Morena y sus designaciones

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

Morena ha colocado la encuesta en el centro de su método para definir candidaturas. La premisa es razonable: quien represente al movimiento debe acreditar militancia, aceptación social y capacidad electoral. El problema no está en la encuesta, sino en su aplicación: reglas claras, mediciones confiables y conducción para impedir que una competencia legítima termine en fractura.

Aunque faltan meses para las definiciones de 2027, los nombramientos de coordinadoras y coordinadores de la Defensa de la Transformación y la Soberanía son interpretados en el territorio como antesala de candidaturas. No equivalen jurídicamente a una postulación, pero ordenan lealtades, movilizan estructuras y generan expectativas e inconformidades. Son un ensayo de lo que vendrá.

La historia demuestra que los partidos perduran cuando saben procesar sus relevos. El Partido Demócrata estadunidense y el Conservador británico han atravesado casi dos siglos transformando sus mecanismos de decisión; el Congreso Nacional Indio sobrevivió al colonialismo, la independencia y profundas escisiones. Modelos distintos confirman una regla elemental: ninguna organización se mantiene fuerte si no sabe administrar la sucesión, integrar intereses y procesar la disputa interna.

México conoce bien esa lección. Durante décadas, el PRI sostuvo un sistema centralizado que funcionó mientras la designación también significó integración y expectativas. Cuando ese equilibrio se rompió, la Corriente Democrática, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, cuestionó en 1987 el método de sucesión presidencial. La posterior candidatura de Carlos Salinas de Gortari profundizó la ruptura y contribuyó a modificar el mapa político nacional. El PAN privilegió convenciones de militantes; el PRD abrió elecciones internas, pero sus corrientes demostraron que las urnas no bastan para resolver conflictos. Morena enfrenta un desafío semejante: decidir sin confundir unidad con silencio, ni pluralidad con desorden.

Muchos militantes de Morena nunca habíamos pertenecido a un partido. Nos afiliamos después de acompañar durante años a la izquierda mexicana, por convicción y porque creemos en la transformación democrática y social del país. Somos mujeres y hombres con décadas de experiencia pública, política, académica, profesional, empresarial y comunitaria. Para muchos, la transformación comenzó antes de recibir una credencial partidista.

Esa militancia debe ser reconocida sin categorías de primera y segunda. La encuesta mide conocimiento, preferencia y competitividad, pero no puede medirlo todo. Experiencia de Estado, honestidad, arraigo, capacidad de gobierno, formación, lealtad al proyecto y aptitud para construir acuerdos también importan. Una candidatura sólida debe sintetizarlos con paridad, representación territorial y compromiso programático. El mérito no puede reducirse a popularidad o cercanía.

Pertenecer a Morena significa aceptar principios, estatutos y decisiones de sus órganos; no renunciar al pensamiento crítico. La crítica responsable fortalece; el sabotaje y el rencor debilitan. La disciplina democrática no es obediencia personal, sino responsabilidad frente al proyecto colectivo.

En 2027 se renovarán la Cámara de Diputados y numerosos gobiernos locales. Ese Congreso acompañará el segundo trienio de la presidenta Claudia Sheinbaum, con la relación con Estados Unidos y el marco comercial norteamericano como desafíos que exigirán experiencia e interlocución.

Por eso el oficio político será insustituible. No consiste en repartir posiciones para apagar inconformidades ni en imponer decisiones invocando la unidad. Consiste en reconocer liderazgos, escuchar al territorio, explicar decisiones e integrar con dignidad a quienes participaron y no resultaron postulados.

Las diferencias son naturales; las fracturas permanentes no tienen por qué serlo. El reto de Morena será convertir competencia en organización, organización en unidad y unidad en gobernabilidad. Porque ganar una encuesta puede definir una candidatura; saber conducir a quienes participaron puede definir el futuro de un movimiento.

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