Poder y deseo: La fabricación de un candidato

En su segundo capítulo, la serie Poder y deseo analiza el origen de los candidatos presidenciales desde 1934, que en su gran mayoría han emanado del gabinete de su antecesor

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Poder y deseo: La fabricación de un candidato.

Capítulo 2

En esta segunda entrega sobre el camino a la sucesión de 2024, se analiza cómo el proceso actual, el más adelantado de los tiempos modernos, está lleno de situaciones insólitas.

Observando los hechos y recordando la historia, parece que esta vez, el Presidente será el fiel de la balanza, justo como ocurría décadas atrás. Todo se remonta a la época cardenista, cuando el entonces Presidente rompió con quien fuera su mentor, Plutarco Elías Calles. Esa decisión fortalecería el papel del primer mandatario en la designación de su sucesor, por al menos los diez sexenios siguientes.

En los tiempos de la Cuarta Transformación, si el candidato oficialista sale de entre los tres más perfilados se romperían viejas tradiciones de la política. Para encontrar la última vez que un canciller, un jefe político de la capital o un legislador pasó sin escalas a Palacio Nacional habría que remontarse a más de un siglo atrás. La historia del país también nos enseña que recorrer políticamente los 200 metros que separan el Palacio del Ayuntamiento de Palacio Nacional ha enterrado no pocas carreras políticas. Para los legisladores, pasar directamente de su escaño o curul a la silla presidencial ha quedado en un deseo. Para los embajadores o diplomáticos, la situación tampoco ha sido distinta.

De los quince presidentes de la República que han tomado posesión desde 1934 para un periodo sexenal, doce de ellos tuvieron, como cargo previo, una posición en el gabinete de su antecesor.

Las excepciones fueron Vicente Fox (2000) y Enrique Peña Nieto (2012), quienes se desempeñaron como gobernadores de sus respectivos estados, y Andrés Manuel López Obrador (2018), quien dirigía el partido político que había fundado. Los tres se beneficiaron de la alternancia en el poder.

De los quince candidatos oficialistas que contendieron en las elecciones presidenciales durante ese lapso, 14 salieron del gabinete y solamente en una ocasión del Congreso de la Unión.

En ese caso, la excepción fue Josefina Vázquez Mota (2012), quien lideraba la bancada del PAN en la Cámara de Diputados en la LXI Legislatura.

El gabinete ha sido, pues, el gran semillero de candidatos oficialistas y presidentes desde 1934.

La Secretaría de Gobernación ha dado cuatro presidentes y cinco candidatos del partido del gobierno; las desaparecidas secretarías de Guerra y Marina, y de Programación y Presupuesto, dos candidatos y dos presidentes, cada una.

Otros candidatos y presidentes han surgido de las secretarías de Hacienda, Trabajo, Energía y Educación Pública. La Secretaría de Desarrollo Social (hoy de Bienestar) dio un candidato que no llegó a competir en la elección porque fue asesinado (nota: esta lista se basa en el último cargo de gabinete que ocupaba el candidato antes de su postulación).

La sucesión presidencial de 2024, la más adelantada de los tiempos modernos, anticipa situaciones insólitas.

Los tres aspirantes del oficialismo que aparecen con mayores posibilidades de ganar la candidatura presidencial y suceder a Andrés Manuel López Obrador, dentro de dos años y nueve meses, ocupan actualmente posiciones que no han sido vías para llegar al poder en la historia moderna de México: la Secretaría de Relaciones Exteriores, el liderazgo del Senado de la República y la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

Desde la oposición, un conjunto de gobernadores espera que la suerte le sonría (del Estado de México, Jalisco, Nuevo León, Yucatán, Tamaulipas y Chihuahua, entre otros). Y aunque no sería totalmente desusado –como ya vimos— que alguien pasara de mandatario estatal a la Presidencia de la República, tampoco ha sido éste el camino más recorrido para llegar a Palacio Nacional.

