¿Se ha detenido a pensar cómo se ve el futuro cuando los años se acumulan, pero la salud se merma? No me refiero únicamente al proceso natural de envejecer, sino también a las condiciones en las que millones de mexicanos están llegando a la última etapa de su vida: enfermos, solos y con un sistema de salud público aún en crisis.
Las cifras no mienten y, aunque a veces resulten incómodas para quienes diseñan las políticas públicas, revelan que México está envejeciendo a pasos agigantados, pero lo hace bajo el signo de la enfermedad.
Los resultados de la séptima Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (Enasem) indican que 41.5% de los adultos de 50 años y más vive con hipertensión y 25.5% con diabetes. Lo más preocupante es la progresión, pues en 2012 16% de quienes tenían entre 50 y 59 años padecía diabetes y en 2024, ese mismo grupo, ahora con 62 a 71 años, vio dispararse la cifra a 28.1 por ciento. ¿Qué nos dice esto? Que conforme avanzamos en edad, nuestras instituciones fallan en el control de las enfermedades crónicas, dejando al ciudadano a merced de las complicaciones.
No se trata sólo de soplar más velas en el pastel, sino con qué calidad de vida llegamos a ese momento. Es una ironía que se presuma un sistema de salud universal cuando 9.3% de los adultos mayores ya presenta limitaciones para realizar actividades básicas de la vida diaria, como preparar alimentos o manejar su dinero. ¿Dónde están los servicios de apoyo? ¿En qué ventanilla se tramita la dignidad cuando el cuerpo empieza a fallar?
Pero la salud no es sólo el pulso o los niveles de glucosa. Hay una enfermedad silenciosa que la Enasem pone bajo la lupa: la depresión. La proporción de personas con cinco o más síntomas aumenta conforme se incrementan los años. Y aquí, como en casi todas las brechas de este país, hay un rostro claramente femenino. Las mujeres reportan mayores niveles de síntomas depresivos que los hombres en todos los rangos de edad.
¿Por qué nuestras viejas están más tristes y cansadas? Quizás porque sobre sus hombros recae la tarea invisible y demoledora de los cuidados. La encuesta señala que 35% de las personas de 50 años y más se dedica a cuidar a menores de 12 años o a adultos enfermos y con discapacidad, sin embargo, 43.8% son mujeres y 25.1% hombres.
Es la paradoja de la vulnerabilidad. Mujeres que están envejeciendo, que tienen sus propias dolencias y limitaciones son las que sostienen el sistema de cuidados de este país. Cuidan a los nietos porque los padres deben trabajar; al marido enfermo porque no hay enfermeros; a sus propios padres porque el Estado se ha desentendido. Se vuelven viejas cuidando a otros, muchas veces sacrificando su propio tratamiento médico o su descanso. ¿Quién las cuida a ellas?
Mientras las autoridades se entretienen en estrategias para legitimar procesos políticos o en repartir apoyos que se diluyen en la inflación y en la compra de medicinas —porque en las instituciones públicas no hay—, los adultos mayores enfrentan un panorama de soledad: 15.4% vive en viudez, una condición que afecta tres veces más a las mujeres (22.6%) que a los hombres (7.3%). La vejez femenina es, en gran medida, sola, enferma y dedicada al servicio de los demás.
No basta con transferencias monetarias que terminan en la caja de la farmacia de la esquina. Se requiere construir un sistema de protección social universal que entienda que la salud mental es tan prioritaria como la física. Necesitamos servicios de salud que no obliguen a un anciano a formarse a las cinco de la mañana para que le digan que no hay especialista.
No podemos pedirle a una mujer de 70 años que siga siendo el pilar de cuidados de su familia sin darle las herramientas mínimas para su propio bienestar. ¿De qué sirve una “transformación” si los cimientos de bienestar para los más vulnerables parecen estar hechos de promesas que no llegan al hospital ni a la mesa?
¿Algún día entenderán que la verdadera grandeza de una nación se mide por cómo trata a quienes ya dieron su vida por ella? Llegar a viejo en México no debería ser un acto de resistencia o una condena a la enfermedad y la tristeza, sino la etapa para cosechar el fruto de un esfuerzo, con la certeza de que el Estado no te dejará solo cuando el cuerpo se canse.
