2015: fanatismo e intolerancia
Todos los años están llenos de buenas y malas noticias, de eventos predecibles y sucesos inesperados, de acciones que nos reconcilian con el género humano y hechos que nos confrontan con su crueldad. No son más que un breve periodo, pero los años nos sirven para medir ...
Todos los años están llenos de buenas y malas noticias, de eventos predecibles y sucesos inesperados, de acciones que nos reconcilian con el género humano y hechos que nos confrontan con su crueldad. No son más que un breve periodo, pero los años nos sirven para medir el paso del tiempo y, si cabe, ordenar y ponderar nuestros asuntos personales y episodios colectivos. El año que termina nos deja algunos signos de aliento, como las expresiones de inconformidad ciudadana frente a los partidos políticos en distintos países, encauzadas a través de procesos democráticos, pacíficos, no violentos, lo mismo en España que en México, en Venezuela y en Argentina; nos deja una vez más, como en 2014, el refrescante mensaje de crítica y cambio del papa Francisco, cuyos certeros y claros cuestionamientos a los intereses y las estructuras de los poderes establecidos, empezando por la Iglesia católica, tienen más eco que cualquier estridencia; y nos deja también, entre muchas otras cosas, un mayor consenso en torno a las responsabilidades globales ante el cambio climático que, no obstante las limitaciones de los acuerdos alcanzados, supone un paso significativo. El lado oscuro de 2015, sin embargo, ha sido terrible: un año marcado por el fanatismo y la intolerancia, cuyos saldos no sólo son por sí mismos una sino, además, el anuncio de una amenaza creciente para la paz y las libertades humanas.
Sobre el fanatismo religioso convertido en terror la historia está plagada de episodios infames. En nombre de los dogmas de fe han sido cometidas tales barbaridades que, por ello, no es casual que el salto a la modernidad haya estado fundado en el pensamiento liberal y, con él, en la separación entre el poder público y las iglesias, entre el delito y el pecado, entre la esfera de las atribuciones de los gobiernos y la esfera de los derechos y la vida privada de las personas. La carta sobre la tolerancia (1689) de John Locke, uno de los textos indispensables del gran pensador liberal, sitúa en el centro de la discusión pública el principio de la libertad de creencias, como la exigencia condición esencial de la civilización y la libertad frente a los fanatismos y la intolerancia. Como en su tiempo la Inquisición, hoy el llamado EI y sus enloquecidos yihadistas asumen que su misión vital es matar, aniquilar a los otros, a quienes creen, piensan o viven de manera diferente a ellos. Charlie Hebdo y distintos lugares públicos en París, el 7 de enero y el 13 de noviembre, respectivamente, pasando por la masacre de octubre en Ankara, dan cuenta de un fenómeno de odio y barbarie dirigido contra la vida y la libertad.
El fanatismo y la intolerancia emergieron también bajo otras formas en 2015: los nacionalismos y la xenofobia. Sin importar sus orígenes personales y sus signos ideológicos, no son extrañas las afinidades y simpatías manifiestas entre Putin y Trump, por citar a los más conspicuos del año. Ambos llevan en sus entrañas el veneno antiliberal de los guardianes de los dogmas. Forjado en los servicios de inteligencia del régimen comunista soviético el primero, y en el conservadurismo racista estadunidense el segundo, los dos invocan la superioridad de sus naciones en oposición a los otros, como si la fórmula mágica consistiera en crecer aplastando a los vecinos o en sanar extirpando a los inmigrantes, apelando a la ceguera e ignorancia de sus fieles.
Ante estas deformaciones humanas y sociales, no deja de ser reconfortante escuchar y observar las expresiones universales de dolor, cuestionamiento e indignación, surgidas de la solidaridad, la libertad y la razón, sin importar razas, nacionalidades y creencias. Estas son también buenas noticias del año que termina. Feliz 2016.
