Su democracia y la nuestra

Cecilia Soto

Cecilia Soto

Editorial

 

¿Por qué la Presidenta se vio en la  necesidad de incluir en la ceremonia del 15 de septiembre, “Viva la Democracia”? Me gusta la explicación que da el científico cognitivo, George Lakoff, en su clásico No pienses en un elefante: los políticos mienten cuando se saben débiles. Cuando reconocen que no pueden salir al balcón presidencial y gritar lo que verdaderamente quieren. Por ejemplo, para el caso de México, qué tal si Sheinbaum hubiera gritado, “¡Viva quedarnos 50 años en el poder!” O “¡Muera la oposición!”; O “¡Viva la sobrerrepresentación inconstitucional!” y agréguele usted de su ronco pecho. 

Según la Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI) del Inegi, levantada en 2020, una abrumadora mayoría de ciudadanos y ciudadanas, 65.2 por ciento, considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Y hay una razón para ello: desde sexto de primaria en adelante, el artículo tercero constitucional con su definición generosa de la democracia como un “sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”, se encuentra cincelado en el imaginario mexicano casi con tanta intensidad como el Sufragio Efectivo, No Reelección. 

Me refiero a la referencia moral, al marco mental, aunque en la práctica ese ciudadano que se sabe de memoria el artículo tercero, vote por quien se presente como demócrata aunque no lo sea. Por tanto, hay que mentir y alabar la democracia aunque crea tanto en ella como Lenin en su famoso ¿Qué hacer?, cuando desarrolló la tesis del centralismo democrático, que de democrático tenía tanto como pelos en su calva. Así que cuando la Presidenta lanza vivas a la democracia al mismo tiempo expresa su debilidad y una vulnerabilidad. En la gran mayoría de comparaciones internacionales sobre la intensidad o calidad de la democracia, a México ya no se le considera una democracia plena, sino un “sistema híbrido” por la erosión en las instituciones que garantizaban elecciones justas y libres o una “autocracia electoral”, especialmente a partir de la destrucción del Poder Judicial autónomo. 

Pero no necesitamos de los centros de investigación internacionales para saber que el actual gobierno ni cree ni gobierna en forma democrática. Tanto es así que para las elecciones del 2027 ha procurado completar la toma total del INE, y al mismo tiempo abrir espacio para la manipulación electoral allí donde lo necesite, debilitando la vigilancia ciudadana, abriendo la puerta para que funcionarios públicos como los Servidores de la Nación participen en la capacitación y/o integración de las casillas. Pero hay cuatro cuestiones que constituyen, así lo considero, una verdadera prueba de fuego para saber quién es demócrata. Posicionarse sobre:

1) La sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados  conseguida violando el principio reina de la democracia: la voluntad del pueblo que sólo le dio en las elecciones del 2024, 54% de los votos, robándose 20 puntos más Y corrompiendo a funcionarios del INE y del Tribunal Electoral. 

2) La demolición del Poder Judicial federal y estatales, no sólo con la imposición grotesca del método de “elección popular”, sino el uso descarado de instructivos o acordeones para garantizar conformar un Poder Judicial sumiso e incapaz de impartir justicia. Con ello han logrado un estado de profunda indefensión de la ciudadanía y un Estado de derecho casi inexistente.

3) Alineamiento con las dictaduras internacionales. La falta de apoyo a Ucrania contra la invasión Rusia, los ataques indiscriminados contra la población civil y el secuestro masivo de niños y niñas ucranianos para “rusificarlos” son violaciones masivas de los derechos humanos, ante los cuales México ha permanecido callado.

4) Venezuela: El apoyo al dictador Maduro y a su fraude electoral contra el partido Vente Venezuela y su líder, María Corina Machado, retrata la democracia a la que canta vivas la Presidenta: una vaciada de contenido que usó las elecciones para perpetuarse en el poder y conformó una dictadura a la cubana. El silencio ante la evolución dictatorial del régimen de Daniel Ortega y las constantes alabanzas y apoyo a la dictadura cubana son confirmaciones de que una es la democracia a la que le canta la Presidenta y otra a la que debemos aspirar.

La oportunidad la tenemos en las próximas elecciones de 2027: no hay prioridad más urgente y trascendente que la de ganar suficientes diputaciones de mayoría que haga imposible  que Morena pueda robarse nuevamente la mayoría constitucional. Se logró en las elecciones de  2021. Ahora hay mejores circunstancias para lograrlo: un mayor desgaste del partido gobernante; evidencias incontestables de una corrupción sin precedente, incluyendo las alianzas con el crimen organizado y las lecciones que aprendimos en la oposición de las elecciones del 21 y del 24. Se puede y se debe.

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