La estampa resulta tan anacrónica como dolorosa: en pleno aniversario de la Constitución, un hombre permanece erguido con las manos en los bolsillos mientras una mujer, agachada a sus pies, le limpia los zapatos. No es un cuadro del siglo XIX ni una escena de la época de las castas: es Hugo Aguilar Ortiz, el primer presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación elegido por voto popular, a minutos de encabezar la ceremonia oficial en el Teatro de la República en Querétaro.
El video captura no sólo la nata que cayó sobre el calzado, sino el desmoronamiento de una narrativa que prometió “purificar” la vida pública de México.
Lo sucedido ayer en Querétaro es la culminación de una serie de contradicciones que desnudan la verdadera naturaleza de la autodenominada Cuarta Transformación. Aguilar, cuya llegada a la cúspide del Poder Judicial fue celebrada por la presidenta Claudia Sheinbaum como un hito de representación indígena —comparándolo incluso con Benito Juárez—, ha demostrado en pocos segundos que el origen étnico no es vacuna contra la soberbia. La imagen es demoledora: el representante de la justicia observando con indiferencia si la labor de limpieza, realizada por una colaboradora suya, ha sido suficiente, mientras hace oídos sordos al ensayo del himno nacional y, sobre todo, la dignidad de quien le sirve.
Hace apenas unos días, el propio Aguilar intentaba contener el daño provocado por la adquisición de camionetas Jeep Grand Cherokee blindadas para los ministros. En un arranque de falsa modestia, el presidente de la Corte aseguró que los integrantes del pleno no necesitaban tratos especiales e incluso presumió que él no tendría inconveniente en llegar en Metro a sus oficinas.
Sin embargo, su actitud en Querétaro revela que la humildad discursiva es sólo un disfraz de conveniencia. El hombre que dice estar dispuesto a viajar en transporte público es el mismo que permite, sin un gesto de agradecimiento o de cortesía elemental, que una mujer se postre ante él para abrillantar su apariencia.
A dos años exactos de que el expresidente Andrés Manuel López Obrador presentara el paquete de reformas constitucionales inspiradas en un supuesto “humanismo”, los resultados están a la vista. La reforma al Poder Judicial, impulsada bajo la premisa de que los jueces debían ser elegidos por el pueblo —porque éste tiene un “instinto certero”—, no ha servido para democratizar la justicia, sino para democratizar los vicios que antes se criticaban.
El oficialismo, que compró los votos necesarios en el Senado para consumar este cambio, prometió que se terminaría con el elitismo. Hoy vemos que el elitismo no murió, simplemente cambió de manos y de rostros.
Resulta irónico que Aguilar fuera el único hombre representante de los Poderes de la Unión en el estrado, flanqueado por mujeres que encabezan el Ejecutivo y el Legislativo. Su falta de sensibilidad no es sólo un desplante de género, sino la confirmación de que la jerarquía que hoy impera en el país se siente por encima de cualquier escrutinio.
La “purificación” que prometió López Obrador ha resultado ser un simple relevo de privilegios. Mientras se fustigaba a la antigua “delincuencia de cuello blanco”, los nuevos encumbrados exhiben sin pudor relojes de lujo, prendas de diseñador, viajes en clase business a Europa y salones de belleza de uso exclusivo, recordándonos que su lucha no era contra la desigualdad, sino contra su exclusión de la mesa de los beneficios.
La elección de Hugo Aguilar —lograda gracias a la magia del acordeón— no lo convirtió en un servidor del pueblo, sino en miembro de una nueva realeza sexenal, protegido por la legitimidad de las urnas. El “humanismo” invocado para cambiar la Constitución parece haberse extraviado en el camino entre el discurso y el poder.
Lo que vimos en Querétaro es la esencia de un régimen que utiliza la polarización para hacerse del control, mientras sus protagonistas se deleitan en los mismos rituales de humillación que juraron desterrar. Al final, no llegaron al poder para acabar con los privilegios, sino para asegurarse de que nadie más que ellos pueda disfrutarlos.
