La ciudad que se construye para desaparecer: el Festival de Hielo y Nieve de Harbin
Cada invierno, Harbin transforma el frío extremo en arte: palacios, esculturas y ciudades de hielo destinadas a desaparecer

En Harbin, el invierno no se padece: se administra, se talla y se ilumina. Cada año, cuando el termómetro cae por debajo de los –30 grados y el río Songhua se solidifica como una plancha de vidrio azulado, esta ciudad del noreste chino comienza a levantar una metrópoli paralela destinada a un solo fin: desaparecer.
Harbin es la capital de la provincia de Heilongjiang, ubicada en el noreste de China, cerca de la frontera con Rusia.
Durante semanas, miles de trabajadores extraen del río bloques de hielo de hasta 250 kilos. No hay artificio: es hielo natural, denso, transparente, con un tono azul que solo se obtiene del agua que ha dormido bajo temperaturas extremas. Con sierras eléctricas, cinceles y agua caliente —el pegamento más elemental—, escultores de decenas de países construyen palacios, murallas, catedrales, dragones, ruedas de la fortuna, torres y ciudades enteras. Cuando llega la noche, la obra se enciende.

Las imágenes hablan por sí solas: fuegos artificiales estallan sobre fortalezas de hielo iluminadas en rojo y verde; multitudes avanzan entre columnas translúcidas bañadas por luces azules; familias enteras, cubiertas de capas, gorros y bufandas, levantan los teléfonos móviles frente a una noria gigante que domina el paisaje helado; escultores afinan los últimos detalles de figuras que parecen flotar bajo el sol invernal; parejas recién casadas posan vestidas de blanco sobre un escenario de nieve, como si el frío también pudiera sellar promesas.
Así es el Festival Internacional de Esculturas de Hielo y Nieve de Harbin, el más grande y espectacular del mundo en su tipo. Un evento que comenzó en 1963 como una tradición local de linternas de hielo y que hoy convoca a millones de visitantes, artistas internacionales y equipos técnicos capaces de transformar el clima extremo en un aliado creativo.

Tres ciudades dentro de la ciudad
El festival no se concentra en un solo punto. Se expande en grandes zonas temáticas que funcionan como distritos de esta urbe efímera.
- El Mundo de Hielo y Nieve es el corazón del evento. Aquí se levantan construcciones monumentales: réplicas de edificios históricos, castillos imaginarios y avenidas completas hechas de hielo macizo. De noche, un sistema de iluminación LED controlado por computadora convierte el recinto en una coreografía de color y luz que se refleja en el suelo congelado.
- La Isla del Sol pone el foco en la nieve. Compactada y esculpida con precisión, se transforma en figuras colosales de animales, personajes y escenas mitológicas. A diferencia del hielo, estas esculturas no brillan desde dentro: su fuerza está en la textura, en el volumen, en el blanco que corta el paisaje bajo el cielo invernal.
- El Parque Zhaolin conserva el espíritu más tradicional. Es el territorio de las linternas de hielo: piezas delicadas y familiares, con animales, flores y símbolos culturales que conectan el festival con sus raíces populares.
El arte en condiciones extremas
Crear belleza a –35 grados no es una metáfora, es una condición de trabajo. Las manos se entumecen en minutos, las herramientas se congelan, el aliento se convierte en vapor constante. Y, sin embargo, la precisión es quirúrgica. Cada error puede provocar una fractura; cada fisura puede comprometer una estructura entera.
La ingeniería detrás del festival es tan impresionante como el resultado final. Se utilizan cientos de miles de metros cúbicos de hielo y nieve. Las estructuras se diseñan para resistir viento, peso y variaciones mínimas de temperatura. Aun así, todos saben que el reloj corre en su contra.
Porque el destino de esta ciudad está escrito desde el primer bloque colocado.
La belleza de lo que no permanece
En marzo, cuando el invierno comienza a ceder, el festival entra en su última fase. El hielo se vuelve inestable, las esculturas empiezan a perder definición, las luces se apagan una a una. Por seguridad, muchas estructuras son desmontadas antes de colapsar. El agua regresa al río del que salió.
Ahí reside el valor más profundo del festival: en la aceptación de lo transitorio. Meses de planeación, semanas de trabajo extenuante y millones de visitantes confluyen en obras que no aspiran a la permanencia. No hay mármol ni bronce. Solo hielo, nieve y tiempo.
Harbin, conocida como la Ciudad de Hielo, ha hecho de esa fragilidad una identidad cultural y una potencia turística global. Cada invierno levanta un mundo imposible; cada primavera lo deja ir. Y en ese ciclo, tan extremo como honesto, confirma que el arte —cuando es verdaderamente vivo— no necesita durar para ser inolvidable.
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