Camus y la grandeza francesa

Hay que hacer hasta lo imposible por evitar que en esta confrontación sean destruidos los valores y las garantías de las democracias

Aún inmersos en el horror de los atentados del viernes pasado en París, resulta indispensable hablar de los riesgos inminentes de una respuesta equivocada. Nada justifica el terrorismo desorbitado de una teocracia medieval sanguinaria —intolerante, excluyente y violenta, como todas las teocracias— ni el brutal asesinato de personas inocentes. Y, sin embargo, la imprescindible condena al fanatismo y al odio de los yihadistas, así como las necesarias acciones militares contra el llamado Estado Islámico, no deben dar paso a más odio y fanatismo como respuesta, pues cuando esto ocurre la espiral de la barbarie, alimentada por sí misma, no tiene fin. Una nación democrática ha sido atacada por una organización extremista asentada en parte de los territorios de Irak y Siria, pero a la vez con presencia y posibilidades de ataque en cualquier lugar del mundo. El combate a este primitivo y cruel Califato, cuyas víctimas, por cierto, son en su gran mayoría musulmanes, es una exigencia internacional para proteger la seguridad y las libertades humanas. Pero los principios sobre los que se levanta el orden constitucional francés deben defenderse con firmeza y, al mismo tiempo, con convicción y voluntad de justicia, impidiendo los impulsos de venganza. Hay que hacer hasta lo imposible por evitar que en esta confrontación sean destruidos los valores y las garantías de las democracias, así como los derechos inherentes a la diversidad racial y cultural del mundo moderno. No habría peor escenario en esta terrible circunstancia, bajo el dolor y la amenaza producidos por los terroristas, que permitir el despliegue de la xenofobia de las derechas europeas. Dejo este espacio a las palabras de Albert Camus, lúcido pensador del siglo XX, el crítico militante de la izquierda, el escritor universal, argelino-francés, a propósito de la lucha independentista de Argelia.

“Los que no quieren volver a oír  hablar ya de moral deberían comprender en todo caso que, incluso para ganar las guerras, es preferible sufrir ciertas injusticias que cometerlas, y que semejantes empresas nos hacen más daño que cien guerrilleros enemigos. Cuando estas prácticas se aplican, por ejemplo, a los que en Argelia no vacilan en degollar al inocente, ni en otros lugares en torturar o en excusar que se torture, ¿no son también faltas incalculables, puesto que corren el riesgo de justificar los mismos crímenes que se quiere combatir? ¿Y qué clase de eficacia es ésa que logra justificar lo que hay de más injustificable, precisamente en el adversario?”

En su Carta a un militante argelino, publicada en octubre de 1955, Camus plantea las exigencias éticas e históricas de Francia ante el odio y la violencia: “Nosotros, franceses, debemos luchar para impedir que la represión ose hacerse colectiva y para que la ley francesa conserve un sentido generoso y claro en nuestro país; para recordarles a los nuestros sus errores y las obligaciones de una gran nación que no puede, sin decaer, responder a la matanza xenófoba con una represión igual(…). Vosotros, árabes, debéis por vuestra parte mostrar incansablemente a los vuestros que el terrorismo, cuando mata a poblaciones civiles(…) no hace por añadidura más que reforzar a los elementos antiárabes, valorizar sus argumentos y cerrar la boca a la opinión liberal francesa (…) Pero usted y yo sabemos que en esta guerra no habrá vencedores reales y que después, como antes de ella, nos será necesario, aún y siempre, vivir juntos sobre la misma tierra.”

Eran otras circunstancias y amenazas; otros tiempos y tipos de guerra. Pero, en esencia, las palabras de Camus tienen entera pertinencia en este doloroso momento, precisamente porque expresan la grandeza liberal y pluricultural de Francia.  

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