Los límites de la COP21
Los acuerdos alcanzados en la COP21 reflejan un amplio consenso en torno al desafío global para mitigar el cambio climático, pero no dejan de ser una declaración de buenas intenciones que, en rigor, no garantizan la superación del desafío. El consenso, pues, es ...
Los acuerdos alcanzados en la COP21 reflejan un amplio consenso en torno al desafío global para mitigar el cambio climático, pero no dejan de ser una declaración de buenas intenciones que, en rigor, no garantizan la superación del desafío. El consenso, pues, es significativo, pero su traducción en medidas puntuales y vinculantes —medibles, evaluables y sancionables— es pobre y ambigua. Reconocer que los esfuerzos de los gobiernos han sido insuficientes y expresar la voluntad de redoblarlos para tratar de evitar que el calentamiento global supere los 2 grados centígrados al final de este siglo —e, incluso, ya entregados a la buena voluntad, plantear que no rebase 1.5 grados— parecería irreprochable. Sin embargo, la cuestión no radica en poner un límite en los termómetros.
El desafío consiste en construir un nuevo paradigma de desarrollo y, sobre esa base, determinar las políticas, las estrategias y las acciones necesarias para lograr un cambio sostenible y equilibrado en los modelos de producción y los patrones de consumo en el mundo entero. Esto implica, por una parte, reducir las emisiones no naturales de dióxido de carbono, en gran medida producidas por los combustibles industriales y automotrices, así como por las quemas agrícolas; y, por otra parte, contener y transformar la emisión de gas metano, causada, entre otros factores, por desechos orgánicos al aire libre, tanto los contenidos en los basureros a cielo abierto como los que producen las actividades agropecuarias. La clave radica en promover e incentivar el desarrollo de industrias y medios de transporte limpios, el uso de energías renovables y la incorporación de nuevos métodos y tecnologías en el sector agropecuario. Estamos hablando de la necesidad de una transformación radical. No obstante, los acuerdos de la reciente cumbre en París no comprenden compromisos firmes y suficientes por parte de los más grandes emisores de gases de efecto invernadero (Estados Unidos, la Unión Europea y China), ni ofrecen rutas transitables y equilibradas a las economías intermedias y los países más atrasados para atender, en forma simultánea, las exigencias de crecimiento económico y de sostenibilidad ambiental.
Por ello, la meta de los 2 grados —y, con mayor razón, la de 1.5— carece de sustento y factibilidad. Los especialistas de la ONU, basados en las propuestas para reducir las emisiones de gases presentadas por 150 países, informaron en octubre de este año que, en el supuesto de que todos cumplieran sus intenciones, la reducción global per cápita de dichas emisiones representaría sólo una disminución de 9 %, lo que significaría que éstas seguirían creciendo hasta llegar a 55 gigatoneladas, 15 más de lo que se requiere para alcanzar la meta establecida. En los próximos 85 años pueden pasar muchas cosas, pero de lo que no hay duda es que sin objetivos, estrategias y acciones de mayor calado, equilibrio e inclusión globales, la temperatura de la Tierra al terminar el siglo XXI será 2 grados más alta de la que había antes de la era preindustrial, con todas las consecuencias que esto implica.
Sustituir las fuentes de energía, los métodos de trabajo en el campo y los procesos industriales tradicionales, exige la inversión y dispersión de grandes cantidades de recursos y el fortalecimiento de políticas públicas orientadas a formar capital humano, generar conocimiento y desarrollar tecnologías innovadoras, entre otras muchas medidas necesarias para transitar a un paradigma económico y social menos agresivo con el entorno natural. El desafío, por supuesto, no es sencillo. Pero es lo que hay que hacer. Ningún esfuerzo es desdeñable; pero los límites de la COP21 hacen que el ambiente celebratorio en torno a los acuerdos alcanzados resulte, por lo menos, excesivo.