La oposición también ha estado en busca de un personaje de la sociedad civil como eventual candidato, cosa que tiene pocos precedentes de relevancia en los tiempos modernos (quizá el más conspicuo sea Manuel Clouthier, en 1988).

Entre 1934 y 2000, quien perseguía la Presidencia tenía que atar sus aspiraciones a las del mandatario en turno. Era él quien decidía quien tenía posibilidades de sucederlo y quien no.

Como vimos en la anterior entrega de esta serie, el Ejecutivo en turno pocas veces pudo imponer a su preferido como candidato del partido gobernante, pero una buena parte del peso de la decisión recaía ultimadamente en él.

El gobernador guanajuatense Vicente Fox rompió con esa inercia, pasado incluso por encima de la dirigencia nacional del PAN para alcanzar la candidatura en 2000. Esa vez, el presidente Ernesto Zedillo vio negado su deseo de hacer candidato a Guillermo Ortiz, su secretario de Hacienda, porque el PRI impuso candados a sus aspirantes y resolvió la postulación mediante una elección interna.

Tampoco Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto ni Andrés Manuel López Obrador debieron su candidatura y su triunfo en las elecciones presidenciales al mandatario en turno. Calderón ganó la postulación a Santiago Creel, el favorito del presidente Vicente Fox, mientras que Peña Nieto y López Obrador llegaron al poder desde la oposición.

La última vez que un Presidente vio consumado su deseo de que lo sucediera su favorito fue en 1988, cuando Miguel de la Madrid se decidió por Carlos Salinas de Gortari como candidato del PRI. 

La sucesión de 2024 parece haber echado el reloj décadas atrás. Aunque el presidente Andrés Manuel López Obrador dice constantemente que él apoyará al candidato que gane la encuesta de Morena, no parece haber duda de que él será el fiel de la balanza.

Pero, ¿cómo comenzó el proceso que forjó la tradición mexicana de que el Presidente en turno lleve mano en la designación del candidato de su partido a sucederlo?  

Hay que remontarse inevitablemente a Plutarco Elías Calles, quien, tras el asesinato del presidente electo, Álvaro Obregón en 1928, se convirtió en el llamado “Jefe Máximo” de la Revolución Mexicana, imponiendo al presidente provisional Emilio Portes Gil; a los presidentes sustitutos Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, y al presidente constitucional Lázaro Cárdenas, primero que duraría seis años. 

En esos tiempos a nadie le cabía la menor duda de que Calles –quien había terminado formalmente su período en la Presidencia el 1 de diciembre de 1928, 137 días después del homicidio de Obregón— era en realidad quien ejercía el poder en el país.

“Aquí vive el Presidente pero el que manda vive enfrente”, decía una pinta a los pies del Castillo de Chapultepec a principio de los años 30, cuando Ortiz Rubio ocupaba el Ejecutivo. “Enfrente” era la casona de Calles, en la avenida Mariano Escobedo, donde se realizaban las reuniones de gabinete, con o sin la presencia de Ortiz Rubio.

Cuando el michoacano renunció a la Presidencia, en septiembre de 1932, Calles decidió que quien concluyera aquel turbulento primer sexenio de la era posrevolucionaria (1928-1934) fuera su paisano Abelardo L. Rodríguez. Y para suceder a éste, palomeó la candidatura de Lázaro Cárdenas, a quien llamaba cariñosamente “Chamaco” desde los tiempos en que éste abandonó las filas del general José María Maytorena, por su alianza con Francisco Villa, reportándose con Calles en Agua Prieta.

“En marzo de 1915 me presenté con el general Calles y, durante la campaña que hicimos en aquel estado (Sonora) contra Maytorena y Villa, pude apreciar en él al hombre de carácter y firmes convicciones y puse entonces bajo su mando el entusiasmo de mis veinte años”, escribió Cárdenas en sus Apuntes, muchos años después.

En 1920, siendo comandante en la Huasteca, Cárdenas se adhirió al Plan de Agua Prieta, en la que los generales sonorenses se sublevaron contra el presidente Carranza, por la pretensión de éste de imponer como sucesor a Ignacio Bonillas.

