Ampliar la base productiva, multiplicar oportunidades

La distribución más sostenible de la riqueza comienza desde su generación: con más empresas productivas, empleos formales, talento, inversión y regiones capaces de crear valor.

Armando Zúñiga Salinas, vicepresidente Nacional de COPARMEX, Presidente de ASUME y Grupo IPS,Consejero del CCE y CONCAMIN.
Armando Zúñiga Salinas, vicepresidente Nacional de COPARMEX, Presidente de ASUME y Grupo IPS,Consejero del CCE y CONCAMIN.

En nuestra colaboración anterior analizamos la experiencia de las empresas conocidas como Hidden Champions y la importancia de fortalecer la base productiva del país, particularmente a las pequeñas y medianas empresas, para acelerar el crecimiento y generar más empleo formal. Hay otra dimensión de esa misma discusión que merece atención. Una estructura empresarial más amplia, productiva y mejor articulada también puede contribuir a una distribución más equilibrada de la riqueza.

Cuando hablamos de distribución, la conversación suele concentrarse en los impuestos, las transferencias y el gasto público. Son instrumentos necesarios para financiar al Estado, atender necesidades sociales y apoyar a quienes enfrentan condiciones de vulnerabilidad. Sin embargo, antes de llegar a esa etapa ocurre otra distribución que merece mucha mayor atención: la que se produce en el momento mismo en que se genera la riqueza.

Cada empresa que produce un bien o presta un servicio distribuye parte del valor creado entre trabajadores, inversionistas, proveedores y otros participantes de su actividad. Paga salarios, compra insumos, contrata servicios, invierte, capacita, desarrolla proveedores y genera recursos públicos mediante impuestos. La forma en que está organizada la estructura productiva influye, por ello, directamente en cómo se distribuyen los ingresos dentro de una sociedad.

Esta perspectiva obliga a mirar la economía como una película y no únicamente como una fotografía. Podemos medir cuánto cambia el ingreso de las familias después de cobrar impuestos y entregar transferencias, pero también debemos preguntarnos qué ocurre cinco, diez o veinte años después. Importa saber cuántas personas consiguieron un empleo formal, cuánto aumentaron sus ingresos, cuántas empresas lograron invertir y elevar su productividad, cuántos nuevos proveedores aparecieron y qué regiones desarrollaron nuevas capacidades para generar riqueza.

El tiempo importa porque las decisiones económicas de hoy modifican las posibilidades de mañana. Una empresa que reinvierte puede ampliar su capacidad productiva y contratar más trabajadores. Una persona que adquiere nuevas competencias puede acceder a un mejor empleo. Un pequeño proveedor que incorpora tecnología puede atender clientes mayores. Una región que acumula infraestructura, talento y empresas especializadas se vuelve más atractiva para nuevas inversiones.

Aquí aparece una dimensión fundamental del crecimiento. La riqueza se distribuye mejor cuando se amplía la base de quienes la generan. Una economía formada por una red extensa de empresas productivas tiene mayores posibilidades de llevar los beneficios del crecimiento hacia más personas. Por eso resulta tan importante fortalecer a las pequeñas y medianas empresas, especialmente aquellas con capacidad para innovar, especializarse, incorporar tecnología, formar talento y vincularse con cadenas productivas de mayor valor agregado.

Esa capacidad productiva también entraña una responsabilidad social. Una empresa sólida puede impulsar el desarrollo de quienes la integran mediante capacitación, formación continua, facilidades para continuar sus estudios y programas que amplíen las oportunidades educativas de sus familias. De esta manera, el crecimiento empresarial también fortalece el talento, eleva las capacidades de las personas y abre posibilidades de movilidad social.

El capital cumple igualmente una función indispensable en este proceso. Toda inversión requiere un rendimiento que compense el uso de los recursos y el riesgo asumido. Además, una parte de las utilidades permite financiar nuevas inversiones, tecnología, instalaciones y crecimiento. Cuando ese ciclo funciona adecuadamente, capital y trabajo aumentan conjuntamente la capacidad de generar valor.

Ese proceso también tiene una expresión territorial. Algunas regiones de México han desarrollado ecosistemas industriales, tecnológicos o agroindustriales que concentran empresas, universidades, centros de formación y proveedores especializados. El reto consiste en crear las condiciones para que un mayor número de regiones construya capacidades semejantes de acuerdo con sus propias características y ventajas.

Así puede avanzarse hacia un mejor equilibrio económico sin restar dinamismo a las regiones que ya han alcanzado mayores niveles de desarrollo. El objetivo es que aquellas con menor dinamismo puedan crecer más rápidamente, atraer inversión, desarrollar empresas y generar mejores empleos. Conforme aumenta el número de polos capaces de producir valor, las oportunidades económicas se distribuyen también de manera más amplia.

Las políticas de apoyo alcanzan su mayor efecto cuando, además de atender una necesidad inmediata, ayudan a desarrollar capacidades para que las personas puedan sostenerse, progresar y construir mayores oportunidades por sí mismas.

Los impuestos y las transferencias seguirán teniendo un papel importante. La discusión debe considerar también cómo se financian estas políticas y cuáles son sus efectos a lo largo del tiempo sobre el ahorro, la inversión, la formalización, el empleo y la acumulación de capacidades. Una política pública debe evaluarse por el alivio que proporciona hoy y también por las oportunidades que ayuda a construir para mañana.

Por eso una auténtica política de inclusión económica debe ampliar las posibilidades de que más personas participen directamente en la generación de valor. Para ello se requieren condiciones que favorezcan la inversión, la formación de talento, el emprendimiento, la productividad y el crecimiento de las empresas.

México necesita crecer más, pero importa también cómo se construye ese crecimiento y cuántos participan en él. Una economía con más empresas productivas, trabajadores mejor preparados, proveedores especializados y regiones capaces de atraer inversión permite que los ingresos y las oportunidades se distribuyan de manera más amplia desde el propio proceso de generación de riqueza.

La distribución más sostenible comienza desde la generación. Mientras más personas tengan la capacidad de trabajar, emprender, invertir, innovar y crear valor, más amplia será la base sobre la que puede construirse el bienestar del país.

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