Donde la madera huele a amor

Ignacio Aguas Ávila convirtió la fabricación artesanal de barriles en un proyecto que preserva la tradición de Tequila, Jalisco, y fortalece la identidad mexicana.

Primer plano de las manos de un artesano manipulando virutas de madera durante la elaboración artesanal de barriles en Tequila, Jalisco.
Las manos de un artesano preparan la madera durante el proceso de fabricación de barriles artesanales en un taller de Tequila, Jalisco, donde la tradición sigue vigente.Excélsior / Ignacio Aguas

Imaginemos juntos el día a día de Ignacio Aguas. El fuego avanza lentamente por el interior de los pequeños barriles. La llama no destruye la madera; la transforma. Un artesano sostiene la pieza con ambas manos mientras otro la hace girar con la paciencia de quien conoce exactamente hasta dónde puede llegar el calor antes de quebrar la veta del roble. Los golpes de los mazos sobre los aros metálicos resuenan como un reloj antiguo que marca el ritmo del taller. El humo asciende despacio. El aserrín cubre el piso. Las manos de los artesanos están ennegrecidas por el carbón, pero se mueven con una precisión extraordinaria. Ningún movimiento parece improvisado. Cada tabla encuentra su lugar, cada aro abraza la madera con la tensión exacta y cada barril comienza a adquirir una personalidad distinta.

Mientras observo el proceso pienso que este lugar debería oler únicamente a madera recién cortada, a roble tostado y a fuego. Sin embargo, cuando le pregunto a Ignacio Aguas Ávila, mejor conocido como Nacho Barriles, cuál es el aroma que para él define este taller, responde con una serenidad que sorprende.

Donde la madera huele a amor / Entrevista a Ignacio Aguas
Excélsior / Ignacio Aguas

Aquí no huele a madera. Huele a amor.

La frase permanece suspendida unos segundos entre el humo y el ruido de los martillos. No parece una ocurrencia preparada ni una frase publicitaria. La dice mirando a los artesanos, como si la respuesta hubiera estado siempre frente a él. Entonces comprendo que no habla únicamente del olor del taller. Habla de la historia que lo llevó hasta aquí; de las personas que han construido este proyecto junto a él; de la familia que lo sostuvo cuando la idea parecía demasiado grande y rayaba en la locura; de las madrugadas, de las dudas, de los fracasos y también de los miles de barriles que hoy salen desde Tequila, Jalisco, rumbo a distintos rincones de México y del extranjero llevando algo que se desborda, simbólicamente, de la caja. La esencia de México.

Ignacio se detiene unos segundos para revisar una pieza, corrige apenas un detalle casi imperceptible y continúa la conversación sin perder el hilo. No tiene la actitud del empresario que supervisa desde una oficina. Se mueve con naturalidad entre los artesanos porque se siente uno de ellos. Es uno de ellos. Quizá porque nunca olvida de dónde viene.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Porque Nacho no comenzó vendiendo barriles.

Comenzó vendiendo cualquier cosa que pudiera ayudarlo a salir adelante.

Los barriles aparecieron casi por accidente

Antes de convertirse en emprendedor, antes de construir una marca reconocida dentro y fuera del país, fue un niño inquieto que descubrió muy temprano que vender era mucho más que intercambiar un producto por dinero. En la escuela ofrecía pinturas, maquillaje, cigarros y cualquier artículo que encontrara oportunidad de colocar. Más tarde trabajó en el campo. Aprendió que el esfuerzo físico tiene un valor que pocas veces aparece en los libros de administración y conoció la responsabilidad de pagar créditos bancarios cuando muchos jóvenes de su edad todavía no imaginaban el peso que tiene firmar un compromiso.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Lo cuenta sin dramatizar. Sin convertir la dificultad en epopeya. Habla de aquellos años con la naturalidad de quien entiende que todas esas pequeñas ventas fueron, en realidad, su primera escuela de negocios. Ahí aprendió algo que todavía hoy guía a la empresa: vender nunca consiste en convencer a alguien; consiste en entender qué necesita la otra persona.

No hay un momento exacto en el que decidiera convertirse en empresario. Ya era parte de su ADN. Lo que sí recuerda es que siempre quiso construir algo propio. Nunca se sintió cómodo imaginando una vida en la que otros decidieran el tamaño de sus sueños. Veía en su entorno gente insatisfecha bajo el esquema laboral establecido.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Iba por más. Y entonces, sucedió.

Los barriles aparecieron.

Le fascinaban desde mucho antes de pensar en fabricar uno. Los coleccionaba. Le parecían elegantes, profundamente mexicanos, capaces de contar una historia incluso cuando permanecían vacíos. Mientras comercializaba otros productos derivados del agave comenzó a notar que muchas personas preguntaban por ellos. Al principio apenas conseguía algunas piezas. Después quiso entender cómo nacían. Buscó a maestros toneleros, observó el proceso una y otra vez, aprendió a reconocer la madera, el fuego, los tiempos, la paciencia y terminó levantando un taller donde cada pieza continúa elaborándose de manera artesanal.

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Excélsior / Ignacio Aguas

No fue sencillo.

Reconoce que hubo momentos en los que dudó de sí mismo. Habla incluso del síndrome del impostor, esa sensación silenciosa de pensar que quizá todavía no estaba preparado para dirigir una empresa que crecía más rápido de lo que él mismo alcanzaba a comprender. En lugar de esconder esa incertidumbre decidió convertirla en una razón más para seguir aprendiendo.

Todos los días sigo aprendiendo. Cuando uno emprende nunca deja de aprender.

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Descubrió que nunca había vendido madera

Pero el descubrimiento que terminaría cambiando su vida no ocurrió cuando aprendió a fabricar un barril. Ocurrió cuando entendió por qué la gente los compraba.

La historia que terminó de cambiar su manera de entender el negocio llegó desde Estados Unidos y tenía como pretexto una fiesta de quince años.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Un hombre le escribió para comprar varios barriles que servirían como mesas durante la celebración de su hija. La operación transcurrió con normalidad hasta que, una vez entregado el pedido, el cliente volvió a llamarlo. Esta vez no era para hablar de medidas ni de tiempos de entrega.

Quería contarle una historia.

"Nacho —le dijo—, los barriles están hermosos. La verdad es que las fotografías no les hacen justicia. Pero necesito decirte por qué los compré."

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Le explicó que había visto los barriles en TikTok y que desde el primer momento supo que debían estar en la fiesta, incluso antes de preguntarle a su hija si le gustaban.

"Yo ya había decidido comprarlos. Me daba igual si ella los quería o no. Iban a estar en sus quince años porque yo los iba a pagar."

Entonces vino la verdadera razón.

Cuando era niño, su padre tenía un pequeño barril muy parecido en la sala de su casa, en México. Le encantaba presumirlo cuando recibía visitas. Servía un trago de tequila, reunía a la familia y aquel barril terminaba siendo el centro de la convivencia. Con el paso de los años emigró a Estados Unidos. Habían transcurrido veinticinco años sin regresar a México. Su padre murió mientras él vivía lejos y nunca pudo despedirse.

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Cuando abrió las cajas y tuvo los barriles frente a él, ocurrió algo que no esperaba.

"Vi el barril... y vi a mi papá."

Los abrazó.

"Tenía veinticinco años sin sentir algo así. Ese barril me lo regresó por un momento."

Nacho guarda unos segundos de silencio al recordar aquella llamada. Después admite que fue entonces cuando comprendió que el trabajo de todo el taller iba mucho más allá de fabricar piezas artesanales.

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Aquellos barriles no habían viajado únicamente para decorar una fiesta de quince años. Habían cruzado la frontera cargando algo mucho más valioso: la memoria de un padre, la nostalgia de un hijo y un pedazo de México que seguía intacto después de un cuarto de siglo.

"Ahí entendí que nosotros no vendemos madera", dice con una mezcla de orgullo y humildad. "Lo que hacemos es ayudar a que las personas vuelvan a encontrarse con sus recuerdos."

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Excélsior / Ignacio Aguas

Aquella escena cambió para siempre la manera en que Nacho entendía su propio trabajo. Hasta entonces pensaba que fabricaba piezas artesanales de gran calidad. Ese día descubrió que, en realidad, estaba construyendo puentes invisibles entre la memoria y las personas. Comprendió que un barril podía viajar miles de kilómetros sin perder la capacidad de transportar algo mucho más poderoso que el tequila: la identidad de quien un día tuvo que marcharse.

Cuando vuelve a su memoria esa escena, baja ligeramente la voz. Ya no habla de una venta. Habla de un hombre que volvió a abrazar un pedazo de México después de un cuarto de siglo viviendo lejos de casa.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Ese día entendí que nosotros no hacemos solamente artesanías. Lo que hacemos es conectar a las personas con sus recuerdos.

La historia volvió a repetirse, aunque de una manera completamente distinta.

Tiempo después llegó al taller una petición que jamás habría imaginado recibir.

Una familia quería un barril personalizado. No sería un regalo, ni una pieza decorativa, ni un recipiente para añejar tequila. Querían colocar en su interior las cenizas de una persona que había fallecido y cuya vida había estado profundamente ligada al tequila, a las reuniones familiares y a esa cultura que el pequeño barril representaba mejor que cualquier otro objeto.

Durante unos segundos no supo qué responder.

Hasta ese momento siempre había pensado que sus barriles acompañaban momentos felices: bodas, aniversarios, cumpleaños, inauguraciones, brindis. Nunca había imaginado que también podían convertirse en un refugio para despedirse de alguien.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Aceptó hacer la pieza.

Mientras la fabricaban, el trabajo adquirió un significado completamente distinto. Ya no estaban lijando madera ni colocando aros metálicos. Estaban construyendo el lugar donde una familia conservaría, para siempre, el recuerdo físico de una persona querida.

Aquella experiencia le enseñó que un objeto artesanal puede trascender su utilidad. Un barril deja de ser un recipiente cuando alguien deposita en él una parte de su historia. Puede contener tequila, sí, pero también puede guardar ausencias, gratitud, amor y memoria.

Fue entonces cuando terminó de convencerse de algo que hoy repite con absoluta certeza.

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Excélsior / Ignacio Aguas

"No vendemos barriles. Acompañamos historias."

Poco tiempo después apareció otra anécdota imposible de olvidar.

Una pareja había encargado varios barriles personalizados para su boda. Todo estaba listo hasta que la enfermedad apareció de manera inesperada. La ceremonia tuvo que cancelarse, hasta nuevo aviso. Lejos de cancelar, la mujer, quien había dado el anticipo del 50 por ciento, le pidió que le hiciera los barriles que alcanzara con ese presupuesto. Ella los quería para abrazarlos como un estímulo de apoyo emocional para superar la crisis de salud.

Cuando Nacho supo lo ocurrido decidió entregarles el pedido completo. Esos barriles se transformaron en una forma de acompañarlos en momentos difíciles.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Cuando termina de contar la historia hace una pausa. No presume el gesto. Ni siquiera parece darle demasiada importancia. Para él fue simplemente hacer lo que consideraba correcto. Sin embargo, esa decisión explica mucho mejor la filosofía de la empresa que cualquier declaración institucional.

Lo que realmente compra quien adquiere un barril

Entonces le pregunto qué compra realmente alguien cuando adquiere uno de sus barriles.

Sonríe.

Piensa unos segundos.

Y responde con absoluta convicción.

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Excélsior / Ignacio Aguas

No vendo barriles. Vendo unión familiar. Vendo tradición. Vendo alegría. Vendo orgullo por México. Vendo artesanía. Vendo sentimientos.

Lo dice despacio, sin la menor intención de construir un eslogan. Ninguna de sus palabras habla de litros, medidas o tipos de madera. Todas hablan de emociones.

La conversación gira entonces, inevitablemente, hacia su familia.

Recuerda a su abuela diciéndole, medio en serio y medio en broma, que estaba loco por querer vivir de fabricar barriles. Habla de su hermana, que muchas veces termina negociando con proveedores del otro lado del mundo cuando aquí ya es medianoche. Habla también del equipo que hoy trabaja con él. Es curioso: cuando menciona a sus colaboradores desaparece el "yo". Todas las frases empiezan con un "nosotros". Ahí se entiende que el crecimiento de la empresa nunca ha sido una aventura individual.