De la mano de Calles, Cárdenas escaló grados militares, fue gobernador de su estado natal, presidente del Partido Nacional Revolucionario y secretario de Guerra y Marina.

Cuando llegó el tiempo de la sucesión presidencial, Calles lo impulsó a la Presidencia de la República por encima de precandidatos de mayor edad y experiencia que él como Manuel Pérez Treviño y Carlos Rivapalacio. Como condición, debió incluir a renombrados callistas en su gabinete, como Rodolfo Elías Calles Chacón, hijo del Jefe Máximo.

El presidente Cárdenas rompería con Calles, por su constante intervención en la dirección de la política nacional, enviándolo al exilio en abril de 1936.

Con esa decisión se fortalecería el papel del Presidente de la República en la designación de su sucesor. De hecho, en ese sexenio quedó informalmente establecido que el poder del Presidente sólo duraría un sexenio y que, al terminar éste, el Ejecutivo abandonaría cualquier pretensión de seguir mandando desde la sombra.

Las siguientes diez sucesiones presidenciales se llevarían a cabo bajo esas reglas. El Presidente en turno no siempre podría imponer su predilección como candidato del partido de la Revolución, pero tendría, al menos, un indiscutible poder de veto.

Así, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo le deberían su candidatura presidencial y su ascenso al Ejecutivo a su antecesor.

Por diferentes razones, durante ese lapso los presidentes en turno nunca apoyaron en sus aspiraciones a sus respectivos cancilleres ni a los jefes del entonces Departamento de Distrito Federal –que eran parte del gabinete—ni a líderes del Congreso.

Y no fue porque entre ellos no hubiera quienes tuvieran aspiraciones políticas.

La tuvo, sin duda, el canciller Ezequiel Padilla (1940-1945), quien rompió con el régimen para lanzar su frustrada candidatura presidencial en 1946 por el Partido Democrático Mexicano, en la que fue derrotado por Miguel Alemán Valdés. Otro canciller que se entusiasmó con la posibilidad fue Jorge G. Castañeda (2000-2003), quien, a falta de partido que lo postulara, dio la batalla por ser candidato independiente, y al hacerlo, se convirtió en promotor de dicha figura que, años después, sería reconocida legalmente. 

Tuvieron aspiraciones, asimismo, los regentes Javier Rojo Gómez (1940-1946), Fernando Casas Alemán (1946-1962), Ernesto Uruchurtu (1952-1966), Alfonso Corona del Rosal (1966-1970), Carlos Hank González (1976-1982), Ramón Aguirre Velázquez (1982-1988) y Manuel Camacho Solís (1988-1993).

La tuvo también, sin posibilidades de asirse al poder presidencial de en ese momento, el jefe de gobierno capitalino Marcelo Ebrard (2006-2012), quien vio frustrada su candidatura al perder en una encuesta con Andrés Manuel López Obrador. 

Tampoco le faltaron ganas al senador Gabriel Ramos Millán, quien logró posicionarse como potencial sucesor de Miguel Alemán –cuya admiración por el sistema político estadunidense lo llevó a creer que los siguientes candidatos presidenciales debían surgir del Congreso—hasta que murió en un accidente aéreo en 1949.

El líder senatorial Manuel Moreno Sánchez fue otro legislador que acarició la idea en 1964, pero tan solo fue su pura imaginación, pues el presidente López Mateos lo paró en seco.

Como decimos arriba, las circunstancias no han querido que —en un largo plazo, que ya rebasa el siglo— el ocupante de Palacio Nacional surja directamente de la Secretaría de Relaciones Exteriores, la jefatura política de la capital o el Poder Legislativo. Pero todo parece indicar que en 2024 hay muchas posibilidades de que se rompa ese maleficio.

Si Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal o Claudia Sheinbaum alcanzan la candidatura presidencial de Morena en 2024 o si alguno de ellos decidiera contender por la oposición, se romperían tradiciones muy arraigadas en la política mexicana.

