Diagnóstico: desigualdad

La salud no puede fragmentarse: o es integral o no es salud.

El pasado 7 de abril se conmemoró el Día Mundial de la Salud. La campaña de este año de la Organización Mundial de la Salud, Comienzos saludables, futuros esperanzadores, busca poner fin a las muertes maternas y neonatales evitables.

La realidad de miles de mujeres mexicanas es dolorosa en ese sentido, pues gestar, parir o simplemente buscar atención médica puede costarles la vida.

¿Cómo hablar de esperanza cuando en nuestro país se siguen registrando decesos por causas tan prevenibles como una hemorragia mal atendida, una infección posparto ignorada o un aborto clandestino?

Aunque el número de muertes maternas registradas en México disminuyó 18% en 2024 respecto al año anterior, esto no es gracias a políticas públicas, es porque hubo menos nacimientos en 2024 y por la participación activa de las parteras tradicionales, según el Observatorio de Mortalidad Materna en México.

En total, 26.1 defunciones se registraron por cada 100 mil nacimientos a nivel nacional. Casi todas esas muertes se podrían evitar con atención médica oportuna, con un sistema de salud que escuche, que acompañe, y que no juzgue ni regatee el derecho a vivir.

La salud materna en nuestro país es también un reflejo de las desigualdades. Las mujeres indígenas tienen hasta tres veces más riesgo de morir en el embarazo o parto que una mujer en zonas urbanas. ¿Por qué? Porque no hay hospitales cerca. Porque muchas veces no hablan español. Porque cuando llegan al servicio, se les discrimina o se minimiza su dolor. Porque la pobreza mata y el racismo también.

No basta con sobrevivir al parto. La salud de las mujeres mexicanas es una deuda estructural. Desde niñas nos enseñan a ser fuertes, a aguantar el dolor, a callar. Se nos imponen roles, se nos exige cuidar, pero ¿quién nos cuida a nosotras?

¿Cuántas veces una mujer se levanta con fiebre posparto, con depresión, con ansiedad, y aun así tiene que cocinar, trabajar, criar? ¿Cuántas tienen acceso real a salud mental, a seguimiento ginecológico, a un espacio donde puedan decir: “me siento mal” sin miedo al estigma?

La violencia obstétrica es una práctica invisibilizada en la atención médica y es una herida abierta en nuestro sistema. Muchas mujeres mexicanas siguen pariendo en condiciones deplorables, indignas: amarradas, insultadas, forzadas a cesáreas innecesarias o privadas del derecho a decidir sobre su cuerpo. Nos negamos a seguir normalizando ese maltrato. No es atención médica, es violencia.

Y si hablamos de decidir, hay que decirlo claramente: el acceso a la salud sexual y reproductiva sigue siendo una lucha. Aunque el aborto ya es legal en la mayoría de las entidades del país, miles de mujeres —sobre todo las más pobres— siguen siendo criminalizadas por interrumpir un embarazo. Otras simplemente no tienen acceso a anticonceptivos, educación sexual o servicios básicos. La salud no puede fragmentarse: o es integral o no es salud.

MÁS QUE VACUNAS Y REVISIONES

La salud de las mujeres mexicanas debería estar en el centro de la política pública, de los presupuestos, de la formación médica, de las prioridades del Estado. La salud materna, la salud mental y la prevención, no son un gasto, sino una inversión, se trata de una obligación moral y social. A pesar de ello, en el Presupuesto de Egresos de la Federación 2025, las partidas para los programas con ese enfoque registran un recorte de 14% respecto a 2019.

El Día Mundial de la Salud no se trata sólo de vacunas o chequeos. Es un llamado a construir un país donde nacer no sea una amenaza, donde parir no sea una sentencia. Porque hablar de salud es hablar de vida digna. Y en México, la vida digna de las mujeres aún está en juego. Tras la conmemoración de esta fecha, sigamos hablando de lo que nos indigna alrededor del tema y no olvidemos a todas las mujeres que han muerto por la falta de atención, por ser mujer.

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