Nuevas historias

Toda iniciativa que comparta alguna expresión estética, histórica o de divulgación científica abre la posibilidad de que el conocimiento gane terreno ante la ignorancia, moneda de cambio de nuestra época. Esas son las voces que se necesitan distinguir de los ecos del vacío

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una…

Retrato, Antonio Machado

Parece que la fatalidad ha tejido un manto que cubre estos días. Las noticias que circulan en cada página de los periódicos y en todos los medios nos advierten que el futuro necesitará otro tipo de sueños e ilusiones. Las estadísticas que escuchamos a todas horas nos recuerdan la fragilidad de nuestra condición humana y nosotros apenas logramos intuir que esas cifras son la representación numérica de tantas historias que han dejado de ser escritas y cuyas palabras serán el murmullo de una pesadilla que ha detenido la respiración del mundo entero.

El tiempo, esa convención que nos brindaba certeza, hoy no sólo mide el acontecer de los días y las semanas, también es el parámetro del miedo, la incertidumbre y la esperanza. Si no fuera por las imágenes que rondan en los medios de comunicación y las redes sociales; si no tuviéramos la posibilidad de comunicarnos con quienes hoy se encuentran en ciudades donde la pandemia del COVID-19 les ha trastocado su definición de la vida, nos costaría mucho trabajo creer que todo esto es real: a veces quisiéramos imaginar que todo ese cúmulo de imágenes forma parte de otra película milenarista con un guion bastante mediocre.

Las calles y avenidas de muchas ciudades del mundo lucen tan vacías que nos preguntamos en dónde se ha resguardado la frenética cotidianidad. Sin embargo, la realidad se ha encargado de hilar una trama que apenas comenzamos a dimensionar en sus proporciones: la pandemia que ha puesto en jaque al conocimiento, la crisis económica que se torna en la amenaza de la cual no podremos escapar y, por ende, sus implicaciones a nivel social, familiar y como individuos. Estamos en el umbral de un debate que cuestionará la condición humana y nuestra vida en sociedad: toda crisis conlleva la oportunidad de revolucionar la perspectiva que tenemos acerca de nosotros mismos.

Si bien tenemos la certeza de que la historia juzgará el papel que han asumido los distintos gobiernos para enfrentar esta pandemia, ese juicio también nos incluirá en la sentencia. Cada sociedad, cada país, tendrá que realizar un examen de aquello que evitó o favoreció la propagación de este virus, pero, en nuestro caso, también será obligado que se analice la locura discursiva e ideológica que se ha desatado en torno al manejo político de la pandemia. Entre las mentiras y la incredulidad, esta sociedad juega a la suerte. Y, además del contradictorio comportamiento del Presidente y su tendencia a su natural victimización, también se debe colocar en la palestra a los miembros del gabinete, legisladores y todo aquel que no haya demostrado actuar en consecuencia ante la emergencia en la que nos encontramos: sus palabras y actitudes van de lo patético a lo abyecto. Así, quedarán en evidencia las voces que han sacado a flote su propia miseria convirtiéndola en la bandera del oportunismo más ramplón que podrá ser recordado como parte de esta coyuntura.

Y, sin embargo, insisto: que también es el momento de otras historias. Si un cierto desasosiego nos invade al enteramos que son miles las personas que han muerto a causa del COVID-19, es pertinente observar que hay expresiones que hacen más llevadero estos días. Sería de esperarse que las nuevas historias, aquellas que asoman tímidamente en las redes sociales, constituyan un cúmulo de experiencias positivas en torno a las exigencias de esta nueva cotidianidad. Así como sucedió en septiembre del 2017, la tecnología se podría usar como una herramienta que, como su nombre lo indica, sea capaz de conectar a la sociedad a partir de una red de vínculos creativos en las áreas artísticas y científicas. Toda iniciativa que comparta alguna expresión estética, histórica o de divulgación científica abre la posibilidad de que el conocimiento gane terreno ante la ignorancia, moneda de cambio de nuestra época. Esas son las voces que se necesitan distinguir de los ecos del vacío.

Así, no cabe la menor duda que la estrecha relación que existe entre las humanidades y la ciencia será lo que puede brindarnos la oportunidad de sortear los retos que se nos exigen como sociedad. Ojalá que ya se esté urdiendo la historia de quienes logren vencer médicamente esta pandemia y que sirva de ejemplo para que nuestro gobierno comprenda que con los presupuestos a la educación y la salud no se hace política.

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