Lo mismo, si la postulación fuera para los embajadores Juan Ramón de la Fuente y Esteban Moctezuma, mencionados por el presidente López Obrador como prospectos para sucederlo.

En cambio, si la postulación por parte del oficialismo fuera para las también mencionadas Tatiana Clouthier o Rocío Nahle, se repetiría la costumbre de que el candidato procede del gabinete.

Misma situación ocurriría con Adán Augusto López, cuyo ascenso a la Secretaría de Gobernación hizo que se colocara en el tablero de la sucesión, aunque el formalmente el Presidente nunca se haya referido a él como posible candidato, lo mismo que sucede con Ricardo Monreal.

Encontrar la última vez que un canciller, un jefe político de la capital, un embajador o un legislador pasaron sin escalas a la Presidencia de la República requiere un ejercicio de memoria que hace que uno se remonte a tiempos turbulentos para el país.

En abril de 1896, durante el Porfiriato, se reformó el artículo 79 de la Constitución para que las ausencias del Presidente de la República fuesen cubiertas por el secretario de Relaciones Exteriores. El texto original del mismo artículo de la Carta Magna de 1857 disponía que fuese el presidente de la Suprema Corte de Justicia. Eso llevó a que, durante dos décadas, la Cancillería se convirtiera en reservorio del Ejecutivo y a que Díaz colocara en ella a Enrique C. Creel en 1910, a la muerte de Ignacio Mariscal, quien había ocupado el cargo durante casi todo el mandato. La idea era proyectar a Creel y se convirtiera en sucesor de Porfirio Díaz, cosa que, evidentemente, no cuajó.

Sin embargo, dicha disposición constitucional sí tuvo efectos en los siguientes cuatro años pues cuatro de los siguientes cinco ocupantes del Ejecutivo provendrían de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

A la caída de Díaz, en mayo de 1911, la Presidencia interina correspondió al entonces canciller Francisco León de la Barra. Éste le entregó el poder al Francisco I. Madero, depuesto y asesinado por Victoriano Huerta en la Decena Trágica. Para cubrir con una formalidad constitucional durante el golpe de Estado, Huerta hizo que el canciller maderista Pedro Lascuráin asumiera el Ejecutivo durante 45 minutos, entre las 17:15 y las 18:00 horas del 19 de febrero de 1913, sólo para que él lo nombrase secretario de Relaciones Exteriores y pudiera así asumir la Presidencia. Luego, la huida de Huerta, en julio de 1914, ante el avance de las fuerzas carrancistas, hizo que el poder recayera, como interino, en Francisco S. Carvajal, último canciller de ese régimen, quien sería sucedido por el primer Presidente provisional surgido de la Convención Revolucionaria, Eulalio Gutiérrez.

Firmados los Tratados de Teoloyucan con el Ejército Constitucionalista, el 13 de agosto de 1914, el campechano Carvajal se embarcó en Veracruz hacia Estados Unidos, de donde no regresaría hasta 1922. El 3 de julio de 1919, el cónsul de México en Nueva York, Emilio Salinas, informó al canciller Cándido Aguilar, que Carvajal, “considerado enemigo del régimen”, se encontraba en esa ciudad.

Así que ese período de 1915, en menos de un mes, fue la última ocasión que un secretario de Relaciones Exteriores ocupó la Presidencia de la República. Desde entonces, varios cancilleres han tenido la aspiración de alcanzar el Ejecutivo, pero no han logrado concretarlo.

Sin duda, el caso más concreto ha sido el de Ezequiel Padilla, quien renunció al cargo, en octubre de 1945, para lanzar su campaña presidencial. Lo hizo en medio del deterioro de su imagen pública, pues el acercamiento que el gobierno del presidente Manuel Ávila Camacho había tenido con Washington con motivo de la Segunda Guerra Mundial hizo crecer la desconfianza en quien había ocupado la Secretaría de Relaciones Exteriores desde el inicio del sexenio.

“Hipersensible, como muchos funcionarios públicos, Padilla retó a sus críticos para que le dijeran si en su gestión se había enajenado la soberanía nacional”, escribe el politólogo Alberto Enríquez Perea en su perfil sobre Padilla en la obra Cancilleres de México, publicada en 1992 por la SRE.

