Les habla el Papa

A muchos católicos mexicanos les cuesta trabajo entender que hay quienes profesan otra religión o no tienen ninguna. Se explica porque son la mayoría y consideran que la pertenencia a esa iglesia es lo normal; o, también, porque los anima una buena dosis de soberbia e ...

A muchos católicos mexicanos les cuesta trabajo entender que hay quienes profesan otra religión o no tienen ninguna. Se explica porque son la mayoría y consideran que la pertenencia a esa iglesia es lo normal; o, también, porque los anima una buena dosis de soberbia e intolerancia hacia las minorías. Lo cierto, no obstante, es que el arraigo del laicismo en México ha permitido en los últimos 75 años, con algunas lamentables excepciones, un ambiente de libertades y respeto a la ausencia o diversidad de cultos, así como la convicción en gran parte de los católicos sobre el valor del principio de separación entre los asuntos públicos y las creencias religiosas. Superados los estragos de la violencia y el odio de la Guerra Cristera, nuestro país experimentó una evolución gradual pero consistente hacia el reconocimiento de las libertades religiosas que, finalmente, dejó en el pasado tanto el anticlericalismo como la pretensión impositiva del catolicismo.

Es natural que la visita de un Papa sea motivo de celebración y reavive los sentimientos religiosos entre los católicos. Como en su momento ocurrió con Juan Pablo II y Benedicto XVI, el arribo del papa Francisco a nuestro país es un acontecimiento muy significativo y, por encima de las discrepancias o coincidencias con los contenidos y la orientación de su labor pastoral —sus valores, postulados, acentos o sensibilidad—, todo lo que diga o haga en el terreno de la fe merece entero respeto, bajo un principio fundamental: lo que hace y dice concierne a quienes profesan la religión católica. Justamente por este debido respeto nadie puede pretender, en contraparte, que sus hechos y dichos atañan a quienes no son creyentes o profesan otra religión. Sería absurdo. Nadie tiene derecho de imponer un postulado religioso a nadie, por más valioso que sea, pues el fundamento del pensamiento liberal y de las modernas democracias constitucionales —motor del tránsito de los fanatismos y los absolutismos a la tolerancia y la pluralidad—, se encuentra precisamente en la libertad de creencias, la garantía de los derechos de las minorías y la separación del Estado y las iglesias.

El papa Francisco tiene una visión renovadora y crítica de la Iglesia católica, a favor de la recuperación de los valores del humanismo cristiano y en contra de la opulencia, la doble moral y las desviaciones que tanto han dañado su credibilidad, no sólo por los terribles casos de pederastia, los vínculos con el crimen organizado y los escándalos de corrupción, sino también por los intereses particulares y el alejamiento de la realidad que, como él manifiesta, han significado el descuido de esos valores que deberían guiar la actuación de los ministros de culto y de su grey. Si el papa Francisco logra transformar y poner al día a la Iglesia católica hará un gran bien a la práctica de la religión que representa; y si esto se traduce en el apego a dichos valores por parte de sus fieles, podría contribuir a que sean mejores personas y actores sociales más solidarios. Eso está muy bien. Sin embargo, parece necesario recordar que los destinatarios de los mensajes de un líder religioso son —y no debe ser de otro modo— quienes profesan esa religión. El respeto a su labor pastoral implica reciprocidad hacia quienes no forman parte de esa comunidad eclesiástica. Para comprender la gran relevancia de este principio, suelo recomendar un breve y magnífico libro publicado hace 20 años, ¿En qué creen los que no creen?, el debate epistolar entre Umberto Eco y el entonces cardenal de Milán, Carlo Maria Martini, sobre la ética laica, la diversidad y la fe, un ejercicio de inteligencia, sabiduría y tolerancia. El Papa, pues, con su incuestionable liderazgo religioso, les habla a los católicos.

Temas: