PRD: vacaciones a los principios
La vía para reconstituir al PRD como la opción partidista de la izquierda exige, antes que cualquier otra cosa, reivindicar sus principios ideológicos. La intención de ir a las próximas elecciones en coalición con el PAN, haciendo a un lado parte fundamental de sus ...
La vía para reconstituir al PRD como la opción partidista de la izquierda exige, antes que cualquier otra cosa, reivindicar sus principios ideológicos. La intención de ir a las próximas elecciones en coalición con el PAN, haciendo a un lado parte fundamental de sus postulados, supone tomar el camino contrario, directo al precipicio, a partir de una lectura equivocada de la crisis del partido y una corta visión sobre la forma de remontarla.
La ruptura con Andrés Manuel López Obrador y la formación de Morena tuvieron, desde luego, un costo electoral muy alto, pero también abrieron la posibilidad de hacer del PRD el auténtico partido de la izquierda democrática y, sobre esa base, emprender un proceso de reconstrucción política e institucional, ya sin el viejo nacionalismo revolucionario y su caudillo a cuestas. Renunciar a los compromisos con los derechos y las libertades de las personas y las minorías en aras de una alianza electoral, implica abandonar un componente imprescindible de la socialdemocracia que, según había dicho Agustín Basave, debe ser el referente del PRD. De allí que, con toda razón, dirigentes y legisladores perredistas estén cuestionando la intención aliancista de su presidente.
Un mal diagnóstico conduce invariablemente a una mala solución. Los problemas más serios del PRD han sido su debilidad institucional frente al dominio de tribus y caudillos, y el pragmatismo electoral que lo ha llevado a la postulación de candidatos sin convicción ideológica y solvencia ética. Estos factores se han traducido en prácticas partidistas sectarias, autoritarias y clientelares, así como en la pérdida de su identidad de izquierda. Abrir el partido a la sociedad, impulsar un nuevo pacto institucional democrático, reafirmar sus bases ideológicas, poner al día sus propuestas y seleccionar candidaturas que lo representen con fidelidad, sería la fórmula indicada para encarar dichos problemas, asumiendo, incluso, el costo de un mal desempeño electoral en el corto plazo.
Entre las elecciones intermedias de 1997 (25.7 % de la votación) y las recientes de 2015 (10.9 %) —para no distorsionar la tendencia partidista con el factor López Obrador en las presidenciales de 2006 y 2012—, el PRD ha sufrido una impresionante pérdida electoral. Pero lo cierto es que ha perdido mucho más que votos. En gobiernos locales y municipales, incluido el Distrito Federal, adoptó las prácticas clientelares del viejo régimen priista, llevó al poder a personajes impresentables que nada tienen que ver con las ideas y los valores de la izquierda democrática, y se ha visto envuelto en distintos escándalos por abusos de poder y corrupción. La experiencia de Guerrero e Iguala, con Ángel Aguirre y José Luis Abarca, ha sido la más extrema y costosa, pero no la única. Tampoco le ha ido bien en sus aventuras de gobiernos de coalición con el PAN, pues ni han fortalecido su identidad ni han incrementado su base electoral. En esa balanza, además, consecuencia de las mismas desviaciones, hay que poner su creciente desvinculación de segmentos clave del electorado —clases medias y jóvenes de las grandes ciudades—, cuyos valores e intereses conectan naturalmente con las causas sociales, liberales y ambientales de las izquierdas socialdemócratas más avanzadas. Si este diagnóstico es correcto, la solución empezaría por volver a significar algo para esa parte de la ciudadanía que no se siente representada ni por el viejo nacionalismo revolucionario de Morena ni por el conservadurismo de la derecha. Por todo esto, la intención de aliarse con el PAN es tanto como querer darle la puntilla a la posibilidad de rehacer un partido de izquierda democrática. Es renunciar a los principios, o mandarlos de vacaciones sin boleto de regreso.
