El culto

El día del Informe de gobierno era el día del Presidente, era una de las fechas más significativas desde el punto de vista político.

Culto, en una de las definiciones del Diccionario de la lengua española, es el honor que se tributa religiosamente a lo que se considera divino o sagrado. En el sistema político, la analogía sería el honor que se tributa casi religiosamente al hombre con poder político.

Hasta hace poco, en México, el día del Informe de gobierno era el día del Presidente, era una de las fechas más significativas desde el punto de vista político. Para muchos jóvenes, esto les va a causar extrañeza.

En dicho evento, la constante era el culto a la personalidad, se cuidaban extremadamente las formas, los invitados eran escrupulosamente elegidos; era impensable rechazar la invitación, un acto de descortesía era sinónimo de autoexclusión, en cambio, ser invitado era sinónimo de la más alta distinción, aceptar era corresponder, confirmar el sentido de pertenencia en el grupo.

El día del Presidente también era un día de mensajes, la clase política estaba atenta a las menciones del discurso. La asignación de lugares era clave, entre mejor lugar, mayor querencia del Presidente.

El día establecido para significar un acto republicano entre poderes, nunca fue tal, en su génesis, significaba que el Presidente rindiera cuentas a los gobernados a través de sus representantes, los legisladores. En realidad era todo lo contrario, era la evidencia del sometimiento del legislativo y, de todos, al Presidente, al hombre más poderoso del país.

Hubo informes que duraron más de cuatro horas, hubo uno que duró más de siete horas. Eso no era todo, a partir de 1950, el informe se transmitía por televisión, no era posible ver otro programa; desde muy temprano se transmitía la crónica, los detalles eran ilustrados por locutores famosos, se mencionaba desde el color del traje, la corbata y la camisa que usaría el Presidente, hasta lo que desayunaba.

En la transmisión de televisión se cuidaban todos los ángulos, se montaban cámaras en las calles para seguir la trayectoria del convoy del Presidente, desde la residencia oficial hasta la sede del Poder Legislativo, en vehículo abierto, de pie, saludando a los gobernados, que gustosos y acarreados se apostaban en vallas de varios kilómetros recibiendo una lluvia interminable de confeti.

La cobertura televisiva duraba más de doce horas, quizá por ello ese día era inhábil, era más importante ver al Presidente que producir o trabajar; así me recuerdo, sentado frente al televisor, guardando silencio para que mi padre no se distrajera, si acaso, me salía con mi hermano a jugar “beli” en la calle, al cabo, al regresar podría ver otra vez al Presidente.

Me imagino que para el Presidente era un día muy pesado, leer de pie, durante horas, ser interrumpido más de cuarenta veces con aplausos, saludar de mano a más de tres mil personas.

Al mismo tiempo, imagino que el Presidente se estresaba, cuánto nerviosismo sentiría por rendir cuentas a los mexicanos, frente a los diputados, además de aprenderse tantos temas, justificar fallas de los subordinados y encontrar los aciertos. Para el Presidente, quizá era un día lleno de conflicto, lo único que lo sostenía era el poder, esa sensación casi orgásmica que sienten los políticos al dar una orden, al firmar un documento, al inaugurar una obra, al ver que la muchedumbre los aclama, ese ingrediente que los convierte en poseedores de la solución de los males, en redentores de delitos y complicidades.

Afortunadamente, los tiempos han cambiado, esa ceremonia subsiste sólo en los estados, donde los gobernadores siguen creyendo que viven en el pasado, creen que con manifestar su voluntad y levantar la mano todo lo arreglan, creen que cometer actos de corrupción es parte de sus facultades. En sus narices y con la ley en la mano, están recibiendo señales que los tiempos han cambiado.

No es que la clase política esté en demerito, sigue igual que siempre, es la sociedad la que está cambiando, es menos complaciente, está poniendo en su lugar a los políticos, salvo por un inculto que exculpa a delincuentes, vamos por buen camino, quiero pensar que se avecinan tiempos mejores.

Temas: