Por Abraham Hernández Arellano*
El 11 de junio, el Estadio Banorte recibirá la inauguración del Mundial 2026 ante una audiencia que FIFA estima en más de cinco mil millones de espectadores acumulados. Para México, esto no es sólo un desafío deportivo; es la prueba más exigente que haya enfrentado su aparato de seguridad.
El gobierno respondió con el Plan Kukulkán: casi 100 mil efectivos, vigilancia aérea en cinco capas, sistemas que neutralizan drones en 45 segundos, detección de amenazas químicas y biológicas, además de cooperación trinacional con Estados Unidos y Canadá. Es la estrategia más ambiciosa en la historia del país. Pero un operativo de esta escala protege lo que está dentro del perímetro. La pregunta es qué ocurre afuera. Tres escenarios merecen un debate que aún no hemos tenido.
El primero es geopolítico. El Mundial coincide con la escalada más tensa entre Irán, Israel y Estados Unidos en décadas. Esto no es abstracto para México: en 2011, la Guardia Revolucionaria iraní contrató a miembros de Los Zetas para asesinar al embajador saudí en Washington. El plan fracasó porque el contacto del cártel era un informante de la DEA; el operador iraní fue sentenciado a 25 años. La lección es que la convergencia entre actores hostiles extranjeros y crimen organizado mexicano ya fue intentada. Con miles de ciudadanos estadunidenses e israelíes concentrados en territorio mexicano durante seis semanas, nuestro país ofrece un escenario más accesible para una operación indirecta que el propio territorio estadunidense. La probabilidad es baja, pero exige coordinación de inteligencia que trascienda lo protocolario.
El segundo es doméstico. El abatimiento de El Mencho el 22 de febrero —a 109 días de la inauguración— dejó al CJNG sin liderazgo confirmado. La respuesta fue inmediata: 28 militares muertos, 252 narcobloqueos en 20 estados y un autobús incendiado en Zapopan, a metros del Estadio Akron, sede mundialista. El CJNG difícilmente atacaría el torneo —atraería una respuesta insostenible—, pero su incentivo es demostrar que sigue operando. Drones de bajo costo sobrevolando una sede en transmisión global producirían una crisis de imagen sin causar víctimas. El CJNG ya demostró capacidad ofensiva con drones en Michoacán y Tijuana, y tras el abatimiento de El Mencho amplificó videos falsos para proyectar ingobernabilidad. Esa combinación de acción física con desinformación es el escenario híbrido más consistente con su lógica.
El tercero es el más probable. El Fan Fest del Zócalo espera 2.2 millones de visitantes en 39 días. La estación del Metro Tasqueña, nodo obligado hacia el Estadio Banorte, maneja más de 100 mil usuarios diarios que se multiplicarán en días de partido. Las zonas entre el último cinturón de seguridad y la ciudad abierta quedan expuestas en horarios de mayor riesgo. Si movilizaciones sociales aprovechan la vitrina mediática para visibilizar demandas legítimas y campañas de desinformación amplifican cualquier incidente, el sistema puede verse rebasado no por un ataque, sino por presiones simultáneas. Aquí emerge la brecha más grave: el Plan Kukulkán no aclara quién comunica en tiempo real durante una emergencia. Si la respuesta tarda 15 minutos, los rumores ya habrán ganado la narrativa.
México tiene una oportunidad que no se repite: demostrar ante cinco mil millones de personas que su estado funciona bajo presión. Eso no se logra sólo con amplios despliegues de contingentes policiales y militares tierra y aire, se logra con inteligencia que anticipe, tecnología de última generación que no dependa de una sola capa de defensa, y un protocolo donde la primera voz que escuche el mundo sea la del Estado mexicano, no la de un rumor viral. Por primera vez en la historia, México no puede perder en este Mundial.
*Analista
