“Está un poquito más caro”, reconoció el presidente estadunidense en referencia al precio de los combustibles, en la convención republicana de Carolina del Norte. “Es un precio muy barato para lo que hemos logrado, recuerden eso. Está un poquito más caro, pero, francamente, aunque hubiera sido mucho más. Eso va a bajar muy pronto”, aseguró. “Después de la elección”.
“Nos está yendo tan bien que les voy a hacer una promesa”, había anunciado la semana anterior en Dallas, en un evento similar. “Si los republicanos ganan la Cámara de Representantes y el Senado, debido a nuestro enorme éxito, voy a establecer un dividendo de 5 mil dólares para cada ciudadano estadunidense mayor de edad. Si los republicanos ganan, ustedes ganan con nosotros y se llevan 5 mil dólares. Le llamaremos el Dividendo Trump”, declaró sin tratar de matizar sus palabras. Las elecciones, queda muy claro, cada día están más cercanas.
El tiempo se agota para un mandatario cuyas políticas públicas serán evaluadas en las urnas en menos de 45 días. El incremento en el precio del diésel termina trasladándose a la economía de cada familia en alimentos, servicios y transporte: en febrero de este año, al comienzo de la guerra contra Irán, el precio del combustible era de 3.76 dólares por galón; el viernes pasado, a casi siete meses de iniciado el conflicto, el diésel alcanzó la cifra récord de 6.45 dólares. Las cifras son demoledoras, sobre todo en lo que de verdad importa a los estadunidenses: más allá de las propuestas de campaña, y los supuestos triunfos militares, el costo de la vida se ha vuelto inasequible para el ciudadano común y corriente. Los precios, según advirtió el presidente, no bajarán hasta que termine la guerra con Irán: la culpa del incremento, afirmó días después, le corresponde al presidente de Ucrania por actuar en defensa de su país frente a las agresiones rusas. Los índices de aprobación, mientras tanto, han seguido descendiendo.
“Es un precio muy barato para lo que hemos logrado”, aseguró el mandatario tratando de convencer a un electorado que ha dejado de creerle. La aprobación presidencial se encuentra por debajo del 50% en los estados rurales –uno de los bastiones tradicionales del Partido Republicano– y, en general, el 70% de los votantes desaprueba la forma en que ha manejado la guerra: una guerra que, además, nunca tuvo el respaldo masivo de la población estadunidense. Es muy poco, en realidad, lo que puede hacer el gobierno estadunidense para contener los precios en este momento: más allá de liberar recursos de la Reserva Estratégica de Petróleo, otorgar exenciones a las normas o permitir la venta de combustible con más etanol, lo que ya ocurrió en los tres casos, una solución plausible sería la prohibición parcial o total a las exportaciones de diésel, como fue propuesto por el senador John Thune, de Dakota del Norte. México importa, cabe recordarlo, casi la mitad de su consumo de diesel de EU.
“Los recursos públicos no son infinitos”, advirtió la presidenta Sheinbaum a los agricultores y transportistas que, apenas en abril pasado, paralizaron el país por el incremento al precio de los combustibles. Los problemas no se han resuelto, y la tensión social sigue vigente: lo que ocurriría, en caso de que se restringieran las importaciones de diésel a nuestro país y además se incrementaran los precios, rebasa cualquier escenario. La guerra continúa, y las elecciones se aproximan: el presidente necesita contener el descontento a como dé lugar y tratar de salvar su campaña en unas cuantas semanas. Quien controla la llave no necesita cerrar el paso por completo para ejercer presión: la llave del diésel, en poco tiempo, se habrá convertido en otra herramienta de coerción política.
