Un milagro de Palafox y Mendoza
Juan de Palafox y Mendoza reconcilió al cardenal con el gobernante de la capital

Humberto Musacchio
La República de las letras
Hay algo extraño en la canonización de Juan de Palafox y Mendoza. En su tiempo suscitó la animadversión de las órdenes mendicantes a extremos que hoy serían impensables. Por otra parte, nada más lejano a él que la vida contemplativa, ya que además de brillantísimo intelectual fue soldado y hombre de acción, político sagaz y funcionario decidido. De ahí que resulte extraño pedir a la feligresía que venere las reliquias de un personaje cuya vida y obra son desconocidas incluso para la inmensa mayoría de los sacerdotes. Por supuesto, se trata de una cuestión de fe y resulta absurdo hacerle a cada creyente un examen de conocimientos sobre el beato. Por lo pronto, don Juan de Palafox y Mendoza ya hizo un milagro: reconcilió al cardenal Norberto Rivera Carrera con el gobernante de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard. Se podrá decir que es por mutua conveniencia, pero no debe descartarse la intercesión de quien fuera arzobispo de Puebla y México y virrey de Nueva España.
¿Quién era y qué hizo el ahora beato?
Juan de Palafox y Mendoza vivió de 1600 a 1659. Estudió en la Universidad de Salamanca y antes en la Complutense original, la de Alcalá de Henares, población llamada Complut por los romanos. Fue soldado y combatió en Flandes contra las Provincias Unidas. Ocupó altos cargos en la corte y ordenado sacerdote en 1629, por influencia del poderoso duque de Olivares, Felipe IV lo designó visitador especial de sus posesiones europeas y en 1639 lo presentó para obispo de Puebla. Consagrado en Madrid, se embarcó para América con su cargo en el episcopado y el nombramiento de visitador general de Nueva España, adonde llegó en 1640. En la Ciudad de México encabezó un centenar de juicios por corrupción y abuso de poder, con lo cual ganó la animadversión de la burocracia colonial. Combatió con toda energía la corrupción y desidia de las órdenes mendicantes, a las que quitó con la fuerza pública buena parte de las parroquias de Puebla y Tlaxcala y las entregó al clero diocesano los que dejó en manos del clero secular. Acabó confrontado con franciscanos, jesuitas y dominicos. Como el virrey interviniera a favor de las órdenes, procedió a destituirlo apoyado en unas cédulas llegadas de España y apoyado en ellas en 1642 se convirtió en gobernante de Nueva España y arzobispo de México.
Esclavizó indios y mató a judíos
Como en ese tiempo se separó Portugal de España, Palafox persiguió a los portugueses, dispuso que las mujeres debían vestir con recato, prohibió los bailes de negros frente a la Catedral, prohibió emplear mulatas en las pulquerías, retiró a las prostitutas de lugares públicos y abrió para ellas una casa de regeneración; retiró de la Plaza Mayor las esculturas aztecas, suspendió a tres oidores y dio reglamentos a la Audiencia y Constituciones a la Universidad, estimuló el peonaje de los indios por deudas y con el entusiasta apoyo de la Inquisición desató una feroz persecución contra los judíos que derivó en autos de fe realizados entre 1646-1649. Dejó la silla virreinal y decidió retomar la arquidiócesis de Puebla, que entonces era dos veces más rica que la de México, y en esa ciudad reanudó y concluyó la construcción de la catedral angelopolitana, fundó el Convento de Santa Inés, abrió un colegio para huérfanas, hizo reparar medio centenar de templos y erigió el Real Colegio de San Pedro y San Pablo, origen de la actual Universidad Autónoma de Puebla, al que donó su biblioteca que hoy se conoce como Palafoxiana.
El efímero triunfo de sus enemigos
Como siguiera su litigio contra el clero regular, Palafox entró en conflicto con el virrey Mañozca y acabó por huir de sus enemigos, que volvieron a Puebla para ser agasajados por los peninsulares con banquetes, fiestas y bailes de mulatas, en tanto que fueron ocupados los colegios fundados por el obispo y el palacio episcopal saqueado. El clero leal a su jerarca fue objeto de sistemática hostilidad. La animadversión hacia Palafox incluyó un desfile organizado por jesuitas y encabezado por un carro triunfal con la imagen de San Ignacio de Loyola. En la procesión iban estudiantes, esclavos y gente contratada que exhibía “instrumentos indecentes” con los que hacía señas a las mujeres que presenciaban el espectáculo. El nombramiento del obispo yucateco Torres y Rueda como virrey dio un vuelco a la situación y Palafox pudo regresar a su diócesis y desatar las hostilidades especialmente contra los jesuitas, a los que los seguidores del obispo llamaban “perros herejes luteranos” y otras lindezas. En el otoño de 1648 se ordenó a Palafox volver a España, donde entregó al rey cuatro mil “reales de a ocho” y cinco años después fue nombrado obispo de Osma, mientras en Puebla se le veneraba en las iglesias, hasta que desde Madrid se prohibió ese culto popular y la reproducción de su imagen. Fue beatificado en 1767 y Carlos II, en su empeño por beatificarlo, llegó a amenazar al Vaticano con un cisma de la Iglesia española. Pese a todo, los jesuitas impidieron la canonización que ahora ocupa al mundo católico.
Maratón de cuentos y cuenteros
Eraclio Zepeda asistió en Guadalajara, España, a un maratón de cuentos en el que participaron mil 200 narradores orales de diversos países, quienes dispusieron, cada uno, de cinco minutos para contar sus historias en la plaza pública, abarrotada por gente del lugar y numerosos visitantes. El chiapaneco y otros cinco narradores orales también se presentaron en un teatro de la localidad, al que la gente ingresó con boleto pagado y cada cuentero dispuso de una hora para encantar al auditorio. Coordinan y dirigen esta reunión de narradores las hermanas Ana y Blanca Calvo. Ésta es bibliotecaria del lugar y recientemente se le construyó un sitio especial a la biblioteca y la población en pleno participó en el traslado de libros, lo que se hizo de mano en mano. Ese ejemplo de amor por las letras ha llegado a conocimiento de algunos mexicanos, entre otros Saúl Juárez, subsecretario de Cultura del estado de Puebla, quien se propone realizar en la Angelópolis un encuentro como el guadalajareño. Ojalá se concrete su idea, pues en México contamos con muy buenos narradores orales.