Afectividad transformadora

Educar el corazón implica aprender a convivir con ese territorio interior. Propongo la siguiente y breve ruta: percibir la emoción; rastrear su causa; confrontarla con la realidad que la provocó; decidir a la luz de lo comprendido. Con la práctica, las emociones asimilan la respuesta que esperamos de ellas y terminan por alinearse con la razón, enriqueciéndola

Durante la Semana Santa, cuando la mayoría de los creyentes dedicamos un espacio para meditar aspectos de nuestra fe, detuve la mirada en un rasgo tan llamativo como interpelante de la vida de Jesús. Me refiero a sus sentimientos.

El ejercicio fue sencillo, pues basta abrir el Evangelio. Allí vemos cómo “miró con cariño” al joven rico; cómo se turbó ante Jerusalén; cómo se conmovió por la viuda de Naím; cómo sintió misericordia hacia la mujer adúltera; cómo se maravilló de la fe de la cananea y cómo lloró frente a la tumba de Lázaro, su amigo. También se enojó cuando mancillaron el Templo, se decepcionó al hallar a los apóstoles dormidos, agradeció la audacia de la sirofenicia y se impacientó ante las ambiciones de sus discípulos. El catálogo es amplio… ¡y profundamente humano!

  • Los sentimientos fueron parte central de la vida del Jesús histórico —modelo para creyentes o para quien simplemente admire la grandeza de un hombre cabal—, y lo son de la nuestra. Cada emoción escribe una línea de la historia personal. Todos experimentamos cuánto influye la afectividad en la propia vida y en la de quienes amamos. Sin embargo, recibimos poca formación en esta área. Con frecuencia atravesamos los estados de ánimo en soledad y sólo con los años aprendemos a nombrarlos. Abundan los programas para educar la inteligencia y la voluntad; las iniciativas que enseñan a educar el corazón son, en cambio, escasas.

De ahí que, en aulas y oficinas, cada vez encontramos más personas aquejadas por un manejo deficiente de sus emociones. No se trata de buscar culpables. Como sociedad hemos relegado esta dimensión esencial, precisamente la que nos hace auténticamente humanos. Nos rebelamos cuando se nos trata sin empatía; un médico que comunica un diagnóstico con frialdad o cuando el entorno laboral se vuelve impersonal y distante. La reacción, casi siempre, es negativa.

La afectividad tiene, entonces, una misión potenciadora. Las emociones gratas refuerzan, impulsan, mueven a la acción; las ingratas frenan y apartan de lo que daña. Funcionan como filtros que, entre un océano de estímulos, seleccionan los verdaderamente significativos. Por sí mismas carecen de valor moral, es decir, no es malo sentirse mal. Sin embargo, la incomodidad nos lleva a huir, a fingir que no existen, a continuar como si nada. Reconocer la propia vulnerabilidad inquieta, y preferimos ignorarla.

El camino adecuado consiste en percibir el sentimiento con la inteligencia, hacerlo consciente. Sólo así podemos modificar la respuesta ante las circunstancias y, en lugar de escapar, integrar la emoción como parte constitutiva de nuestra humanidad. Como Cristo, albergamos un mundo espiritual, otro intelectual y un riquísimo universo afectivo.

Educar el corazón implica aprender a convivir con ese territorio interior. Propongo la siguiente y breve ruta: percibir la emoción; rastrear su causa; confrontarla con la realidad que la provocó; decidir a la luz de lo comprendido. Con la práctica, las emociones asimilan la respuesta que esperamos de ellas y terminan por alinearse con la razón, enriqueciéndola.

Todo esto podría sonar a mera técnica y, efectivamente, quedaría vacía si no se conectara con el interés profundo de vivir en plenitud. Cuando los sentimientos nos acompañan de forma positiva, cada dimensión de la vida se despliega con mayor amplitud.

  • Comencé contemplando la humanidad de Jesús y termino evocando sus palabras en vísperas de la Pasión: “Yo hago nuevas todas las cosas”. Este tiempo pascual es una invitación a renovar la vida entera, uniendo nuestra realidad trascendente, la inteligencia y ese corazón donde habitan nuestros sentimientos más hondos.

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