del movimiento feminista, que tomó fuerza en los años 60 y 70 en Europa y Estados Unidos, y que tuvo como antecedente la así llamada “primera ola feminista” del siglo XIX, identificada con el movimiento sufragista.
La “segunda ola feminista” se detonó en Estados Unidos con la publicación de La mística de la feminidad (1963), de Betty Friedan, quien buscaba conciliar la vida personal y familiar con la realización profesional. Menos de tres décadas después, otra mujer de origen judío, Judith Butler, escribió El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (1990), obra que detonó una auténtica revolución cuyos ecos resuenan hasta nuestros días en la llamada “tercera ola feminista”, también conocida como posfeminismo o ideología de género. Butler, a partir de su experiencia personal y de su concepción filosófica posestructuralista, sostiene que las diferencias entre hombres y mujeres no corresponden a una naturaleza fija, sino que son construcciones culturales. De este modo, la mujer —al igual que el varón— puede constituirse a sí misma según su elección.
Las implicaciones de este pensamiento son múltiples y rompen con los postulados de la primera y segunda ola feminista, pues ponen en tela de juicio la identidad femenina. En años recientes, Erika Bachiochi, investigadora en el Ethics and Public Policy Center y en The Abigail Adams Institute, escribió —en medio de la cuestionada confirmación de Amy Coney Barrett en la plaza vacante del Tribunal Supremo de los Estados Unidos—, que este hecho debía servir como catalizador para repensar el feminismo; considerado el movimiento social más poderoso del último medio siglo.
En esta línea, Bachiochi reconoce el cuestionamiento al inveterado reparto de roles que asignaba a las mujeres el papel de cuidadoras y a los hombres el de proveedores. Y pone el acento en las victorias en la lucha contra la discriminación, que marcaron el inicio de una nueva era en la que tanto hombres como mujeres pueden desenvolverse con respeto y responsabilidad en ambas esferas de realización, de acuerdo con sus talentos y circunstancias personales.
Tras esta “cuarta ola”, han surgido corrientes de pensamiento diversas, marcadas por diferentes sensibilidades y enfoques. Me atrevo a decir que muchas de ellas son expresiones de emotividades y experiencias individuales distintas, todas respetables, que nos invitan a una mayor profundización conceptual. Es necesario proponer vías que permitan garantizar la dignidad, la identidad y el valor intrínseco de la mujer, promoviendo así la equidad que, histórica y culturalmente, en muchas ocasiones ha sido negada.
Más allá de las diferencias ideológicas, hay un denominador común: una voz que clama por inclusión, equidad e igualdad. El siglo XXI ha acogido este llamado con una respuesta que busca integrar, en el ámbito privado y público, tanto a hombres como a mujeres. Esto implica fomentar en ellas un rol competitivo y en ellos una participación equilibrada en las labores de cuidado familiar.
Si hace un siglo las mujeres no podían votar, hoy los avances en igualdad e inserción laboral son innegables. Y, aunque aún quedan muchas y sensibles asignaturas pendientes, hoy es un sendero en construcción que, más allá de una lucha entre sexos, nos invita a una revalorización de la persona con igual dignidad.
