De Apolo 8 a Artemis II: El nuevo salto de la humanidad hacia la Luna
En 1968, la humanidad salió de su vecindario cósmico, en un viaje considerado por Excélsior como el más grande de la humanidad desde Cristóbal Colón; ahora, más de medio siglo después, con Artemis II, la Luna vuelve a aparecer en el horizonte como destino

Diciembre de 1968 no fue sólo el cierre de un año convulso, fue el fin de una era. Mientras la Guerra Fría tensaba al planeta, la humanidad estaba a punto de hacer algo que no había hecho nunca: salir de la Tierra y rodear otro mundo. No alunizar. No conquistar. Orbitar la Luna y volver.
Detrás de la épica, el contexto era claro: ir a la Luna era un acto geopolítico. Estados Unidos buscaba demostrar supremacía tecnológica frente a la Unión Soviética. El programa Apolo, iniciado tras el desafío lanzado por John F. Kennedy en 1961, culminaría años después con el alunizaje del Apolo 11, pero Apolo 8 fue el umbral.

Desde semanas antes, la operación ocupaba espacios centrales en la prensa internacional. En México, Excélsior convirtió la misión en un seguimiento cotidiano: preparativos técnicos, pruebas del módulo de mando, entrenamientos de la tripulación, tiempos de lanzamiento, fotografías del ensamblaje del Saturno V, reacciones políticas y expectativas científicas. El viaje a la Luna no apareció como un golpe aislado, sino como una narración por entregas, día tras día.
El 21 de diciembre de 1968, tres hombres despegaron rumbo a lo desconocido. Días después, mientras la nave se internaba en la órbita lunar, la humanidad enfrentó una experiencia nueva: la pérdida total de comunicación durante minutos enteros al pasar por el lado oculto del satélite. Nunca antes se había probado un viaje tripulado a tal distancia ni una reentrada a velocidades cercanas a los 11 kilómetros por segundo. Todo era ensayo, todo era riesgo.

La antesala: una nave para ir más lejos que nunca
A finales de noviembre y principios de diciembre de 1968, Excélsior informaba sobre los ensayos finales del módulo de mando, la cápsula que debía sostener con vida a tres hombres fuera del campo protector de la Tierra. No habría módulo lunar: Apolo 8 no estaba diseñado para descender, sino para probar si el trayecto era posible.
La misión era arriesgada. Los astronautas Frank Borman, James Lovell y William Anders cruzarían por primera vez los cinturones de radiación de Van Allen y viajarían más allá de la magnetósfera terrestre, una región donde la radiación cósmica aumenta de forma considerable.

Como explica el astrónomo Alejandro Farah, del Instituto de Astronomía de la UNAM, las misiones Apolo aportaron información crucial sobre cómo proteger al organismo humano no sólo en microgravedad, sino más allá de la magnetósfera, donde la radiación es mucho más intensa. Eso era completamente desconocido antes de Apolo 8.
La cápsula debía además reingresar a la atmósfera terrestre a velocidades extremas. El margen de error era mínimo.
23 y 24 de diciembre : la Tierra se aleja
El 23 de diciembre de 1968, Apolo 8 se colocó en trayectoria lunar. Excélsior dio cuenta del momento en que la nave dejó atrás la órbita terrestre, convirtiéndose en el objeto tripulado que más lejos había viajado jamás.
Un día después, el 24 de diciembre, la portada de este diario registró que la misión alcanzó la órbita lunar.

Primer mensaje de los selenautas: lo logramos, lo logramos”, se lee en la nota de ocho columnas.
Fue entonces cuando William Anders tomó la fotografía que cambiaría la manera en que la humanidad se mira a sí misma: la Tierra elevándose sobre el horizonte lunar, una imagen que pronto se volvería símbolo del siglo XX.

Apolo 8 no fue una misión de descubrimiento científico en el sentido clásico. Fue una misión de validación tecnológica, pero su impacto cultural fue enorme: cambió nuestra perspectiva de la Tierra como un solo hogar”, resume Alejandro Farah.
Las páginas del periódico documentaron la tensión técnica, el asombro colectivo y también la intimidad: los rostros de las familias, los hijos que se probaban un casco demasiado grande, los mensajes de aliento, los gestos cotidianos que humanizaban una hazaña tecnológica sin precedentes.
Nochebuena en órbita
Ese mismo 24 de diciembre, mientras la nave completaba sus órbitas lunares, los astronautas leyeron al mundo los primeros versículos del Génesis.
La transmisión no hablaba de conquista, sino de fragilidad. Desde la Luna, la Tierra aparecía pequeña, sin fronteras visibles.

El regreso: volver era tan importante como llegar
El 27 de diciembre, Apolo 8 regresó a Tierra. Para entonces, el seguimiento periodístico ya había incorporado reacciones políticas. Excélsior destacó que el entonces presidente estadunidense Lyndon B. Johnson felicitó públicamente a la tripulación, reconociendo el éxito de una misión que, en pleno contexto de Guerra Fría, tenía también un peso geopolítico.
Pero, como subraya Gustavo Medina Tanco, líder del proyecto Colmena de la UNAM, el significado de Apolo 8 va más allá de ese contexto:
En los años sesenta ir a la Luna era un acto geopolítico, de orgullo tecnológico nacional. Pero Apolo 8 fue el punto de quiebre: demostró que el trayecto era posible. Sin ese paso, no habría habido Apolo 11”.

Excélsior cerró la cobertura con imágenes de los astronautas recuperados por la Marina estadunidense. La misión había durado poco más de seis días, pero había abierto una nueva etapa histórica.
Lo que dejó Apolo 8
Apolo 8 no llevó muestras lunares ni desplegó instrumentos científicos complejos. Su legado fue otro: probó el camino. Validó sistemas de navegación, telecomunicaciones en tiempo real, resistencia humana al espacio profundo y, sobre todo, la posibilidad de volver con vida.
Excélsior colocó en sus páginas una idea que recorría al mundo entero: que el Apolo 8 representaba el viaje más grande de la humanidad desde Cristóbal Colón.
Más de medio siglo después, con Artemis II, la Luna vuelve a aparecer en el horizonte como destino. En sus páginas recientes, Excélsior ha planteado el retorno lunar no como un gesto nostálgico, sino como una reapertura del porvenir. La promesa que comenzó en diciembre de 1968 —cuando la humanidad salió por primera vez de su vecindario cósmico— sigue activa.
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