Y en la misma Roma…

Una joven inteligente, Majo, con las oportunidades a las que cualquier ser humano debiera tener derecho, volteó la mirada y se encontró con un grupo de creadores gestionado por Aída Mulato, quien fue la que comenzó la colorida labor de pintar las casas, murales, paredes y espacios simbólicos de la conocida colonia Roma, a través del proyecto ¡Va por la Roma!

A través de la colaboración de ciudadanos y artistas han logrado pintar ya 27 murales, la idea es concretar 68, uno por cada uno de los 68 pueblos indígenas existentes en nuestro país. El 10 de agosto arrancó la sexta etapa de la iniciativa con el evento Mujer bonita es la que lucha y no se calla (Aitor Cuervo Taboada). Afortunadamente, para México, hay otras jóvenes que, como Aída, van más allá del asistencialismo. Una maestra de Diseño Educativo, da cuenta de ello. En una carta, le comunica a Majo que “lograste inspirar a muchos en el proceso y contagiarlos de la importancia de realizar un proyecto que lucha por los derechos de los más vulnerados: las mujeres y las niñas indígenas”.

“Investigaste por tu cuenta aspectos culturales con una gran sensibilidad y te diste a la tarea de entender el panorama de la desigualdad de las poblaciones indígenas en el país de una manera general y también a través de tu propia experiencia”. Dentro de ese panorama de desigualdad, saber que “la población indígena se encuentra en clara desventaja en los logros en salud, educación y, particularmente, en las oportunidades de generación de ingreso”. Esta joven decidió trabajar en una comunidad indígena enclavada en la colonia Roma, que vive la exclusión de manera indignante.

El número de habitantes de la capital mexicana que se reconocen como indígenas es mayor al de cualquier otra urbe del país: 1 millón, según dio a conocer en 2018, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Todas y todos estos habitantes viven en condiciones muy precarias, aunque la Ciudad de México es la localidad con mayor número de hablantes de lenguas vernáculas en todo el hemisferio (Bonfil, 1987)

Según la Encuesta Intercensal 2015, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en la Ciudad de México hay 8 millones 918 mil 653 habitantes, de los cuales 8.8% se autoadscribe como indígenas, es decir: 785 mil. La mayoría se concentra en Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero, Iztapalapa, Miguel Hidalgo, Iztacalco y Venustiano Carranza. De las 785 mil personas indígenas, 129 mil hablan alguna lengua autóctona, lo que representa 1.5% de la población.

Aquí se hablan 55 de las 68 lenguas originarias que hay, por lo que se considera una capital plurilingüística. Las que más se hablan son: náhuatl, con 30%; mixteco, 12.3%; otomí, 10.6%; mazateco, 8.6%; zapoteco, 8.2%, y mazahua, con 6.4 por ciento. Comunidades que resisten, aunque haya padres que obliguen a sus hijos a dejar de hablar su lengua para que no sean motivo de burla o violencia en las escuelas. La triste y muy cotidiana discriminación mexicana.

¡Va por la Roma!, más allá de lo estético, busca generar conciencia todos los días sobre lo que evidenció el pasado gran sismo: el olvido de los grupos étnicos, la corrupción en las constructoras y autoridades, la precariedad laboral y la desigualdad de género.

El grupo de alumnas que, para cumplir con los requisitos de aprobación de una materia, decidieron iniciar un proyecto educativo para niñas y niños otomíes, quienes obligados por la desigualdad dejaron la infancia y desde los 5, 6 años, venden afuera de las estaciones del Metro a deshoras y sin más abrigo que la mirada de sus madres, de sus padres, han incidido en mejorar su calidad de vida y revalorar su cultura. Ellas también fueron impactadas.

Males del desequilibrio social de un México que requiere de muchas alumnas que, como María José o mujeres como Aída, organicen programas culturales, educativos, laborales con la población indígena, para que las niñas y niños ejerzan efectivamente sus derechos, entre ellos, a una infancia protegida y ojalá que, también, seamos capaces de dar sentido y profundidad a la frase de “México, país generoso”.

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