Adiós, Rusia

El país ha sido arrastrado de regreso a las costumbres bárbaras de Moscovia

Por Anastasia Edel*

BERKELEY.— Ya pasó un año desde que Rusia, el lugar donde nací, invadió Ucrania. Llevamos 365 días despertando con noticias de misiles rusos, bombardeos, asesinatos, torturas y violaciones. Han sido 365 días de vergüenza y confusión, de no querer mirar, pero necesitar saber lo que pasa, de ver a los rusos convertirse en “ruscistas”, “orcos” o “putinoides”. En estos 365 días, el calificativo de “rusoestadunidense”, que antes no generaba complicaciones, se ha sentido como una contradicción en sus propios términos.

Mi biblioteca sigue llena de libros rusos, pero ya no tengo ningún deseo de releerlos. Chéjov y Nabokov no tienen la culpa de la agresión contra Ucrania, sin embargo, la agresión les robó la magia y la capacidad de enseñar.

Otros cambios me obligaron a una reflexión más profunda. Era común que cada ruso en Occidente se sintiera enviado de una gran cultura y de un gran país. En Occidente, el atractivo romántico de la escala de valores rusa (anteponer lo comunal a lo individualista, lo socialista a lo capitalista, lo espiritual a lo material, el corazón a la cabeza) era tan fuerte que yo también me convencí de la bondad oculta de Rusia (a pesar de haberme ido del país tan pronto como pude en los noventa).

La cultura rusa ha sido manchada por los actos de personas cuyas atrocidades han negado los logros de sus ancestros. Rusia ha sido arrastrada de regreso a las costumbres bárbaras de Moscovia.

Siendo una persona formada por la literatura rusa y soviética, han hecho que me sienta una socia involuntaria de los crímenes rusos. Por eso, desde febrero del año pasado, he abandonado cualquier pretensión de ser una enviada cultural. He sido una enviada de nada; sólo otra inmigrante que vino a Estados Unidos buscando una vida mejor.

Pero cuestionar el propio pasado nunca es fácil. Mirando los álbumes familiares, veíamos a nuestros abuelos como héroes que habían sobrevivido al gran terror, ganado la guerra y construido un gran país.

Esos sacrificios se han dilapidado. Ahora debemos considerar la posibilidad de que los logros de nuestros abuelos no hayan hecho más que prolongar la vida de un monstruo totalitario.

Tras el final de la Guerra Fría, Rusia parecía el país más libre del mundo. También se creía que era un país capaz de arrepentimiento.

Hoy, la guerra de Putin en Ucrania la dirigen, la arman y la apoyan rusos que, como yo, vivieron la Perestroika y la Glasnost. Han destruido la promesa de esa era y han erigido otra prisión “sobre las ruinas del despotismo”.

Los rusos sólo existen como súbditos; su sociedad, una masa atomizada donde algunos sólo tratan de sobrevivir y otros aplauden los crímenes del régimen para poder olvidar por un rato sus propios padecimientos. Los pocos valientes que se atreven a alzarse contra el sistema terminan engullidos en él.

Ser ruso hoy es ser una persona vaciada de su cultura.

¿Qué vamos a hacer con nuestros recuerdos, con las sagas familiares, con las viejas ideas exaltadas acerca de nuestro lugar en el “proceso histórico” (como decían los marxistas)? Puesto que es imposible anular el pasado, sólo nos queda reprimirlo o desidealizarlo en aras del presente y del futuro. Todo depende ahora del resultado de la guerra. Si Ucrania vence y el régimen de Putin cae, tal vez Rusia todavía pueda rehabilitarse algún día, como en su momento lo hizo Alemania.

Incluso si se produce la esperada victoria ucraniana, no habrá un regreso al pasado, al tiempo en que Rusia era una civilización única. Esa Rusia, real o imaginaria, murió el 24 de febrero de 2022. Alcemos la copa en señal de duelo.

*Autora de Putin’s Playground: Empire, Revolution, and the New Tsar (Callisto Media, 2016).

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