Los resabios del autoritarismo
Por: Maciej Kisilowski* y Anna Wojciuk** La elección presidencial en Turquía, a la que seguirá la votación parlamentaria de octubre en Polonia, puede ser continuación de una tendencia que comenzó en 2020 con la victoria de Joe Biden sobre Donald Trump en Estados ...
Por: Maciej Kisilowski* y Anna Wojciuk**
La elección presidencial en Turquía, a la que seguirá la votación parlamentaria de octubre en Polonia, puede ser continuación de una tendencia que comenzó en 2020 con la victoria de Joe Biden sobre Donald Trump en Estados Unidos y siguió el año pasado con el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva sobre Jair Bolsonaro en Brasil. Ambas elecciones generaron la clara sensación de que la marea empieza a volverse contra los autoritarios populistas.
Pero para las fuerzas democráticas, el éxito electoral es sólo el primer paso: cuando cae el gobierno autoritario, es allí donde comienza el duro trabajo de la reconstrucción institucional.
¿Cómo puede tener éxito ese proceso cuando fuerzas políticas importantes se niegan a aceptar los fundamentos de un sistema electoral competitivo? Estamos aquí en territorio mayoritariamente inexplorado. La tercera ola de democratización a finales del siglo XX estuvo compuesta en casi todos los casos por lo que podríamos denominar transiciones cooperativas. Tanto si las fuerzas políticas del régimen anterior negociaron la transición como cuando se fueron del poder derrotadas, el nuevo orden democrático contó con su aceptación.
Por desgracia, autócratas modernos como Trump y Bolsonaro han adherido a un modelo “no cooperativo”. Si bien ambos al final cedieron el poder (aunque de malas maneras y no sin violencia), ni ellos ni sus simpatizantes han renunciado al objetivo de consolidar un régimen autoritario.
Casi tres años después de la decisiva derrota de Trump, muchos de sus seguidores todavía insisten en que les “robaron” la elección. Trump ha jurado purgar las instituciones democráticas estadunidenses de “fuerzas demoniacas”. En un mitin celebrado el mes pasado en Waco, Texas, ante una multitud entusiasmada, declaró: “O el Estado profundo destruye a EU o nosotros destruimos al Estado profundo”.
Estados Unidos no es el único caso. En Polonia, el partido Ley y Justicia y las fuerzas de la oposición se preparan para su tercer enfrentamiento desde 2007. El primero terminó con la victoria de la oposición, ya que el gobierno de Ley y Justicia se derrumbó por las luchas internas.
Entonces la coalición victoriosa, liderada por Donald Tusk (quien luego sería presidente del Consejo Europeo), enfrentó un dilema: buscar retribución por los ilícitos de Ley y Justicia o elegir un enfoque moderado, por el bien de la armonía política. El gobierno de Tusk eligió la segunda opción, y los líderes de Ley y Justicia jamás rindieron cuentas de sus acciones.
Esto les permitió dedicarse a cultivar un sólido movimiento de base, profundamente hostil al orden democrático. Como Trump, Ley y Justicia movilizó a sus simpatizantes con una “gran mentira”, pero no sobre elecciones. En su caso afirmaron que el accidente de aviación que en 2010 le costó la vida a su anterior líder Lech Kaczyński fue en realidad un magnicidio organizado por el presidente Vladímir Putin, Tusk o ambos.
Los detalles de la gran mentira de Ley y Justicia (como los de la mentira trumpista) cambian todo el tiempo. Pero el objetivo no es convencer a nadie, menos aún a los escépticos. La repetición del relato en cualquiera de sus variantes es un acto performativo que busca erosionar la legitimidad de la oposición liberal y de las instituciones democráticas.
Como las transiciones no cooperativas dejan a los demócratas sin buenas opciones, es necesaria una alternativa. En Polonia promovemos una reforma política profunda sobre la base del principio de compartir el poder entre fuerzas progresistas y conservadoras. La iniciativa no partidaria de la que somos cofundadores y que incluye a más de cien intelectuales polacos de todo el arco político acaba de publicar una propuesta detallada sobre cómo hacerlo.
La idea de una reforma fundamental de la gobernanza democrática en respuesta a exigencias conservadoras tiende a generar resistencia, y no sólo en Polonia. En Estados Unidos, hay temor entre los progresistas a que se intente convocar una nueva convención constituyente. Si no damos a nuestros compatriotas conservadores razones para apoyar el orden democrático, la inestabilidad política continuará. Puede que en algunos lugares la movilización progresista consiga detener el retroceso democrático, pero a largo plazo, las democracias fuertes necesitan el apoyo comprometido y mayoritario de votantes y partidos de todo el arco político.
*Maciej Kisilowski es profesor asociado de Derecho y Administración Pública en la Universidad Centroeuropea.
**Anna Wojciuk es profesora asociada de Ciencias Políticas en la Universidad de Varsovia.
Copyright: Project Syndicate, 2023
