A subrayar las promesas

Abruma que la capacidad de simplificar las problemáticas que existen en el sector salud, quese reducen a decisiones absurdas y tomadas a la ligera

Se sabe que durante estas semanas en las que se debería de discutir el presupuesto del siguiente año, los temas de mayor relevancia, urgencia y que, quizá, podrían ser considerados como impostergables para nuestra sociedad, serían los que tendrían que ocupar toda la atención entre quienes definen el futuro de nuestro país. Sin embargo, también se sabe que entre la cortesilla política este tipo de aspectos no son precisamente los que encienden los pocos días del año que suelen trabajar con ahínco y esmero. Digamos que esta bonita costumbre está en el ADN de quien se ostenta como parte del Poder Legislativo desde hace varias décadas, pero que se ha acentuado hasta el paroxismo durante los últimos años. Prácticas del priismo más añejo que han adquirido nuevos bríos entre quienes se presumen “diferentes”.

Así, no resulta nada extraño que, en vísperas de que se apruebe el presupuesto de ingresos que determinará parte de la economía durante el próximo año, nos encontremos con ese oportunismo político que suele aparecer –con ese espíritu tan campante que permite la impunidad– en los momentos más críticos en la realidad de nuestro país, cuando se entiende que cada una de las propuestas que se ponen a discusión y que se aprueban tendrán un efecto directo en la sociedad. Cualquiera podría esperar que la seriedad, el profesionalismo y la ética fueran los pilares que sostuvieran las decisiones de las legisladoras o legisladores en esos momentos. Sin embargo, los espectáculos que solemos observar en ambas cámaras se alejan muchísimo de esta idea: se convierten en el circo de la egolatría, la pasarela de la obscenidad, en la tribuna de la displicencia y la obediencia. Eso sí, sin olvidar que, en el fundamento de sus discursos y de su nociva retórica, no se deja de hablar acerca de ese “pueblo” al que tanto le gusta aludir a todo populismo chabacano. Y justamente en eso radica el cinismo al que nos hemos acostumbrado y que dejamos pasar con toda naturalidad, sin pestañear, sin la menor reacción.

Durante estos días hemos escuchado, hasta la saciedad, que a las y los legisladores del oficialismo les preocupa la salud de la sociedad mexicana. También sabemos que esta preocupación no los ha dejado dormir durante los últimos años y que, por ello, inventaron un Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi) que sería la promesa de consolidar un sector salud digno del “primer mundo”. Claro, nadie hace referencia a ese tremendo fracaso –¿para cuándo las investigaciones? Porque detrás de esa genial idea hubo dinero de por medio, ¿cierto? –ni a las peripecias con las que han intentado subsanar el desbarajuste a través del IMSS–. En efecto, con una de las instituciones más cuestionadas durante años y que, no obstante, sigue manteniéndose como una de las posibilidades de que exista un servicio médico para la gente. Se puede decir que se va de una ocurrencia a otra sin medir los alcances de su falta de visión y planeación.

En ese sentido, la preocupación del oficialismo acerca de la salud de nuestra sociedad se ha traducido en una propuesta clara y firme, que es el reflejo de un análisis que ha sondeado los límites de la ontología y de la medicina moderna: subir impuestos a bebidas azucaradas. Vaya que se quebraron la cabeza para llegar a la conclusión de que se debía optar por este camino, por el de los impuestos que, a final de cuentas, terminará pagando el consumidor final. Al parecer, no importa lo que indica la experiencia de lo que ha sucedido con otros productos considerados dañinos para la salud, lo importante es enfrentar de manera contundente el problema de raíz. Claro, esa raíz es por el lado de la recaudación.

No faltarán quienes defiendan esa determinación colocando en la mesa de discusión que eso podrá desincentivar el consumo de dichos productos y que será la manera de promover programas de salud para prevenir enfermedades como la diabetes, etcétera. Abruma que la capacidad de simplificar las problemáticas que existen en el sector salud se reduzca a decisiones que despiertan la suspicacia y que recuerdan los problemas derivados de decisiones absurdas y tomadas a la ligera: servicios deficientes en el sector salud, falta de personal médico, falta de medicamentos, falta de mantenimiento en los aparatos médicos y sindicatos que son la comparsa de los gobiernos. Promesas sin cumplir que hoy adquieren un nuevo subrayado porque se vuelve a hablar acerca de aquello que no podrán llevar a cabo mientras su único propósito sea la recaudación fiscal para mantener en respiración artificial a los programas sociales que les brindan puntos en sus búsquedas electoreras.

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