Tras el brutal ataque de Hamás a Israel del 7 de octubre de 2023, se desencadenaron transformaciones regionales que han alterado el cuadro que prevaleció durante décadas en Oriente Medio. La vorágine de las guerras desatadas propició una especie de reacción en cadena por la que la larga y cruel dictadura de más de medio siglo de la dinastía al-Assad en Siria –en la cuerda floja desde el estallido de su sangrienta guerra civil en 2011– finalmente se derrumbó. El nuevo gobierno del país, ahora en manos de fuerzas de raíz sunnita y encabezado por un personaje de cuestionable pasado personal llamado Ahmed al-Sharaa, rompió con Irán y demás actores chiitas del vecindario –soportes fundamentales de los Assad– para acercarse a Occidente en razón de las necesidades de reconstrucción y financiamiento. Al país le era imperioso superar la situación de Estado fallido en la que cayó tras el desastre nacional de la guerra interna que cobró medio millón de muertos y cerca de cinco millones de desplazados.
Siria está aún lejos de estabilizarse. Su mosaico étnico-religioso sigue generando luchas intestinas por los espacios de poder, al tiempo que la intervención de Turquía en lo que se cocina en el país sigue siendo fundamental. De igual manera, desde la caída de al-Assad, tropas israelíes están asentadas en la región fronteriza siria colindante con el Estado hebreo. Un cambio notable ha sido la disposición de al-Sharaa a llegar a acuerdos de seguridad con Israel, cuestión que de lograrse, significaría el paso más significativo dado jamás hacia una posible normalización futura de relaciones entre los dos países.
La nueva institucionalidad siria empieza ya a funcionar con sus poderes legislativo y judicial en proceso de consolidación. Uno de sus primeros objetivos en estos momentos está siendo el ajuste de cuentas con la tiranía derrocada. Esta semana, por ejemplo, una corte asentada en la capital, Damasco, condenó a muerte en ausencia al expresidente Bashar al-Assad y a su hermano, Maher, ambos en el exilio moscovita, bajo acusaciones de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra cometidos durante los 14 años de guerra civil. También recibieron la misma condena siete altos oficiales del régimen, entre ellos el exjefe de seguridad, Atef Najib, principal artífice de la brutal represión ejercida contra la ciudadanía en pie de lucha.
En Líbano, vecino de Siria, también se han registrado cambios importantes en los últimos tres años. La raíz de muchos de ellos ha estado en el debilitamiento sufrido por la organización terrorista chiita aliada de Irán, Hezbolá, que desde hace más de dos décadas tenía al país prácticamente secuestrado y a su merced. Al haber decidido desde el 8 de octubre de 2023 acompañar al Hamás, y más tarde a Irán, en sus guerras contra Israel, Hezbolá sufrió un desgaste mayúsculo que propició la posibilidad de que por fin se integrara en Líbano un gobierno mucho más funcional, con mayor capacidad de tomar decisiones autónomas para evitar seguir siendo arrastrada la nación entera a guerras decididas por Hezbolá e Irán en función de los intereses y fanatismos religiosos de éstos, en especial su obsesión por la destrucción del Estado de Israel.
En ese contexto, empiezan a llamar la atención, más allá de las cuestiones de política exterior que ofrecen ahora un nuevo perfil, cambios internos que vale la pena mencionar. El martes pasado el parlamento libanés votó para abolir la pena de muerte. Si el presidente Aoun y el gabinete lo aprueban, Líbano será el primer país árabe en eliminar la pena capital y, como era de esperarse, diversos organismos defensores de derechos humanos han elogiado este proceso. Sin embargo, en el paquete de cambios presentado esta semana, se incluyen otras medidas que están causando inquietud. Por ejemplo, se pasó una ley de amnistía general que podría liberar o reducir las penas de miles de presos, primordialmente con la intención de paliar la severa sobrepoblación de las cárceles, pero el temor es que criminales y terroristas convictos por delitos graves no sólo no paguen por sus culpas, sino que además se reintegren a la vida en libertad, con la posibilidad de reincidir.
Tanto para Líbano como para Siria, es cierto que el viejo orden se ha desmoronado, aunque evidentemente el perfil del nuevo que está aún en proceso de emerger sigue plagado de incógnitas.
