El laberinto europeo
Mañana, domingo, Francia celebrará la primera vuelta de sus elecciones legislativas. Quienes logren suficientes votos pasarán a la segunda ronda, que se celebrará el siguiente domingo. También mañana, Grecia tratará, por segunda vez en menos de dos meses, de elegir ...
Mañana, domingo, Francia celebrará la primera vuelta de sus elecciones legislativas. Quienes logren suficientes votos pasarán a la segunda ronda, que se celebrará el siguiente domingo. También mañana, Grecia tratará, por segunda vez en menos de dos meses, de elegir un nuevo gobierno.
François Hollande logró una tenue mayoría sobre Nicolás Sarkozy, gracias al ex ministro François Bayrou, pero ahora Bayrou enfrenta a la derecha que lo acusa de colaborar con Hollande, el enemigo, y pide su cabeza. Y como si se tratara de una cinta del cine negro francés, plagada de rencores y venganza, los ex candidatos presidenciales Jean-Luc Melénchon y Marine Le Pen, representantes de los extremos izquierdo y derecho de la política francesa, se enfrentarán por el mismo escaño legislativo.
En Grecia las cosas están peor. El desempleo abierto es de más de 21 por ciento. Se respira violencia en las calles y la vida pública. Así lo atestigua el periodista estadunidense Gil Shefler, quien cubría las manifestaciones por la situación económica y cayó víctima de Fuenteovejuna, que lo envió al hospital. Casi al mismo tiempo, Ilias Kasidiaris, del partido neonazi Dorado Amanecer echaba agua a Rena Dourou, legisladora comunista, quien lo acusó de atacar con armas de fuego a grupos de inmigrantes. Además del agua, Kasidiaris se abalanzó y golpeó a otra legisladora en cadena nacional de la TV helena.
En España, la crisis de Bankia, uno de los cinco bancos más importantes, tiene a Mariano Rajoy en ascuas, mientras sus colegas del gobernante Partido Popular apuestan a convertir Madrid en Las Vegas de Europa, con brutales exenciones fiscales a una multinacional del juego que ofrece a cambio empleos de bajo perfil.
El sueño europeo parece muerto. Lo mataron los excesos de la clase política de izquierda y derecha. Ambas olvidaron el sentido profundo de la práctica de la política: el servicio. José Luis Rodríguez Zapatero, responsable de la crisis española, hizo de la presidencia del gobierno el espacio de su venganza política —que ni el polémico Felipe González emprendió en su momento— contra los espectros del franquismo a costa de un asistencialismo excesivo; se desentendió de la economía que cayó en el pozo sin fondo de la especulación. En Italia, el impresentable Silvio Berlusconi generó un déficit en las finanzas públicas, además de destruir su imagen con excesos personales dignos de un playboy y no de un jefe de Estado.
Sarkozy no cayó en esos excesos, pero no tuvo un programa de gobierno y ante Alemania evidenció su impericia; tuvo lo que la prensa gala ha llamado una “adicción a las encuestas”. En los cinco años de gobierno ordenó 300 encuestas que drenaron 9.4 millones de euros del presupuesto francés (https://bit.ly/encuestasSarkozy). Las encuestas le decían qué hacer incluso con su esposa; su gobierno fue una caricatura sin rumbo. Al final de su mandato no tuvo más que ofrecer que el miedo “a ser como España”, y la realidad se lo cobró.
El final del sueño europeo no puede ser, sin embargo, el final de la política o de la democracia. Ahora más que nunca, Europa debe abrevar en sus raíces. Le urge la serenidad de De Gaulle, el espíritu de sacrificio de Adenauer, la entereza de De Gasperi, la inteligencia de Brandt, la humildad de Suárez, la tenacidad de González y la generosidad de Moro. A Europa le urge regresar a sus raíces de trabajo productivo, inteligencia, ahorro, pasión por el conocimiento y por hacer de la persona el centro de los esfuerzos, no el Estado ni el mercado. Ahora más que nunca, Europa debe buscar ser más democrática, más humanista.
*Analista