En 1945, con el inicio de la posguerra, “el concierto internacional iniciaba una nueva época”, apunta Enríquez Perea. “En México, como en otros países, se tuvieron que cambiar las estrategias y los actores políticos. Ezequiel Padilla estaba en esa situación. Cuando salió de la Secretaría de Relaciones Exteriores, dejó de ser el fiel intérprete del pensamiento del Presidente de la República para pasar a ser un enemigo jurado de las instituciones. Pasó de héroe a villano, de revolucionario a traidor”.

El guerrerense había sido miembro distinguido de la Revolución: dos veces diputado federal en el gobierno de Obregón, procurador General de la República, fiscal en el juicio contra José de León Toral y secretario de Educación Pública. Después de su ruptura con el régimen, el expresidente Lázaro Cárdenas lo señaló en sus Apuntes como un ser “maquiavélico”, por el papel que jugó en la ruptura que éste tuvo con Calles, al hacer públicas las declaraciones del sonorense contra Cárdenas, y lo pintó como un títere de Estados Unidos.

Quizá uno de los mejores oradores que ha tenido el país, Padilla lanzó su candidatura presidencial por el Partido Democrático Mexicano. Arrastró durante su campaña una fama de narcisista y una admiración desmedida, aunque sincera, por Estados Unidos, cosas que fueron aprovechadas por sus enemigos políticos para atacarlo. Como Vicente Lombardo Toledano, exsecretario general de la CTM y líder del Partido Popular, quien, en un discurso frente al Monumento a la Revolución, en diciembre de 1945, hizo público su apoyo al candidato presidencial oficialista Miguel Alemán Valdés y tachó a Padilla de “lunático desorbitado” y “extraviado”, quien pretendía alcanzar la Presidencia mediante “la traición, el disimulo, el chantaje y la alevosía” (Soledad Loaeza, Nexos, abril de 2014).

En los comicios presidenciales del 7 de julio de 1946, Padilla fue fácilmente derrotado por la maquinaria del régimen revolucionario. Obtuvo oficialmente 19.3% de los votos, contra 77.9 de su contrincante Miguel Alemán.

Muchas desventuras han también sufrido los jefes políticos de la capital del país (gobernadores, regentes y sus sucesores) en su intento de llegar al cargo más alto de la República.

La historia registra que sólo diez de los 65 ocupantes de la Presidencia de la República tuvieron en su experiencia haber sido la principal figura política de la Ciudad de México: Manuel Gómez Pedraza, José Joaquín de Herrera, Mariano Paredes, Manuel María Lombardini, Pedro Anaya, Martín Carrera, Rómulo Díaz de la Vega, Porfirio Díaz, Álvaro Obregón y Andrés Manuel López Obrador.

De ellos, solamente el poblano Carrera pasó directamente de un cargo a otro. Gobernó la capital entre el 2 de enero de 1853 y el 15 de agosto de 1855, fecha en que asumió la Presidencia de manera interina por un mes, a la caída de Antonio López de Santa Anna, derrocado por la Revolución de Ayutla.

Tiene, pues, más de 166 años que nadie logra concretar un tránsito político que muchos consideran obvio en un país centralista como México: pasar directamente de mandar en la Ciudad de México a mandar en el país.

En tiempos democráticos pero incluso durante muchos períodos de conflicto interno, recorrer políticamente el tramo de 200 metros que separan el Palacio del Ayuntamiento y el Palacio Nacional ha sido, en los hechos, el paso de la muerte. Muchas carreras políticas han sucumbido en ese abismo.

Como ya mencionamos, en las últimas ocho décadas, ocho políticos encumbrados, que llevaban las riendas de la política en la capital, fracasaron en su intento de llegar a la Presidencia.

Uno de esos naufragios fue el que experimentó Fernando Casas Alemán, jefe del Departamento del Distrito Federal durante el gobierno alemanista.