Ignacio es el hijo de en medio. Su padre, Ignacio Aguas, y su madre, Evalia Ávila, fueron testigos de aquella idea que muchos consideraban una locura y que hoy se ha convertido en una empresa consolidada. Tiene dos hermanas: Andrea Fernanda, egresada de Negocios Internacionales, quien trabaja como compradora para una empresa global de manufactura, y Fanny Mariana, maestra de profesión. Aunque ambas eligieron caminos distintos, la menor también colabora en el negocio familiar apoyando en la atención a clientes y el seguimiento de pedidos.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Mientras habla de ellas no hay competencia ni comparaciones, sino una reflexión que revela su manera de entender el trabajo. Cuenta que ver a su hermana mayor lidiar a medianoche con proveedores en Asia o escuchar las tensiones que enfrenta la menor en el ámbito educativo terminó por convencerlo de que había tomado la decisión correcta. "Yo aquí estoy a gusto", dice sonriendo. "Ponemos música, convivimos, resolvemos los problemas que van saliendo y disfrutamos lo que hacemos". No significa que emprender esté libre de presiones —un pedido detenido en aduanas también quita el sueño—, pero para él existe una diferencia fundamental: cuando el trabajo coincide con la pasión, deja de sentirse como una obligación.

Las cifras llegan, casi como una consecuencia natural de todo lo anterior. Hoy el taller produce miles de barriles artesanales cada mes; sus piezas recorren prácticamente todo México y cruzan la frontera hacia Estados Unidos mientras comienzan a abrirse camino en nuevos mercados internacionales. La visión es ambiciosa, pero no gira alrededor del volumen de ventas. Gira alrededor de una idea mucho más sencilla: demostrar que la tradición mexicana puede viajar por el mundo sin perder su alma.

Antes de despedirnos resume esa idea con una frase que parece explicar toda su historia: "Lo vital es hacer lo que te gusta, porque si no, aunque emprendas y te vaya bien, tu negocio puede convertirse en una cárcel de oro."

La frase que resume toda una vida

Una última pregunta. Ya no hablo del negocio, de las exportaciones ni de los planes de crecimiento. Quiero saber qué quedará cuando todo eso haya pasado.

—Nacho, si algún día fabricarás el último barril de tu vida, ¿qué frase te gustaría grabar en él?

Guarda silencio. No responde de inmediato. Baja la mirada, observa el taller, las llamas que siguen abrazando la madera y a los artesanos que continúan trabajando como si el tiempo transcurriera distinto entre esas paredes. Parece recorrer, en apenas unos segundos, el camino entero que comenzó siendo un niño vendedor, siguió bajo el sol de Guadalajara cargando costales y terminó convirtiéndose en una empresa que hoy lleva un pedazo de México a otros países.

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Excélsior / Ignacio Aguas

“Tradición, pasión, amor, constancia, perseverancia, disciplina y orgullo de ser mexicano”.

Es, en realidad, la frase con la que Ignacio Aguas Ávila ha decidido vivir su propia historia.

Abandonemos el taller.

Las llamas seguirán danzando dentro de los barriles mucho después de que nos hayamos ido. El olor a roble blanco americano tostado permanecerá suspendido entre las vigas y los artesanos volverán mañana a repetir el mismo ritual que aprendieron hace años. Ignacio regresará a revisar una pieza, corregirá otra y volverá a caminar entre ellos como uno más.

Quizá dentro de unos días uno de esos barriles viaje a otra ciudad. Tal vez cruce la frontera. Quizá termine en una boda, en una fiesta familiar, en un restaurante de Texas o en la sala de un mexicano que lleva décadas sin volver a casa.

Y entonces volverá a ocurrir.

Alguien abrirá la llave.

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Excélsior / Ignacio Aguas

Servirá un tequila.

Sonreirá.

Y entenderá, sin necesidad de que nadie se lo explique, que dentro de ese barril nunca viajó solamente madera.

Viajó un pedazo de México.