El enemigo en casa
El Servicio Secreto de Estados Unidos rechazó que una ciudadana rusa que fuera despedida tras más de una década de trabajar en la embajada de EU en Moscú haya tenido acceso a información clasificada. El documento, fechado el 2 de agosto, se puede consultar en la sección de boletines de prensa del SS (https://www.secretservice.gov/press/releases/) y es la inmediata respuesta de esa agencia norteamericana a un reportaje de The Guardian
Por Fernando Islas*
La nota del diario británico (Suspected Russian spy found working at US embassy in Moscow) agrega un nuevo capítulo a la historia del espionaje. Sin ir muy lejos, este año, a raíz del ataque químico al exespía ruso Sergei Skripal y a su hija Yulia, el 4 de marzo, en un parque de Salisbury, al sur de Inglaterra, se abrió un conflicto que llevó a la Unión Europea a cerrar filas contra Moscú. Asimismo, en el ámbito de la trama rusa, ahora se investiga si los servicios de inteligencia de Vladimir Putin intervinieron, mediante un hackeo, en las elecciones que llevaron a la presidencia de EU a Donald Trump, conclusión a la que han llegado ni más ni menos que los servicios de inteligencia norteamericanos.
“El Congreso de EU se está enfocando en los piratas informáticos rusos cuando es posible que toda la información que necesitaban ingresar al sistema provenga de la violación interna del Servicio Secreto”, señala la fuente, anónima por supuesto, de The Guardian. El enemigo, pues, estaba en casa.
Las embajadas han sido el sitio natural tanto de los agentes secretos como los agentes encubiertos (“topos”) y los “dobles”. En México hay al menos un caso notable, el de Winston Scott, primer secretario de la embajada de EU, que cada domingo iba a Los Pinos a desayunar con el presidente Adolfo López Mateos. En realidad, Scott llegó a México en 1956 a seguir la pista a un presunto espía soviético que vivía en la capital del país, pero, hábil y talentoso, estableció una espléndida relación con altos funcionarios, como el entonces secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, y Fernando Gutiérrez Barrios, jefe de asuntos migratorios de la Dirección Federal de Seguridad.
En el contexto de la Guerra Fría, Winston Scott fungió de bisagra entre la CIA y la Ciudad de México, “que se convirtió en un laberinto de espionaje, una ciudad de intrigas como Viena o Casablanca…”, se cuenta en Nuestro hombre en México. Winston Scott y la historia oculta de la CIA (Taurus, 2011). Su figura infundía respeto, pero su repentina muerte, el 26 de abril de 1971, por un ataque al corazón, provocó un tremendo movimiento en la CIA, que envió a las pocas horas a un par de agentes a pedirle a su viuda documentos clasificados y demás contenidos de su caja fuerte. A la agencia le preocupaba sobre todo el manuscrito de las memorias de Scott, que permanece resguardado en Langley.
Y sí: los directivos de las agencias de inteligencia se ponen de nervios cuando información sensible sale a la luz, aunque los libros suelen ser inofensivos. En Volar en círculos (Planeta, 2016) las memorias de John Le Carré, un exespía británico del MI5 y el MI6 convertido en novelista de talla mundial, cuenta que durante una recepción un antiguo colega le hizo un furioso reclamo por haber manchado el honor del Servicio, pero, se pregunta Le Carré, “¿cuántos de nuestros atormentados espías habrían preferido que Edward Snowden escribiera una novela?”.
En su recientísimo Paseos por la calle de la amargura y otros rumbos mexicanos (Debate, 2018), Guillermo Sheridan reúne varios textos sobre el tema, entre ellos un puntual seguimiento de los testimonios de Elena Garro sobre Lee Harvey Oswald, quien, como es conocido, anduvo muy campante por la Ciudad de México semanas antes del 22 de noviembre de 1963, cuando asesinó al presidente de EU John F. Kennedy. Sheridan, asimismo, recapitula cómo la CIA intervino, a través de fundaciones y proyectos, en la vida cultural. De esa manera “apoyaba a escritores importantes en todo el mundo con dinero, viajes, vacaciones, médicos y hospitales y, cuando era necesario, hasta regalándoles una granja para que se inspirasen (como a Rulfo)”. Los abogados del diablo dirán que hay que tener a los enemigos cerca. Y si es en casa y bien contentos, qué mejor.
Otra manera de tener cerca a los enemigos es con la eficiente intervención telefónica. En 1960, el citado Winston Scott amplió la intervención de las líneas de la embajada soviética en México y las de los rivales políticos del presidente López Mateos. Fue así que Vicente Lombardo Toledano, el expresidente Lázaro Cárdenas y el pintor David Alfaro Siqueiros tuvieron pájaros en el alambre.
Cuando Peter Wright precisamente publicó sus memorias en 1987, uno de sus atractivos era la recapitulación de primera mano de las intervenciones telefónicas de las embajadas en Londres (Spycatcher: The Candid Autobiography of a Senior Intelligence Officer, William Heinemann, Australia). Son demasiadas las aventuras de un espía y de manera casi profiláctica el señor Wright ofrece su versión de los hechos: “La profesión de inteligencia es solitaria. Hay camaradería, desde luego, pero al final estás solo con tus secretos. Vives y trabajas con un entusiasmo febril, dependiente siempre de la ayuda de tus colegas. Pero siempre avanzas, heredas secretos nuevos que te separan sutilmente de aquellos con los que has trabajado antes. Contactos, especialmente con el mundo exterior, son informales, ya que la mayor parte de ti no puede ser compartida”.
Imaginemos lo siguiente: Quizá la espía rusa en la embajada estadunidense en Moscú se sienta ahora más sola que nunca. Quizá le atormente pensar que siempre fue leal y ahora la han abandonado a su suerte. En efecto, en la profesión de espía siempre se vive con el enemigo en casa.
Periodista
