Niños venezolanos echan raíces en las aulas de la SEP

Familias migrantes forman redes de apoyo para enviar a sus hijos a la escuela y agradecen la oportunidad de poder estudiar sin las carencias que sufrían en las aulas de Venezuela

Jofran estudia en una primaria cercana al campamento donde su familia y unos 200 migrantes viven en la alcaldía Gustavo A. Madero
Jofran estudia en una primaria cercana al campamento donde su familia y unos 200 migrantes viven en la alcaldía Gustavo A. MaderoClaudia Solera

Jofran tiene 11 años y hoy tiene una certeza que aprendió lejos de casa: le gusta más la escuela en México que en Venezuela.

Aquí le enseñaron a hacer divisiones y multiplicaciones. Tiene una maestra que se llama Karina y que, dice, lo trata muy bien. Están Fernanda, Majo y Jesús, sus amigos.

Por primera vez en mucho tiempo, puede ir a clases de lunes a viernes y tener servicios básicos en su escuela, como agua y luz. 

En Venezuela, su país de origen, a veces sólo podía estudiar dos días a la semana. Faltaban maestros.

Los profesores que quedaban tenían que juntar en un mismo salón a estudiantes de distintos grados. En algunas comunidades, las clases se reducían también, porque los apagones eran frecuentes. En algunas zonas tampoco había agua. Y las escuelas, muchas veces, no tenían las condiciones para recibir a todos los alumnos.

No me daban casi estudio, no me enseñaban”, cuenta Jofran en entrevista con Excélsior.

Ahora cursa sexto de primaria en una escuela pública de la SEP, cercana al campamento donde su familia y unos 200 migrantes –en su mayoría venezolanos– viven, ubicado en la colonia Vallejo de la alcaldía Gustavo A. Madero.

En la portada de su cuaderno pintó una bandera mexicana que ilustra el inicio de este ciclo escolar 2026-2027 y este mes patrio.

Quiere ser bombero. También policía. Y después estudiar ingeniería mecánica.

Su historia es la de miles de niñas y niños venezolanos que llegaron a México, tras un éxodo iniciado en 2020, en busca del sueño americano, mucho antes de que pudieran pisar un salón de clases.

Para llegar al país, las familias migrantes deben recorrer en promedio siete naciones y más de 3 mil 600 kilómetros. Cruzaron Colombia, Panamá y varios países de Centroamérica, haciendo pausas de varios meses en el trayecto. En ese tránsito nacieron niños que luego continuaron el viaje en brazos de sus padres.

La ruta hacia Estados Unidos parecía el destino final, pero la puerta se cerró.

Miles de familias que aguardaban su turno a través de la plataforma CBP One, quedaron varadas en México, luego de que las solicitudes de refugio fueran canceladas por orden del presidente estadunidense, Donald Trump, y la aplicación dejara de operar en enero de 2025.

El sueño cambió de rumbo. México dejó de ser un territorio de paso para convertirse, al menos por ahora, en el lugar donde esta infancia está creciendo.

“¿Cómo apostillo un acta de nacimiento de Panamá? ¿O una de Colombia?”, le preguntan con frecuencia a Farida Acevedo sobre los menores nacidos durante la travesía.

Farida es activista por los derechos humanos, integrante de la Fundación Humana y Libre y de la Plataforma Ciudadana Venezuela Somos Todos. Ha acompañado a estas familias en el proceso de reconstruir sus vidas desde que este campamento improvisado comenzó a formarse entre 2022 y 2023. 

En el camino, descubrió un rostro poco visible en las fotografías de la migración: la infancia que se desarrolló en el trayecto, niños que cruzaron fronteras sin documentos definitivos y que hoy necesitan algo tan elemental como ir a la escuela o regularizar su nacionalidad.

La puerta que sí se abrió

Para entrar a las aulas de educación básica de la SEP, la condición migratoria no fue una barrera.

Las familias han logrado inscribir a sus hijos en escuelas cercanas, aun cuando algunos trámites y documentos estén pendientes.

Andrea, venezolana y madre de Jofran y de tres niños más, consiguió inscribirlos a todos.

No nos han puesto ningún obstáculo”, afirma para Excélsior.

Acta de nacimiento de los niños, tarjeta de vacunación y la cédula de identidad venezolana de Andrea fueron parte de los documentos que le solicitaron.

Farida Acevedo ha acompañado a las familias migrantes a reconstruir sus vidas desde la formación del campamento improvisado en la colonia Vallejo
Farida Acevedo ha acompañado a las familias migrantes a reconstruir sus vidas desde la formación del campamento improvisado en la colonia VallejoClaudia Solera

Sin embargo, uno de los desafíos para poder llevar a sus cuatro hijos a la escuela eran los recursos económicos para cumplir con la lista de útiles escolares que pedían: cuadernos, lápices, colores, pero también artículos de limpieza, trapos de microfibra y hasta dos litros de cloro.

Las listas sorprendieron a Farida cuando comenzó a ayudar a estas familias para conseguir los útiles.

Son bastante extensas y sabemos que es un reto para ellos conseguir todo lo que necesitan en la situación en la que están”.

La respuesta vino de la propia comunidad. Redes de amigas venezolanas y mexicanas organizaron un money pool —crowdfunding— titulado “Juntos por Venezuela: Útiles 2026” y abrieron una lista de deseos en Amazon para que cualquier persona pudiera donar insumos directamente. 

Las familias migrantes envían a Farida por WhatsApp la foto de la lista con el sello de la escuela y la red responde: un cuaderno, un paquete de lápices, un limpiador multiusos.

Esto no lo lograríamos sin el aporte de muchísima gente”, señala Farida, al destacar la solidaridad de la comunidad venezolana radicada en México.

“¿A qué vamos a regresar?”, se cuestiona Andrea. Ella salió con su esposo y cuatro hijos de la ciudad de San Cristóbal, en el estado Táchira.

La educación, la salud y el trabajo se habían vuelto cada vez más difíciles. No encontraba empleo. Y decidió emigrar con sus niños.

El plan era continuar el tránsito hacia Estados Unidos. Esperaron una cita. Nunca llegó. Después, la aplicación móvil fue cerrada. Y la familia se quedó en México.

Volver a Venezuela tampoco es una opción, menos aún tras el devastador sismo del pasado 24 de junio, cuando dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron el país con menos de un minuto de diferencia, dejando un saldo oficial de 5 mil 546 muertos y más de 16 mil heridos.

Farida habla de la educación como un mecanismo de supervivencia.

Mientras más educación tiene una persona, más posibilidades tiene de salir de una situación difícil”, asegura.

No se trata solamente de aprender matemáticas, español o ciencias. Se trata de adquirir herramientas. De ampliar el mundo.

Entra un niño a la escuela y cuando sale es otra persona”, insiste Farida.

Y en Venezuela era algo tan básico a lo que Jofran no tenía acceso. 

La crisis educativa ha dejado aulas sin maestros y escuelas con infraestructura deteriorada.

La Federación Venezolana de Maestros ha documentado la salida de alrededor de 80 mil docentes de las aulas, que la mayoría ya está fuera del país. A esto se suman problemas: apagones y falta de agua que dificultan la continuidad de las clases.

Los maestros que permanecen en Venezuela hacen lo que pueden. Y ni siquiera es posible que una clase ocurra todos los días.

Jofran, como cualquier niño de 11 años, no habla de migración, cuenta sobre su maestra, de sus amigos, sobre cada punto extra si cumple con las tareas.

Y cuando se le pregunta por qué es importante ayudar a los niños migrantes a que estudien, responde sin dudar:

porque te abre la mente”.