Momento social

Los ciudadanos descalifican todo, impacientes y menos tolerantes han ido marcando la pauta a sus gobernantes, y éstos han perdido, en momentos, la brújula.

En nuestro país difícilmente se había visto tal desencanto en la sociedad como el que hoy prevalece, basta preguntar o comentar en cualquier mesa, salón de clases, lugar de trabajo, reunión social, sobre el último acto de un político para que se crispen las diferencias y aparezcan los desánimos. Estamos viviendo el desencanto social, la ingobernabilidad y la insatisfacción pública, esa es la percepción social que algunos se niegan a reconocer.

Mientras que en la sociedad impera el desencanto y la desconfianza, en muchas áreas del gobierno impera el pánico escénico, la improvisación, la espontaneidad rupestre, la falta de preparación, la ceguera y la sordera, la insensibilidad y la corrupción. En la sociedad hay hambre de buen gobierno, aspiración de crecer, sed de justicia y equidad. En algunos gobernantes hay indigestión, ambición de poder y abuso. A cada uno lo gobierna su ADN.

La clase política no ha sabido entender el momento social, los ciudadanos descalifican todo, impacientes y menos tolerantes han ido marcando la pauta a sus gobernantes, y éstos han perdido, en momentos, la brújula. Los gobernantes de hoy se niegan a reconocer que se guían por la popularidad, que las medidas y acciones que toman no siempre se hacen pensando en el país, que se guían por encuestas y preferencias, por complicidades y conveniencias.

Por esto, la clase política está contra la pared, ésa que lleva décadas fingiendo renovarse y usufructuando para sí misma el poder público, el cual sólo debería ser utilizado para servir al ciudadano. Una gran parte de la clase política se resiste a dejar la soberbia en el cajón de la sensibilidad y la mesura.

Dos variables quizá expliquen el momento: la primera, la sociedad, que hoy a diferencia del pasado encuentra en las redes sociales nuevos medios informativos alejados del control político, redes cuyos contenidos son propiedad social, medios libres cuyo alcance está literalmente en la mano de cada ciudadano; no se había visto semejante fenómeno, quizá, desde la invención de la imprenta, ese invento que hace 550 años vino a ser el detonante para acabar con siglos de oscurantismo, época en la que el poder del conocimiento estuvo en la Iglesia, la que, durante mil años, censuró contenidos y limitó el progreso. Segunda, el abuso y la constante impunidad de los políticos, acostumbrados a las viejas formas de lucrar con el poder público, de creer que por ser autoridad o haber sido elegidos pueden hacer todo.

Pareciera que la situación política ofrece un momento de rendición social, una paradoja peligrosa; cuando más exigente y vibrante se muestra la sociedad, ésta parece dispuesta a elegir como presidente a quien sea, es tanto el desencanto, que se cree que no puede ser peor.

El momento social beneficia a Andrés Manuel López Obrador, hombre cuya existencia también produce rechazo en muchos sectores, en algunos casos, el rechazo es por miedo a su oferta de gobierno, en otros, miedo a perder los privilegios ante un inminente cambio en el estado actual de las cosas. Para tranquilidad de algunos, Andrés Manuel tiene, en él mismo, a su enemigo más letal, su perfil mesiánico hace sobreponer su verdad por encima de cualquier otra, su perfil de redentor le permite limpiar de culpas a quien le rinde honor, su necedad ideológica le hace excluir y reprobar a quien piensa diferente. Si Andrés Manuel moderara ese perfil, muy probablemente ganaría, sin embargo, la experiencia en dos elecciones pasadas nos dice que no, que su ADN es mayor que su deseo de hacer un buen papel.

También es momento propicio para que surja una opción fresca, un hombre honesto, decente, preparado, inteligente, sin ataduras ni compromisos, en la que los sectores sociales, reconociendo la intensidad del momento, puedan converger e impulsar. Está en nosotros animarlo, actualmente trabaja en el gobierno, el primer paso es que salga de él, que empiece a visitar los espacios sociales y a convencer, a mostrar su visión y propuesta de país. Por el bien de México, ojalá se anime.

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