A nuestras madres y maestras del amor profundo y verdadero

Semánticamente, si perdemos a nuestros padres nos pasamos a llamar ‘huérfanos’. Sin embargo, no existe una palabra para nombrar a los padres que pierden a sus hijos, y creo que no la hay en parte porque los padres y las madres no dejan de serlo nunca, ni si quiera con la partida física de sus hijos.

¡Hoy traigo flores a mi madre!

La que me envuelve en sus besos y me arrulla en la cuna.

La que me enseñase de niño lo que vale el cariño profundo y verdadero.

La que me arrulla en sus brazos y me da en pedazos, uno a uno, el corazón entero.

A mi madre adorada y bendecida...

¡Hoy traigo flores!

Este poema anónimo podría ser perfectamente lo que cualquiera podría decir estos días: llevemos, llevemos flores a quien nos enseñó “lo que vale el cariño profundo y verdadero”.

Pensando en una esfera macro, me animo a hacer una interpretación: biológicamente, la célula es la unidad estructural y funcional más pequeña de todo ser vivo y dentro de ella, la mitocondria es la que suministra la energía. Al pensar en una sociedad, veo que la célula fundamental es la familia y dentro de ella la mitocondria suele ser la madre, pues mantiene la vida y da energía y fuerza al núcleo.

Al pensar en una escala más pequeña, destaco las palabras del profesor Alvira, “el hogar es el lugar al que se vuelve”. ¿Por qué? Se vuelve con el pensamiento y la memoria durante toda la vida, porque el hogar no es una construcción material, sino un espacio-tiempo inefable donde germinan nuestras creencias y tradiciones, y donde recibimos el bálsamo de cariño que nos lleva a vivir felices.

Las madres nos dan a luz, pero, además, en el hogar ellas —y con los aportes de cada miembro de la familia— dan luz a nuestras vidas, pues aprendemos a ser humanos y desarrollamos lo que somos.

En el hogar recibimos de nuestras familias y nuestras madres el amor incondicional, amor gratuito, amor simplemente por ser quienes somos. Allí nunca somos un supuesto, ahí se nos esperaba y se nos espera siempre.

No me ciega que no todos los hogares gozan de esta abundancia, pero esta realidad no roba un ápice al valor propio del hogar o del valor inconmensurable de la maternidad y la paternidad.

Semánticamente, si perdemos a nuestros padres nos pasamos a llamar ‘huérfanos’. Sin embargo, no existe una palabra para nombrar a los padres que pierden a sus hijos, y creo que no la hay en parte porque los padres y las madres no dejan de serlo nunca, ni si quiera con la partida física de sus hijos.

¿Qué es el “cariño profundo y verdadero”, ése al que alude el verso anónimo citado? Creo que es el deseo interior que gritamos los hombres, el clamor por sabernos queridos y querer a alguien, el mayor regalo que nos da la vida. Creo que el cariño verdadero sobrepasa los límites del caparazón que puede en ocasiones envolvernos. El cariño es el que nos permite salir del ‘yo’ para mirar al ‘tú’ que está delante. El cariño verdadero respeta la libertad y la manera de ser del otro, acompaña en los momentos difíciles, disfruta de las alegrías, comparte el sufrimiento con el dolor del ser querido y se olvida de sí para darse. Todas estas descripciones del cariño son la misma descripción que daría a una madre, de allí que ella sea la maestra de ese cariño profundo y verdadero.

Retomemos, miremos hacia atrás y revivamos las caricias y los olores, sabores, colores y sonidos de nuestros primeros años en este mundo. Son recuerdos donde podemos rememorar abundancia de amor, aunque pudiera faltar lo material. Son recuerdos que nos sostienen cuando la vida nos trae tonalidades grises, dificultades y asperezas.

Por todo, ¡felicidades y gracias a todas las madres, a todas nuestras madres! Felicidades a cada una donde esté, porque siempre están con nosotros. Felicidades a quienes han labrado en nuestras casas mucho más que paredes y estancias. Felicidades a las madres biológicas. Felicidades a las madres no biológicas que han sabido acoger hijos y son escuelas del amor. Felicidades a las madres valientes que han acogido en la adversidad al fruto que late en sus vientres. Felicidades y gracias a cada una de ellas.

Por este deseo que nos llena el alma de tener un mejor país y un mundo mejor, brindemos, celebremos y agasajemos a todas las madres de cada rincón de esta tierra.

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