Nacido en Córdoba, en 1905, Casas Alemán fue gobernador de Veracruz entre 1939 y 1940, cargo en el que le tocó enfrentar los efectos de la Expropiación Petrolera. Inició su carrera política al lado del entonces mandatario estatal Miguel Alemán, de quien fue secretario general de gobierno y a quien sustituyó en la gubernatura cuando éste fue designado coordinador de la campaña presidencial de Manuel Ávila Camacho, en abril de 1939.

Fernando Casas Alemán se ligó con Miguel Alemán Valdés desde antes. Ambos, junto con Gabriel Ramos Millán, formaban parte de un grupo de abogados que defendían los derechos laborales de mineros hidalguenses y lograron que se reconociera la silicosis como una enfermedad laboral. 

Ya siendo presidente Ávila Camacho, Alemán se trajo a la Ciudad de México a su amigo como subsecretario de Gobierno. En 1946 fue elegido senador, cargo al que pidió licencia para ocupar la regencia capitalina. En ese tiempo, la jefatura del DDF era una posición del gabinete presidencial.

La repentina muerte, en febrero de 1948, de Héctor Pérez Martínez, primer secretario de Gobernación del presidente Alemán, quien aparecía como favorito para sucederlo, alteró la carrera presidencial, y Casas Alemán, junto con el senador Ramos Millán fueron proyectados al primer plano. Un fatal accidente de avión, en el que murió éste, en septiembre de 1949, dejó al regente capitalino como aparentemente el único sucesor posible.

Sin embargo, la soberbia hundió a Casas Alemán, como no lo habían hecho ni siquiera los señalamientos de corrupción que lo llevaron a ser conocido como Casitas. En un momento de prueba, el Presidente, quien había mandado construir la Ciudad Universitaria, para atender la necesidad de ampliar la oferta educativa de la UNAM, ofreció al regente reconocer su papel en la obra poniéndole su nombre a alguna parte del nuevo complejo.

Avorazado, escogió la vialidad que unía el centro de la capital con CU. Años después, los estudiantes se encargarían de rebautizar con letreros hechizos a la pomposa Avenida Casas Alemán como Avenida Universidad. Y el regente perdió la carrera presidencial contra el austero Adolfo Ruiz Cortines, aunque, como premio de consolación, una colonia cercana al aeropuerto se llama como él.

Para los legisladores, dar el paso de forma directa a la Presidencia se ha quedado en una aspiración. De los últimos 20 ocupantes del Ejecutivo, solamente ocho tuvieron experiencia legislativa previa (aunque tres de los últimos cuatro forman parte de esa lista): Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. En ningún caso, esos presidentes fueron diputados o senadores en el momento de ser candidatos presidenciales o de alcanzar el poder por algún otro medio. 

Más aun, de los 33 candidatos que aparecieron en la boleta de una elección presidencial entre 1988 y 2018, solamente cinco eran legisladores en el momento de su postulación.

Como decimos arriba, el senador Gabriel Ramos Millán estaba encarrilado para ser sucesor de Miguel Alemán, quien estaba a favor de que los presidentes sugieran del Congreso –como sucedía en Estados Unidos—pero un accidente aéreo, sucedido cuando viajaba de Oaxaca a la Ciudad de México, en septiembre de 1949, terminó con esa posibilidad.

En cuanto a los embajadores, la última vez que alguien que ocupaba un puesto diplomático fue fichado como candidato a la Presidencia, fue en 1929. Pascual Ortiz Rubio era el embajador de México en Brasil cuando le ofrecieron ser el primer candidato del Partido Nacional Revolucionario. Su Presidencia fue desafortunada y efímera, pues renunció al cargo al día siguiente de presentar su informe en 1932.

Por tanto, si se cumplen las expectativas de que Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal o Claudia Sheinbaum –o incluso Juan Ramón de la Fuente o Esteban Moctezuma—se conviertan en quien suceda a Andrés Manuel López Obrador en 2024, se habrá roto una larga sequía para los cancilleres, jefes de gobierno capitalinos, legisladores y embajadores.

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